Abrazar la Paradoja

Escrito por el 12-9-2012 en Claves de Metodologia Pugnaz

Abrazar la Paradoja; ¡Hug the Paradox!; Dolce Far Niente; Apología de la Apatía

Dedicado a los que todavía andan preguntándose cuál sea su camino

Quería destruir algo hermoso

El corazón roto de Tyler Durden


Estoy perdido. Y he perdido tanto la cuenta de mis cosas perdidas, que pierdo cuidado al punto de querer perder. Y lo malo es que, cuando perdido, pierdo de mí que me pierde perder por perder. Y tú eres lo único que no quiero perderme; pero sólo perdiéndote pierdo la perdición de perderte.

¡Cuántos objetivos declaramos al viento, sin la mínima intención de hacerlos cumplidos!; sin embargo nunca he creído que de hacerlo hayamos de depurar resentimiento alguno; decir intenciones hipócritas, no obstante sea un hablar espurio, no es un hábito por ningún concepto reprochable. ¿Hay tanto mal en la incongruencia?

Por más que oigamos que el pensamiento no delinque y ventilemos solícitamente la batería de presunciones del principio del hecho, decir algo es el primer paso de realizarlo, es ya hacerlo un poquito. La acción, la dicción, y la intención, no están tan distantes como quisiera transmitírsenos; recriminarme por decir algo y no hacerlo es una acusación más tergiversadora de la verdad que lo es un embuste. ¿Por qué hubiéramos de limitar la acción a la experiencia? El salto activo también se realiza con movimientos orales; el valor mismo está en el acto de pronunciar, de proferir, y la cinesis es una cuestión accidental, casi de detalle o trámite, prescindible y hasta redundante. El torcimiento se produjo degradando la palabra a la necesidad de la confirmación; heterónomo de un correlativo empírico, lo dicho deviene poco más que un anunciar, un acto de anticipar un eventual venidero en un comportamiento de cortesía. Subordinando la acción a la experiencia vertida estamos permitiendo prevalezca la suspicacia de obligar a someter lo dicho a prueba; consentimos predomine la moral onerosa de la demostración, de la trivialidad de la expectativa de recompensa; dejamos sea dado vulgarizar la palabra en intención; o la intención en palabra, tanto da. La dicción no debiera admitir ninguna rebaja; no es necesario adentrarnos la “teoría de los actos fallidos” para entrever que nada se dice por acaso; el desahogo verbal catártico no existe. No es desaventurado razonar: “Si se ha dicho, entonces, cual vector, posee dirección y sentido”; y pudiéramos añadir con Freud: “¡Y también finalidad!”. Lo pensado sólo se aproxima a lo dicho si lo deseamos: Lo que se ha dicho es un deseo; y si hemos de llevar esto a sus últimas consecuencias, ¿por qué haya de cambiar su naturaleza que se realice o no? ¿Por qué exigir, so pena de recriminación que cambie en culminación? No debiera extrañarnos el antiguo parentesco semántico entre decir y dictar, y tanto más por cuanto fueron totalmente unívocos e indiferenciables. En realidad no hay otra manera de decir, ¡de hablar!, que ordenar; lo que agita el aire es invariablemente imperativo, si bien no siempre explícitamente. ¿ Y por qué es una orden? Porque cualquier contenido pronunciado no es más, si bien tampoco menos, que un sollozo por atención, y si me preguntan quién soy haría bien en contestar con aquello de “voz que clama en el desierto” Eso es el hablar, una llantina, una pedantería, una pataleta, nada más que un conato de autoafirmación.

Un querido amigo, con paciencia bastante de oír mis divagaciones sobre esto me señaló el desconcierto que le merecía que apreciara yo existir más distancia entre el pensar y el hablar que entre hablar y actuar. Yo diría que no se puede pensar hablar; está bien, quizá sí, pero sólo si se hace estorbando su automatismo, es decir, tartamudeando. Lo que quiera sea de decir ha de fluir sin pensarlo, de tal manera que las opiniones se resuelvan alternativamente en pensar o decir. Al final, quien presume poder simultanearlos termina por intercalar lo uno de lo otro en una sucesión abigarrada de palabras y pensamientos entrecortados. La paradoja estriba en su forzosa alternancia y en que probablemente lo más recomendable para soltar la lengua y educarla esté en inhibir pensarla. En realidad todo cae en una cuestión de actitud y tono, esto es, de pose; en sugerir: “Asume ésta y aquella posiciones y cultiva el rigor formal del comportamiento, ¡y entonces las palabras ordenarán, después que tú las oigas, tu pensamiento!”. Decimos que el pensamiento ordena, crea y perfecciona la palabra, pero es mentira. ¡Sucede en sentido inverso! Hay que oírlo dicho de uno mismo, hay que verse diciéndolo para aprender, para aprendernos; no se piensa algo y luego se dice; se dice, y diciéndolo puede pensarse en reproducir, o no, lo que nos hayamos sorprendido diciendo. Y si hablar es automático, entonces nos tenemos que cazar in fraganti profesándolo; tenemos que interceptarnos en pleno acto para escucharnos, aprender, y conocernos.

Por favor, mirad a dos, o a tres, o cuatrocientas personas conversar; ¿lo habéis hecho alguna vez?, sin pretensiones, con detenimiento, sin proyección de frustración, resentimiento ni agravio sobre los interlocutores. ¿No traslucís su vaciedad? Nada, nada que el uno diga toca ni un poco al otro; todos hablan sofisticadas alocuciones pero para sí; es lucimiento y vanidad. Es un hilo de discurso ininterrumpido que camufla “¡yo soy!”, “escuchadme”, “estoy aquí”, “sueño, padezco, me enamoro y perezco entre vosotros”, “no me iré sin decir quien sea”, “quiero que sepáis quien soy”, es decir, “¡quiero conocerme!”. ¡La comunicación es una farsa!; con todos sus fastos no sirve a nadie otro que al señor entretenimiento. Pero no, no quisiera pareceros solamente un frívolo, aunque lo sea; detrás pueda haber una profunda urgencia existencial.  Y, con todo, yo la veo una gimnasia lúdica. ¿De qué sino iba a llamársele a la sabiduría del control mental ciencia de la comunicación? ¿Alguien estudia comunicación con otra intención que alcanzar una cota de aptitud para las técnicas comportamentales? Quiere velarse el ánimo de afectar comportamientos, ya se disfrace de conversación, tertulia, protocolos morales, o del lenguaje mismo de los derechos fundamentales. La conversación es una zorra embustera; es la hipocresía sostenida de un puñado de individuos hablando frente al espejo retocándose el flequillo para terminar de gustarse a sí mismos un escalón más. Sin embargo tampoco quisiera llamaros a equivocaros, yo no abjuro de fingimientos, ni le intento quitar a ese embuste que sea maravilloso. Me confieso hipócrita; gusto del drama y la comedia, pero desdeño furibundamente la bajeza del cinismo, esa doctrina grasienta de los que exigen se valore su estatuto a fuerza de pretender y ostentar. No hay nada malo en la parodia, siempre que se profese a título de juego. En efecto es un baile de máscaras, pero la gravedad, la solemnidad, no debe distanciarse del reconocimiento del solitario trasfondo; y a la mentira, por más que sea deliciosa, hay que tratarla como tal, una mercenaria del humor contratada por horas. ¿Es tan disparatado asumir que cuando tú, lector, y yo, movemos los labios modulando el aire con la lengua para lanzar al universo un sonido cifrable en palabras, lo hacemos para nosotros mismos? ¿No crees que los reproches emitidos contra otros acusan las propias carencias? Es un auto-censurarse a través de los demás; es un señalar con el dedo acusador a los demás pero hasta el centro mismo de nuestra propia culpa. El diálogo es un monólogo con pausas y rodeos y preguntas retóricas; un soliloquio que usa en los demás, para mejor embellecerse, del recurso del circunloquio.

Hablar y decir son dos actos iguales e independientes; ignorarlo o negarlo y dar preponderancia al hacer sobre el decir, y llamar mentir a su contradicción nos quita de la vista que puede ser íntegro actuar independientemente de palabra y acto. Por eso las patrañas no son reprochables si significan una mera incongruencia de de lo expresado con lo sustantivado. Su desvalor debiera proceder más bien de que ese desajuste empírico, entre lo que sostengo ser dos actos iguales, se produzca pese a la voluntad del actuante; a eso, lector, le decimos cobardía. La mentira es cobardía, y la verdad, en toda la carga de intención y erotismo que la categoría encierra, pertenece a los valientes; y es más, su configuración es casi siempre perfectamente incongruente; ¿cuánto de lo que ingenuamente llamamos altas verdades resistiría el más ligero escrutinio científico? El cinismo significa para mí tener sólo ojos para la cubierta de contradicciones que llama al engaño  de tomar verdad por rigor y a no apreciar en ella un asomo de mérito, ni un atisbo de valentía.

Si ya anticipas la futilidad de repetir lo que hayas dicho haciéndolo, y que el silencio quita al dicente de ser recurrente, e intuyes que el que avisa pueda no ser un traidor pero sí reiterativo, no lo hagas movido de conocer cómo la palabra es que crea el mundo, o que el lenguaje haga la realidad, y perfile con límites los contornos de lo perceptible; y desde luego no por descubrir  que el “santificado sea Tu Nombre” sea el mantra hebreo de simbolizar la construcción del reino a través del verbo;  ni siquiera porque según Don Quijote no sea de buenos reyes castigar al tiempo de palabra y acto. ¡Actúa o habla!, o no hables o cállate; o mejor, habla una cosa y haz la contraria, seas trágico, lector; no hay nada abyecto en dar y quitar, no creas en la mentira de la contradicción y sí en la cobardía. ¡Decir algo y hacerlo es lo mismo! Más bien que unívocos prefiero decirlos exactos; de la espontaneidad, del albedrío, y de la trascendencia.

Di que vayas a follar, ¡pero haz el amor!

Organismo Imantado

Próximamente… “El Reino Perfecto”

2 Comments

  1. Adrian estoy encantada con esos articulos tan expresivos y profundos tienes un gran talento, siempre sigue el camino del exito que yo estoy segura que ya lo estas acariciando por lo pronto quiero secirte que estoy muy orgullosa de ti , tu sabes quien te esta escribiendo? tu tia chela… un beso y un abrazo muy fuerte cuidate mucho

  2. Estoy perdida. Y he perdido tanto la cuenta de mis cosas perdidas, que no hago sino querer perderme perdidamente. Y lo malo es que, cuando perdida, pierdo perdón que perdonarme pueda. Y tú eres lo único que no quiero perderme, pero te estoy perdiendo y al perderte me pierdo yo en una perdición.

    Sin pensar yo digo: – más bien ¡se me escapa entre los labios!- te quiero.

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