El Concepto de Transgresión

Escrito por el 11-12-2010 en Conceptos Prohibidos

El Concepto de Transgresión; Apología de la Decadencia

Dedicado a los que creyeron que el segundo amor nunca sobrepujaría al primero

“¡Viva la Muerte!”
Millán Astray

No tenía yo aún edad de entender, al apreciarlo, que mi mentor espiritual profesara la castidad propia de la orden de su sacerdocio. “¡Que comportamiento tan suicida!” “¡Que temeridad anti-vital!” “¿He de aprender yo erotismo de un adicto a la auto-punición?” En aquel momento me debatía yo entre estos pensamientos; ahora, procuraré redimir mi ignorancia arrojada pasada, refiriendo eso que, por niño, no tuve los ojos de ver.

No pocas veces la muerte enfatiza la vida tanto cuanto la corrupción la entereza: Socavándolas, sonsacan sus tesoros; transgrediéndolas, traslucen su trascendencia;  y minándolas, iluminan su inmanencia; para que muriendo sólo a su mortalidad, reste entonces lo eterno.

Dicen que el mayor deleite del orgasmo descanse en el destello que ofrece del propio deceso; en el fugaz vislumbre de esa aniquilación de conciencia; de esa capitulación de la centralidad del yo; del morirse de mente, sí, del ser demente, del demenciarse. La traba de las inercias mentales fortifica de lógica el statu quo a tal punto, que el acto de pensar mismo es un movimiento conservador; el actuar de conciencia potencia la rutina del auto-reproducirse, del observar la congruencia con lo que se es; el conciente profesa la desidia de concatenar, de hilar, conjugar, integrar, componer, unir, mantener, contener, sujetar, reprimir, coercer: ¡De someter!

La coherencia anuda la existencia al encadenamiento causal, constriñéndola al juego de los silogismos; pero enfrentar su dominancia, morir a su imperio, transfiere al sometido la fuerza del derrocado, en un apoderamiento que se cobra nuestra unidad, y nos salva de su tortura, ¿existe mayor zafadura? Ésta es la ceremonia de la transgresión, a cuyo pedestal se entregan los fueros propios, y el íntegro se auto-inflige sacrificio en la promesa de cambiar el refreno en vivencias, y en victorias las pendencias; de hacer vívidas acciones de lánguidos prejuicios; de tornar solemne lo mecánico; de imprimir trascendencia a lo empírico; de limpiar, en suma, la integridad de todo cuanto la transgresión revele disciplinario, estático, inerte, perecedero: La transgresión es transferencia de poder, filtro de trascendencia, y un sacrificio liberador.

La transgresión es el precio frívolo a pagar por la moral; la señal simbólica de fiar en un mundo otro; el reflejo de la carestía de trascender; el martillo de la apariencia; un salto de fe, probablemente; y un realizar el propio temor, con ánimo de atestiguar y revelar su futilidad, su decadencia, su falsedad y su engaño:

Piénsese por un momento en el equivalente profano del creyente existencialista, el novio celoso; lo que de uno se diga tendrá una fundamentada correlación en el otro; ambos renunciaron al sortilegio de la razonabilidad; ambos demuestran su fidelidad con la incongruencia de realizar sus temores; y ambos hacen de lo anterior una victoria a la suspicacia.

La transgresión del celoso dicta presumir el mal; tomar por realidad eso que amenaza disolver su identidad paritaria; eso que sugiere querer aniquilar la dualidad que experimenta. No es debilidad de temor, no; tampoco derrotismo eximente de responsabilidad; no una prefiguración del declive eventual venidero; y no un anticipar, para mejor encajarlo, lo que no se desea conseguidero. Es un tentar la resolución del destino; y sea por un flirteo con lo macabro, para vencer desde la oscuridad las tinieblas, que arremete contra la fidelidad de la confianza para consagrar la fidelidad trágica de los absolutos –la que no obedece excepciones-; que acometa contra todo aquello que más desmedidamente pretende venerar. ¿Quién no ha abatido a reproches un amante oído, esperando vivificar lo que sabe, o más bien desea saber, impermeable a cualesquiera recriminaciones? ¿Y quién no ha proferido una y mil veces que ha perdido la esperanza en algo, esperando secretamente que la verdad exalte y refunda lo que verbalmente da por perdido?

Es un enigma contradictorio, una trampa que la volición tiende al temor mismo, y una supremacía de las verdades trascendentes lo que obliga a difuminar y hasta acribillar, para afirmarlo, -para imprimirle el último de los blindajes- lo que atrapa nuestra creencia devota. Yo lector, te pregunto: ¿Es confianza o más bien presunción de inocencia lo que el amante ostenta si la infidelidad del amado logra matizar de muerte el sentimiento de lealtad? ¿Es la confianza un valor tal que permite excepciones? ¡Habrá presunción! ¡Conjetura! ¡Pensamiento! Que no confianza; que no lealtad; que no sentimiento. ¿Fía el cristiano en que la muerte pueda tocar, privar de su sustantividad, a la vida? ¿Cómo demuestra su fidelidad a la inmortalidad? ¿Cómo la consagra? ¿Cómo la reza? Véase la efigie adosada a cualquier crucifijo –ecce homo-…¡Matando! Dando muerte, aniquilando es que se potencia la vida. He aquí la transgresión.

Intentaré describir cómo la transgresión puede conmutar prejuicio en erotismo: Imaginemos una pudibunda mujer de clase acomodada, bien instruida en la dogmática del pudor, la pudicia, las maneras, y el protocolo de los estadios ordenados de vida; una mujer, en definitiva, ducha del reglar y moderar emociones. Pues bien, tras diez años de socialización en este refinamiento inquiramos teóricamente el efecto en su personalidad de una hipotética agresión de sus principios: Figuremos cómo nuestra integrista rata de experimento reaccionaría a la intromisión lasciva de un desaliñado y grasiento individuo, que, en mono de trabajo, tratase de practicar con ella el feo juego de los sucios manoseos. Se abrirían dos opciones a sus movimientos del ánimo: Una, la del rechazo, pasa por la estupefacción, la indignación, y a la poste, el refuerzo del statu quo en su refreno y moderación; una nueva aportación reaccionaria a su lustroso montante de prejuicios. La otra es la transgresión, y consiste, no nos engañemos, en querer destruirse a sí misma; se basa en arramplar de una sola vez con toda esa sabiduría del escepticismo, con toda esa suspicacia, ese miedo tan concienzudamente hilado; aunarlo todo y sacrificarlo en el altar del morbo. Todos sus prejuicios, sus convicciones mojigatas muestran así su verdadero potencial ante la luz transgresora: Lo que fuera reticencias deviene excitación; lo que fuera pudor cambia en morbo; ¿Y el escepticismo? ¡Ahora es Eros, amigos! La transgresión lo ha convertido en dios.

¿¡Pero cómo!? Muriendo a aquellas para nacer a estas. Una lástima no poder escamotear con artimañas intelectuales la violencia del proceso. No hay atajos a la plenitud: ¡Hay que transgredir!

La transgresión sirve a las supremas suscripción y rebeldía del erotismo. Todo conato consistente represivo, de una mínima expectativa ambiciosa de asentar una moral de esclavos, pasará por relativizar, trivializar, y de poder ser, demonizar esta categoría sublime: Estos enemigos de la transgresión los designaré “partícipes de la violación desvirtuada” –que incurren en degradar la transgresión a daño, a un ataque gratuito-. Cuentan entre sus heraldos célebres, entre otros, de una parte, con los “cultores del concepto normativo de salud“; de otra, con los mezquinos “intelectualistas de una salud definitoria“; y de otra, con la cobarde raza de “los bohemios“. ¡Aprendamos los caracteres del enemigo!; a saber (con ánimo de ofender):

A propósito del culto al concepto normativo de salud diré que sirve a la extendidísima deriva a la negación del dolor. Esta declinación se viste, a fin de fortalecerse, de un lenguaje normativo, esto es, del deber ser; y así es que su “no hay dolor” deviene un “si duele es malo”. Por desear no existente aquello que teme se erguirá ante el doliente y clamará: “El que sufre es por que quiere”; y por abominar de lo que no conoce asociará el dolor y el dolerse con un pasado contingente superado al son de “el dañar es atávico”, “su agresividad es prehistórica, propia de otro tiempo, ¡es anacrónica!”, queriendo significar su desvinculación a la realidad presente; declinándolo en su necesidad. ¿Quién no conoce el manido marketing de la apología de la integridad física a todo trance?

El actuar de los cultores se desenvuelve en una secuencia conceptual de tres fases: Indemnidad, derecho, y alerta. La categoría de la indemnidad conceptúa la declinación del dolor en la representación de un estadio hipotético idóneo de sustracción total a su influjo; construye y promete la noción de paz sobre la base de la injerencia nula; y su icono es la conocida referencia “nada justifica la violencia”. Después, el recurso a la categoría de derecho engarza al estadio indolente perfecto con la prescripción de su conservación; culminando con la emergencia de la repulsión a la irracionalidad en fórmulas que van desde: “Si de verdad fuera amor, no dolería” o “si te quisiera, no te haría daño”, hasta el célebre “yo no tengo porqué sufrir”. Por último está la noción de alarma, por la cual el dolor delimita el margen de relevancia de las polémicas; allí ha de aventurarse la atención donde existan testimonios de dolencias: Las manifestaciones de la conformación del discurso social por referencia a la alarma ante el dolor y el daño son innumerables, y en cada una se impone la razón farisaica del miedo; en cada una se imprime al hombre la moral temerosa del sirviente.

A propósito de los intelectuales de la definición del hombre por razón de la salud, señalo que incurren en un fenómeno que diré “identificación cognitiva”, que estriba en yuxtaponer hasta el punto de la identidad los conceptos de salud, integridad, individuación, personalidad, libertad, y justicia. Así, su dictamen de un desajuste de salud diagnosticará una merma de integridad; su juicio de un problema de integridad apuntará a una distorsión de la individuación –la difuminación del sentimiento yoico, al quebranto de las fronteras que demarcan al uno de los otros; su análisis de una traba en la individuación concluirá prontamente un sesgo de personalidad, en la conocida recomendación “¡sé tu mismo!”; si repara en la enfermedad de la personalidad especulará largamente acerca de una causa en un defecto de libertad entonando un “apareces premioso”, “eres compulsivo”, “tu voluntad está anulada”; la explicación de la pérdida de libertad la atribuirá a la violencia sobre la justicia, a ser malvado, a haber errado el cauce de acción normativo preceptivo, diciéndote “tirano”, “mezquino” y hasta “¡fascista!”; y el círculo cognitivo se cierra cuando la problemática de la justicia revierte en una cuestión de salud: “No es que sea malo, es más bien que está enfermo; está determinado a obrar así, ¡curémosle!” Éste es el discurso intelectual de la transgresión; cifra los desarreglos normativos y de identidad en términos de salud; y opera en una argumentación circular de infinitos bucles potenciales: Su consecuencia primera es que nada sale del pensamiento, que todo pudiera componerse en una socialización adecuada del intelecto. La segunda, la más tiránica de la libertad, la que más corrompe la transgresión es la de alzar a los técnicos de la salud en señores del significado; la de permitir sea dado decir, desde una maquinaria conceptual circular y torpona, “si no estás sano, si eres disfuncional (si no observas mi perspectiva funcionalista de vida) no eres tú, estás alterado, estás enajenado; yo te diré quien seas (yo te diré quien debes ser)”

Haya que hablar ahora de la bohemia: “La Bohemia”, ese cobarde conato de romanticismo integrado por partícipes de la violación desvirtuada. A todos es notoria la creciente deriva, en quienes se irrogan la calidad de intelectuales, sedicentes amantes de una disensión libertaria, a profesar eso que dicen “vida o modo bohemios”. Cada vez son más los que convienen en canalizar su fogosidad juvenil en esta fácil fórmula estético-social de pseudo-lucha estereotipada, descafeinada de la vivacidad, arrebato, solemnidad, y absurdo, propios de un genuino momento refractario; de un acceso de insubordinación; de un romper en motín. El legitimismo y tibieza de esta corriente son de un tal conservadurismo encubierto, que hasta el estudiante de derecho común, -icono de propensión a la reproducción del statu quo- abomina de la estaticidad, y precoz senectud de su intelectualismo, dándose a estéticas sensiblemente más combativas (socialismo militante, conservadurismo agresivo, derecha nostálgica, intransigencia activa…).

Es cualidad primera del bohemio la conversación huidiza: Si mencionas el marxismo  te hablaran de moral; si traes la moral, hablarán de interés; si ventilas la economía del interés, contestarán con arte; si hablas de arte, mencionaran la necesidad de definir los cánones de excelencia; si abordas la excelencia, demandaran igualdad; si te atraes de la igualdad, recriminaran desde la justicia; si  dilucidas lo que sea justicia, extrañarán el amor; si profundizas el amor, su verborrea sólo cantará “desdén”, “apariencia”, “despecho”…(Persevera, ¡nunca los atraparás!) Saltarán del escepticismo al amor, y hasta del deber a la conveniencia, al derecho y a la inversa, -en un filantrópico eclecticismo escapista- con tal de no determinar, de no combatir, de no afirmar: ¡De huir!

Su bohemia segunda nota sea la disimulada desidia, o su hipócrita adscripción: Existe en ella una identidad profundamente enraizada en lo superfluo, en la teatralidad, en lo embustero; fingimiento que delata su pasividad fuera de escena, lejos del foro de salón: Al atisbo de discrepancia, allí donde no le haya servido la crónica de lugares comunes, desplegará toda una batería de recursos gestuales, que irán desde expresiones de condescendencia, sonrojo, pudor, y lástima, a muecas de hiperbólica alarma y matices de tamaña paciencia. Por hablar con metáforas, en la indignación, más bien que dar con puño en mesa, preferirá agitar la cucharilla del te mientras declina con la cabeza; yo diré: “¡Sublimando inmovilismo  en vergüenza!”

¿Queréis besar la estética moderna, y ser escapistas de la responsabilidad con el pretexto de servir la belleza, y -¿por qué no?-, la justicia? Quizá queráis abrazar “La Bohemia”: Su conformismo radica en su eclecticismo, su inercia en su disimulo. Algunos profesándola han llegado a ostentar hasta jefaturas de gobiernos nacionales, y huyeron con éxito de hondas controversias de estado con la defensa del derecho a un apellido igualitario; brinda estratagemas políticas socorridísimas. Apariencia de combate a un trasfondo seboso -apacentado de rutinas y legitimismo-; engrasada maquinaria de dominación.

Su miseria conceptual, a los efectos teóricos que interesamos, está en esgrimir una idea de violación manipulada: Es algo sumamente sacrificado, cuando uno está envuelto de un mundo, imaginar otro diverso, figurar una alternativa de realidad, de plasmación eventual de circunstancias y pareceres distintos; sin embargo, hacerlo es en puridad la única facultad humana genuina, sin la cual, no divergimos sustantivamente de los animales. A esto apunta la animosidad violadora de los verdaderos transgresores.

Comulgan en la violación desvirtuada a su vez las juventudes conservadoras, hijas de la transición que, decepcionadas del sortilegio gnóstico*1 confundieron libertad con inteligencia; y traicionados por la promesa de respuesta en la cultura, se envanecieron de una erudición sofística, viciada ocultamente de carecer del impulso motriz irracional que inspira y gobierna desde siempre a eruditos e intelectuales por igual desde el poderío de la voluntad: La ciencia, si, la cultura y su erudición como credo, como parámetro de socialización primario sustantivo engendra siervos en la misma medida que la voluntad entusiasta los encumbra y libera “presos de su intelecto no se representan el color cadavérico que ostenta su esgrimida salud, cuando junto a ellos desfila entusiasta el coro obnubilado ditirámbico2*”

La traza de la esclavitud de la juventud es su cinismo, esa debilidad ecléctica de suspicacia, escepticismo e inteligencia, que tanto procuran excitar los grandes de la manipulación televisiva de ladeamiento reaccionario; domeñan la juventud apacentando sus pulsiones de combate de crítica disolvente, haciéndoles no acertar su sentimiento transgresor; orillando su disidencia en la perspectiva acomodada por la desidia de los procesos mentales.

Queridos amigos, los sedicentes rebeldes nos han traicionado; su promesa de combate es cínica y manipuladora; venden una ideología de esclavos. La moral es el camino de la libertad, pero, cual carbón, sólo revela su potencial en la combustión… Hemos de observarla como paso previo a incinerarla: Naced al simbolismo trágico de las Fallas, y del actuar de aquel pobre mentor mío…

Hijos defraudados de la transición, ávidos tesoreros de pudor y reticencias, yo profeso vuestros temores, yo participo del conservadurismo; soy uno de los vuestros. ¡Seguidme al pedestal de la transgresión y cambiemos inercia en morbo!

Organismo Imantado

Proximamente… “El fuero del loco”

1* La falacia gnóstica deberá extenderse posteriormente
2* F. Nietzsche; El Nacimiento de la Tragedia

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