Desodorización y Deserotización

Escrito por el 09-2-2012 en Claves de Metodologia Pugnaz

Desodorización y Deserotización; Las Verdades del Ciego; Apología del Desatino

Dedicado a los incontinentes

Oh amor, ¿por qué me quejo de tus sinrazones, sin en ti tiene más fuerza la sinrazón que la razón? No hay razón para que tu falta de razón no tenga mayor razón… La razón de tu sinrazón, que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra hermosura”

 

Don Quijote de la Mancha

 

Tan fascinado como incapaz de describir la fragancia corporal de una muy próxima persona, quedé intrigado de cómo un estímulo así de significativo como evocativo podía sugerirme tanta autoridad al tiempo que tan pocas palabras. Sé que suena absurdo, perdonadme, pero últimamente no duermo. Y pienso y no adivino cómo la cadencia, de hipnóticos efluvios de brisa de inocencia, acertaba irradiar en mi insomne impaciencia, el ritmo apartadizo de la frágil somnolencia; con una tal suerte de ingenio y complacencia, que el sátiro evasivo de la onírica tendencia, saciaba en la dulzura mi avidez de decadencia. En esta reflexión sostendré el directo parentesco entre la disposición a las experiencias olfativas y a la justicia basada en el perdón y la venganza. El hombre está enfermo de salud.

Que el amor pertenezca a los olfativos puede explicarse  por razón de su irracionalidad natural, la interpretación de cuya extraña naturaleza pudiéramos acertar afortunadamente en la célebre disputa entre el amor y la admiración: Pongamos que un amante dubitativo coteja dos candidatos de afecto fiando en que la comparación le acerque sedimentar quién de los dos ame. Pero pongamos también que al objeto de ventilarlo, resuelva consignar, contiguos a sus dos nombres, cuantos atributos reseñables le merecen mover su aprecio y abstraerse de los desmanes. ¿Significaría la enumeración más profusa una superior medida de apego? ¿Daría crédito de un más irresistible movimiento de ánimo el testimonio de admiración más abultado? Antes al contrario, quien quiera que despierte un afecto disputado llevando las causas al fiel de la balanza, si lo hace en desventaja de méritos cuantificables, con menor reclamo de admiración, sobrepujado de pretextos, es decir, en lógica inferioridad, será el justo acreedor de un amor verdadero. ¿Concita mi erótica duda, a fuerza de menos razones? El amor obtiene su fuerza de la paradoja; eso le dista de admirar, eso le opone, eso le recrimina… ¡Comprobémoslo! Si formulamos estas predisposiciones anímicas en contextos cognitivos afirmativos, si las positivamos en unos “sé por qué te quiero” y “sé por qué te admiro” al punto trasluciríamos cómo la primera no reviste por sí verosimilitud convincente, al tiempo que la segunda nada pierde en realidad; saber la admiración es lógico, pautado, riguroso, predecible y fidedigno. Pero decir conocer el amor es una sentencia tocada de la sospecha de un vicio basal y su dicción será histriónica, fingida, afectada y pretenciosa. No, la manera en que raya en verdad el “quiero” es el “no sé por qué te quiero”; y el “no sé por qué te admiro” no sólo es rancio sino equívoco, arriesgado, melindroso, hostil y hasta traza de una buena disonancia cognitiva.

La disposición erótica participa de la naturaleza de la receptividad olfatoria así como la admirativa de la visual. ¿Cómo? A través del mismo trabarse a la paradoja. ¿Quién pudiera pretextar la celosa afinidad a los propios efluvios corporales? La intimidad, la distancia corta, la luz atenuada y ambiente recogido, los canales del contagio, la sudoración, los mensajeros químicos externos; todos avanzan un espacio sin trabas al lenguaje del amor. Intenta, lector, en vano dar la cuenta del arbitrio del olfato; persevera fútilmente quien aspira asentar criterio de por qué este perfume haya de anteponerse a aquel o aquella experiencias nasales; ¡tanto da!, su enigmática verdad recaerá en el “no sé por qué me embriaga”. Los ojos apetecen un espectro de abstracta policromía; la nariz impone apurar contacto a la vivencia sensible. La visualidad elogia de matices el capricho de la sutileza; la nasalidad contamina, corrompe hasta el punto de la identidad con la naturaleza. La perspectiva distancia, enfoca, modula, recalca; el aroma desgasta, embriaga, desdibuja la línea del aspecto, fulmina al tiempo que arrecia y dispone a ejercer la mirada. La visión acerca entrever el perfil; acerca perfilar vislumbrar;  vislumbrar figurar; figurar conceptuar; conceptuar teorizar; y teorizar retenerte, quitarte, sustraerte. El olfato es previo, primordial, inequívoco, intempestivo; irradia en los talentos la pasión por el ahora, sin guiños, sin grados, sin zozobra: Así como la vista cambia lo vivido en imagen, metáfora, recuerdo, lección, razón, sazón y enseñanza, diseminando temporalmente el momento en pictogramas de pasado, actualidad y expectativa, así pero a la inversa, lo olfatorio todo lo convoca y lo condensa en el instante, en la acción; ahí está su verdad, su esencia.  ¿No se capturan las esencias en frascos  a título de perfume? Acerca actualizar la memoria; acerca memorizar pretender; pretender vivificar; vivificar recordar; recordar aspirar; y aspirar actuar: Pretérito, presente, y venidero; todos concurren impunemente.

Por eso no doy crédito al tiempo; abomino de su concepto por servir siempre, al cabo de dos o tres giros silogísticos, a pretextar su ineludible premisa dialéctica, la atemporalidad. Acuso eso de contextualizar por razón del momento, refiriendo lo que sea que se valúe a unos márgenes de principio y de final, para después atribuir su accidente y concreción al hecho de su temporalidad, dejando los caracteres sustantivos a la óptica atemporal. El problema de enderezar perspectiva con base en la variable tiempo radica en concitar a indagar las resultas necesarias de la ausencia temporal, cuya irrealidad tergiversa de abstracción la condición de lo ocurrido. De ahí que la vista invite a conocer las mudanzas de la vejez y los parámetros temporales, porque a la vez invita a construir el estadio atemporal, donde la dimensión conceptual da crédito a un espacio escueto del deterioro, libre de la displicente erosión que amarga el placer visual.

En la nariz no hay lugar a la abstracción, ni existe la insinuación de un hipotético plano inodoro a salvo de la experiencia mudable; además el olfato no entiende de comparaciones, ni existe para él el curso del tiempo. ¿No nos transporta al pasado una impresión olfativa sin que  evocarlo acuse merma de intensidad ninguna, ni decaiga en nada su fuerza impresiva? Para los olientes sólo existe la experiencia, la acción: Impresión, recuerdo, estímulo, evocación, deseo, satisfacción, nostalgia, deleite, y así, hasta el infinito, pero todo en el aquí y el ahora, en la acción. Pero entonces, ¿dónde está el albedrío?, ¿en la acción o en el tiempo?

Libertad, libertad. ¿Quién no trilla hoy día tu dicción? Nasales y visuales, activos y temporales, megalómanos y apocados; todos claman al unísono tu nombre. Pero, ¿qué significa para quién aclamar tu nombre?, y ¿en nombre de quién te proclaman?

El visual tiene que fiar de la elección; así de grande es su albedrío cuanto abarque su espacio de opción y maniobra, de panorámica. Así como aparta la vista, o distorsiona con lentes la mirada, o entrecierra los ojos, o difumina con sombras la imagen, así pudiera el vidente modular qué hace o quitarse de hacerlo, es decir, el que ve controla su realidad, decide su faceta práctica. El nasal sin embargo no puede ser persuadido de desodorantes y donde los otros ven elección tan sólo encuentra volición; probablemente no exista la libertad, y si la hubiera no radicaría en la alternativa, y sí en la voluntad; sólo en la ebullición furibunda de un impacto odorante, autócrata, compulsivo y fragante. La fragancia deja bien clara su dirección; el deleite, que es la libertad misma, descansa en obedecerla. Porque una cosa es la elección, el sondeo, la ponderación, el albedrío, el riesgo, la responsabilidad, y la maniobra; otra la voluntad, el carácter, la orden, la finalidad, la motivación, la justificación, la aspiración, el dejar los pies al baile, el dejarse llevar… La voz castellana “enseñar” alberga dos interpretaciones sociales contrarias, correspondientes a esta dicotomía, muy útiles de indagar. Unos la creen sinónima de mostrar, juzgan que poco dista enseñar de informar y orientar; para éstos el alumno es libre de asimilar cuanto se sirva filtrar en uso de su libre criterio; es más, el enseñar consista en nada menos que sugerir esa libertad de criterio selectivo, ese albedrío de absorción. Para otros, los más tiránicos, el alumno no tiene criterio, y enseñar comporta no otra cosa que un esfuerzo de impresión; es ante todo inculcar, imprimir, imbuir de un precepto, sí sí, embutir en un sistema nervioso más o menos angosto y oxidado alguna especie de literatura en alguna medida moralizante. Estos autócratas de la pedagogía, genuinamente nasales, son de la opinión de que esa inyección tan invasiva confiere el soplo, y expresa la naturaleza olfativa de la libertad. Son unos tiranos. ¿Seguro?

El olfativo, volitivo, activo, esto es, el erótico, sólo conoce dos direcciones normativas: La piedad o el castigo, condescendencia o retribución, avenirse o reprimir, olvidar o punir, venganza o perdón. El visual, electivo, temporal, o, dígase mejor, el salubre, realiza la justicia en la armonía o el equilibrio; la concibe una representación moral de la perfección, el ajuste y el orden. En la visualidad, la sensibilidad reacciona al agrado de la simetría, y agradece proporciones sostenibles, predecibles, amables y comedidas; de ahí su corolario grácil de la justicia. En cambio el olor te introduce físicamente la realidad justiciable, forzándote a amarla o a destruirla del propio modo como te amas y te destruyes a ti mismo. De todos es sabido cómo la nasalidad de los cánidos les empuja a matar para comer, atacar para castigar una intrusión, y a condescender cuando superiores en fuerza; pero tampoco pasa inadvertido que la visualidad de los felinos les complace en atacar para jugar  y en jugar para comer, en una arrogante sensibilidad al orden y armonía de su superioridad jerárquica de cara a sus enemigos.

Estas dicotomías hablan de las facetas componedoras de la perspectiva moral según que esté basada en la salud o el erotismo. Para profundizar la mediación y tránsito de una a otra óptica, amañaré que el prisma de la salud responde a la posición política de un concepto de sí apocado, pobre, débil, deslustroso y miserable; y que la mirada del erotismo es propia de una actitud política de ostentar un alto, grande, e hinchado auto-concepto.

El olor y sus categorías concomitantes corresponden al sentimiento de grandeza tanto cuanto las de la visualidad al de inferioridad. Para demostrarlo hablaré del ocio, del miedo, y de la egocéntrica ostentación como simulación de virtud: La primera engendradora de la segunda; la última resulta y pobre paliativo de las anteriores. A veces quisiera formular la interrogación de cómo la centralidad del concepto lúdico inhibe la audacia al punto de doblegarnos en una suerte de autocomplacencia exhibicionista, aduladora del sí, premiosa, afectada y cobarde. Entonces recuerdo que el esparcimiento sostenido me sugiere en un momento histórico crítico y que hoy veo ocioso e indolente, la impresión de que el universo político no atraviese otra cosa que yo mismo en mi propia trayectoria vivencial. Y entonces veo las grandes oscilaciones del curso político así como mi identidad, es decir, cifrables en ciclos de fluctuación entre estadios de bonanza y miseria morales alternos. Y la suerte de comprobar llevar anímicamente lo mismo que el sistema estructuralmente me acredita a rastrear en la secuencia de mis movimientos internos, el itinerario correlativo político de la fenomenología social. Digo esto  movido de considerar ser mi escenario de interacción, o soporte de experiencia práctica, o mundo de proyección externa, una misma cosa conmigo.

Porque decimos equilibrio, rectitud y hasta autenticidad psíquica a un espacio mental, temporal, transitorio y eventual, que deambula ambiguamente hasta anclarse por un tiempo variable bien en un sentimiento de inferioridad, bien en otro de superioridad, sea acertado reconstruir mi bagaje anímico diario, y, ¿por qué no? , vital, por intuitu estos complejos de personalidad. Pueda el lector que a este punto no haya desistido, con razón, hacer una interpretación civil y política de lo concluido. Pues bien, nada menoscaba con más gracia la megalomanía que la estela del ocio en su regusto a bajeza: La ociosidad, ya forzada o voluntaria,  disemina la ambición en placer y entretenimiento; gustar el esparcimiento invariablemente imprime el impacto de realidad simulada, de juego, de ensayo, de máscara,  de mimar y recrear el ego con simulacros debilitantes, de ser campeón de victorias amañadas. El respiro ocioso inspira el terror del éxito embustero; apacentar de cumplidos el yo redunda en miedo; y el miedo, amigos, es la percepción, la experiencia y la proyección de la trivialidad. Saciarse de los placeres triviales, o, más bien -¡digámoslo ya!-, estar acojonado, conduce siempre a ufanarse, a declarar, fingiendo, talentos, y a agradarse en eso que apoca y consume: El elogio, el obsequio moral, y el ensalzamiento.

La manera de revertir la minusvaloración ostentosa y escapar de la miseria ufanera, que no es otra cosa que miseria con ánimo de engreírse, comprende tres espinosos escalones que describen un sendero que se aparta del yo, con vistas a poder volver a amarlo. Comienza con el arte, es decir, con la decepción. La decepción garantiza una bocanada de frustración; y la frustración mueve a experimentar dolor y al movimiento de apartarse de sí mismo, volviendo la mirada a la belleza, verídica o ficticia, es decir, conduce a la esperanza. Y la esperanza es el peldaño al sacrificio, esto es, a los valores, las promesas de recompensa en desoír el interés; pero ante todo es el pasaporte a permear al yo de las dolorosas lecciones del arte y la belleza, en un renovado y superior sentimiento de sí. El hombre está sano de enfermedad.

Nasales de este mundo, no pongáis retención a la megalomanía, que el reto siempre es lo ignoto, y ¡sólo lo absurdo puede darnos una medida de lo incomprensible!

Organismo Imantado

Próximamente… “El Concepto de Progresión Potencial Inversa”

2 Comments

  1. Que alegría y que lujo volver a leerte, como lo echaba de menos
    Gracias

  2. Querido Organismo, unir olfacción con volición me parece una gran verdad. Cuando el ser humano comenzó a perder su lado animal para desarrollar su lado racional, la vista fue ganando terreno al resto de sentidos hasta imponer su tiranía.
    Todas aquellas sensaciones que no se pueden captar con la retina son consideradas abstractas (no se puede dibujar la música, ni ver el sabor de la miel…) y, por consiguiente, minusvalorados y prescindibles. La vista es el sentido de la razón, un sentido “ético”, mientras que el olfato es un sentido de la voluntad, irracional.
    Creo que ocurre con la vista algo parecido a lo que Objeto Limerente expresa con respecto al amor y el sexo en su comentario a “Concepto de Dignificación Sexualizante”: la vista se encarga de dar una pátina de legitimidad tranquilizante al resto de estímulos sensoriales.

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