El Concepto de Progresión Potencial Inversa

Escrito por el 08-8-2012 en Conceptos Prohibidos

El Concepto de Progresión Potencial Inversa; El Empuje del Retroceso; El Fondo en la Forma; Apología de la Corrupción

Dedicado a ti si pese a las adversidades, sigues esperando algo mejor

Mis ojos se han enamorado de tus formas;
y la fuerza de tu brillante mérito
me obliga a decirte, a jurarte, que te amo

Titania


Me resultó difícil al encontrarlos, cuando no imposible, sustraerme al magnetismo de mis camaradas grafólogos, capaces ya entonces de derivar el desbaratado circuito de mis conexiones mentales de mi no menos enmarañado tejido de conexiones escriturales. Pensé su poder algo clamoroso, casi mágico, pero ahora lo miro distinto; magia o palabras, escritura o carácter, clamor o vulgaridad, tanto da que me sustraiga como que no lo haga a que sean formas o materia. En estas líneas explicaré por qué nada comienza hasta cobrar nombre, y que nada se sostenga sin una tupida base de pequeños detalles. “1*No sé distinguir lo complicado de lo simple…”

La verdadera corrupción de un concepto no estriba en su antítesis, no en su némesis ni su contrario; aniquila una idea hasta sus cimientos, enerva su concepción a cañonazos, descaradamente; manipula su dirección de un golpe de timón desesperado, hazla virar ciento ochenta grados para que devenga su exacto correlativo inverso, y ejecutarás tu perversión en vano, sin que se duela de violencia grave, impávido, su trasfondo.

Un regresivo avanzar, y un progresivo retroceder; éstas son las dos únicas direcciones verosímiles. El máximo abismo de distancia radica en el espacio temporal de un guiño instantáneo, en la intensidad moral de un matiz, o en el impacto estético de un mínimo retoque, porque cuanto más cerca estamos de la consecución de un logro, de una imagen, de un credo, o de un fuero; cuanto más lo estemos de un ideal conceptual, un patrón comportamental, de una amistad o un compromiso; cuanto más de una satisfacción, un culmen afectuoso, o un embargo de emoción, en esa proporción, y hasta tanto no los perfeccionemos, más inmediatos seremos a destruirlos. Porque la contigüidad exige el precio de la intimidad; por eso nadie consiente en los aledaños el vicio propio, y por lo mismo, para quienes aspiramos afirmar la tendencia fluida del máximo acercamiento, como es sabido practican los versados en las artes amatorias, la norma es invariablemente “todo o nada”.

Tú que ventilas barajar profesar la yuxtaposición, asume la maldición creciente de aumentar escalonadamente el riesgo de soportar sobre ti el juicio de los extremos absolutos; progresas aunque lo ignores, en asentar la deriva inversa. Nunca es dado disculpar un intento troncado de hacer la conjunción absoluta; un escarceo en ese sentido concluirá alternativamente en amor, o en intromisión violenta. En el otro extremo, quien nada intente, no cultiva el riesgo de fracasar. Paradójicamente, la aproximación es al tiempo, en potencia, el camino del alejamiento. ¿Pone en jaque una amistad usar de espacios de cortesía? ¿Y un intento de besar fallido? Una apuesta a cara o cruz es al patrimonio lo que acercarse a distanciarse.

Entonces lo más sensato sea reconocer que el riesgo para el actuante es cuando menos inevitable y que no es el pronto sino el cabo de lo que quiera se emprenda lo que nos conjura a observar, redoblándola, la solicitud de que seamos capaces. Figúrate que tu emprendimiento fuera hacer y mantener una estable relación de pareja; ¿en qué punto de tu andadura seductora caería más peligrosa la tentación de la infidelidad?, ¿cuándo sobrevendría más imperdonable? Cuando en el cálculo de vuestro límite la equis tiende a infinito, naturalmente, porque nada se revela nunca tan disolvente como experimentar un percance a la altura del borde mismo del umbral de la meta, cuando es asidera y de paladear la pulpa del perfumado fruto, y por una caprichosa casualidad dilatoria no te has lanzado aun al triunfal bocado. La cercanía en escala infinitesimal comporta un peligro sin parangón. Por eso no hay estrategia de eliminación comparable a desplazar al impulso de un empujón imperceptible; ¡conduce eso que quieras aniquilar a sus aledaños más inmediatos!, ¡la ofensa será terrible! Así como sea de imperceptible el cambio a que sometas algo, en esa medida podrás estimar la mordacidad de la erosión que sufra; sí, la insignificancia es proporcional al potencial subversivo. Cuídate de las conversiones sutiles; que es de mejor integrar un cambio de complexión completo, y el nimio secuestra la atención al punto de excitar la inteligencia a obsesionarse a investigar con precisión su alcance. Los movimientos de transformación violentos y drásticos se asumen pronto porque su presumible perentoriedad agobia, disuadiendo al ánimo de revertirlos; mientras que los livianos sugieren provisionalidad, y la deseada promesa de un feliz tornar las cosas a ser lo que fueron. Las pequeñas mudanzas levantan suspicacia, curiosidad y obsesiones, más rápidamente que se olvidan las grandes.

Es más, las cosas más profundamente opuestas habitualmente se conocen por el mismo nombre, y cuando no, aparecen al mismo título, o a título de lo mismo. Y no porque “padre”, lo que decimos padre, no signifique lo propio para un padre que para su respectivo padre; y tampoco porque no designen libertad al mismo trozo de realidad un anarquista, un liberal, un republicano trágico, y un existencialista cristiano. No, el gran cisma entre los iguales de la nomenclatura obedece a que después que se tiene consenso en la denominación, cualquier minúscula discrepancia en el fondo aparece insoportable, se sublima en un improrrogable asunto de controversia, y se mira con la laxitud que profesa a sus predecesores un converso, ninguna. El espíritu es éste: “Si ya somos afines hasta el punto de la homonimia, ¡separarte de mi contenido es un abuso de confianza! ¡¿Cómo te atreves a disentir, tú, que participas de mi denominación?! No mancilles mi buen nombre; no traiciones tu origen” El apelativo, por más que sea formal y refulja superficial, o fatuo, o contingente a nuestros ojos, pronto traspone la condición meramente alusiva; su universo es nominal, sustantivo, generador de todo un tejido semántico de expectativas coherentes, capital, concluyente, asertivo.

De algún modo, todo lo que sé constituir una brecha de entrada a la realidad interesante está atravesado de la dualidad que dicen matiza cualquier cosa que se digne reposar sobre un principio de dicotomía; la belleza, los estímulos lacrimógenos, la aptitud de conmover y cuantos ingenios de la fascinación revelen profundizar con encanto el paladar anónimo de un consumidor de impactos estéticos cualquiera, parecen necesitar estribar en sugerir simultáneamente la justificación de extremos enfrentados. De ahí la fuerza amplificadora de los contrastes, el efecto evocativo de las antítesis, y la optimización en la ventaja de acumular sinergias. ¿Quién puede regodearse satisfactoriamente de una conquista que no estuviera precedida de resistencias de última hora, de dudas? Una victoria no es exacta sino está contaminada del miedo, de la naturaleza misma de la derrota. La dicotomía es mentirosa, declara diferentes extremos cuya separación radica meramente en la distancia, en ser tan sólo contrarias. Hemos acompañado a la dicotomía a la supuesta frontera entre el cuerpo y el espíritu, a la demarcación de la física frente a la moral; ¿es un camino correcto, lector? Yo creo en ti en el pensamiento, y te toco en mis manos y pies y te hablo en mi boca; y si te quiero lo hago en la experiencia, experimentándote. Llámame corpóreo; mi educación moral es física, mi espíritu de carne y hueso. Y la abstracción del cuerpo me rompería la unidad, me mataría. Y no sé si tú, o si sólo unos pocos, o fui yo sólo quien con ánimo dicotómico trazó un surco en la arena para delimitar los contornos de la cultura, para distinguir el perfil de la escritura del dibujo del poder, a la intelectualidad de la propaganda, y al pro del conocimiento de la fuerza bruta, para separar en vano el pensamiento de la política. Pero la escritura es un instrumento subordinado a un principio catártico, el hablar por hablar consignado; es un acto material impositivo, un hecho unilateral autoritario que sentencia en letras lo que quiera que, trasnochadamente o no, atraviese por azar el pensamiento. La escritura es política y un instrumento de combate, una herramienta de sugestión con vocación de perdurar, y una práctica suasoria muy intrusiva de la sensibilidad, porque te obliga a irradiarte de la perfección de sus formas para prestarla atención; a prestarla atención para entenderla; a entenderla para profesarla; a profesarla para hostigarla; y a hostigarla para resolver, al cabo de tantos y tantos grafismos en vano, jurar el signo de la palabra, y el camino de los enunciados.

Si las dicotomías son contraposiciones simuladas, los contrastes identidades disimuladas, encubiertas, y el océano sideral bascula en una partícula de distancia, ¿qué hay del bien y del mal?2*

Amigo mío, tu andadura deje tras de ti una estela de grandes saltos; abjura de matizaciones, de reformas, de la oportunidad de puntualizar, de las aportaciones a mayor abundamiento; pero por lo mismo, abstente también de promesas que excedan de un alcance formal, nominal, de recompensas que los nombres no puedan alcanzar. Nunca susurres ni profieras pensamientos sino en grandes alocuciones; no celebres concurrencia que los demás no puedan decir simposio; tu bonanza sea dilapidaría; tu bostezo, déspota; tu mordisco, furibundo; tu ronquera estruendosa; tu espera, tediosa; tu descenso súbito; tu descanso, eterno; tu calma, armonía; tu muerte, eternidad. ¡La distancia sea lo único que te separe de lo que ames!

¡Jamás ames nada que no tenga nombre!

Organismo Imantado

*1) “La Chispa Adecuada”

*2) Esta es otra historia, que me reservo descifrar

Proximamente… “¡Abraza la Paradoja!”

One Comment

  1. Yo iba a comentar algo, pero creo que os voy a dejar ahí con lo vuestro… Ale, ¡a pasarlo bien!

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