El Hogar del Caballero

Escrito por el 24-11-2013 en Literatura de Combate

 

 

Y en busca de la verdad, Arturo y sus caballeros

 hubieron de profundizar en solitario el corazón del bosque oscuro…”

Fragmento de Leyenda Artúrica

 

En un tiempo y lugar mucho más justos que éste, sin ser percibida de nadie, vivía entre más asuntos, justo dentro de su sesera, la tristeza de un caballero. Era una casa amable, una cabeza acogedora, puede que  algo esquiva, un cabezón sí, quizá demasiado grande y quizá demasiado dura, pero libre y desahogada; creativa, extremista, tremenda y destartalada, pero noble, dispuesta y desaforada; obsesiva, feroz, delirante, exagerada; pero tierna, complaciente, humilde y cabizbaja; mordaz pero valiente, quejosa pero abnegada, nada abyecta, no, acaso hiriente, desmandada, rabiosa, pero sutil, delicada, sensible, asentada…

 

A tal punto era sencillo el tal galán craneano, que los más estimaban no tenía sobre los hombros otra cosa que tristeza; le hacían apartadizo, crepuscular, sin motivo taciturno, expectante, incompleto; el tiempo diría si tenían razón… Era dicho de algunos, sin embargo, que era un hombre todo ingenio, genial, pulido, fulgurante de luz propia, decidido, resoluto, y veloz de dar el tino. Aunque para ser justos hemos de decir que esa rapidez suya la juzgaba su madre una variante de prisa, ¿genial?, sí, pudiera concederlo, pero, en suma, sólo apremio. Lo atribuía  a ser su hijo un héroe de muchos logros, que por ser muy dado a excesos era presa de los agobios. Una cosa es clara, eso seguro, que si hubiéramos de juzgarle por lo que él manifestaba, quizá no externamente, pero sí en su corazón, concluiríamos al punto que era el suyo un pensamiento que vivía en el silencio. Helos aquí reunidos, los egregios comuneros: ingenio, apremio, silencio, y tristeza; concurriendo a un solo tiempo, verdaderos compañeros.

 

Un día cualquiera, en un momento comprendido entre después y antes, el caballero observó ser su palacio más angosto que lo fue cuando silbaba, y recordando que siempre acostumbraba silbar cuando feliz, sin pensarlo demasiado traspuso sus anchos muros a la búsqueda de la felicidad que devolviera a su hogar su original anchura.

 

Fue poco después de salir de su espacio conocido, que se vio de noche solo al umbral de un vasto bosque; era enorme, y difícil de delimitar en su tamaño a tal punto, que sus límites se entrecruzaban con el firmamento. Entonces, como mecido de un viento caprichoso, apareció por entre el aire un gran mago resabiado.

-“Hola, caballero, tú no me conoces pero sé quién eres; sé de mal que asola a la anchura de tu palacio, y conozco de los acompañantes que trasladas contigo. Esto que aquí comienza tan natural e inabarcable, es tu vida. Escúchame, tengo que darte tres cosas: un misterio, un secreto, y una verdad. El misterio es que la razón por la que comienzas esta aventura, no es lo que estás buscando sino la causa de que los busques. El secreto es que lo que quiera estés buscando tendrás que encontrarlo aquí. La verdad es que para poder encontrar lo que quieres, tendrás que oscilar entre la virtud y el deseo; al encontrarlo tendrás lo que lleves contigo, y una parte de ti quedará con lo que encuentres.”

 

Dicho esto, disuelto en una nube, desapareció el mago. Sabiendo todo esto, armado de valor, el caballero aunó su ingenio, apremio, silencio y tristeza, y se lanzó a la espesura con el beso de la novedad en los ojos y la esperanza. Transcurrió por el bosque a paso ligero dejando a su lado troncos altos y menudos, charcos, animales, grietas en el suelo…; profundizaba la frondosidad con creciente curiosidad, cuando de pronto vio frente a sí una presencia hermosa y paralizadora…

-“Soy la princesa Ardilla; te he estado esperando.”

 

Movido el caballero de excitación e intriga, recordando las palabras del mágico consejero, se interesó en su alteza:

-“No sé si tú seas, lo que yo estoy buscando; ¿cuál es tu virtud?”

-¿Mi virtud? La sencillez; vivo y me conduzco de pretensiones modestas; soy crédula; y a mis actos y palabras los motiva la limpieza.

 

En este momento, actuando con independencia, de dentro justo del caballero afloró el ingenio:

-“Me voy contigo; la inocente diligencia, necesita inteligencia; y bondad sin picardía, llama pronto a algarabía.”

 

La princesa tomo para sí su nuevo acompañante e hizo agradecida un ademán de despedida, que el caballero respondió sobresaltado:

-“Antes de irte, señora, por lo que más hayas amado te conjuro a que me guíes de una sola respuesta: ¿Cuál es la naturaleza de tus deseos?”

 

La princesa en su recién adquirido ingenio, correspondió elocuente…

-“Caballero, por mucho que me comprima, y por más que cause heridas, mi deseo desde siempre pertenece a la justicia; encuentres lo que buscas, adiós”

 

Sabiendo de este modo por dónde conducirse, de los tres caminos que a su paso se abrían, decidiendo dirigirse en dirección a la justicia el caballero escogió el camino derecho, y a su través se mantuvo en el sendero recto. Actuando de esta manera, nuestro héroe comprobó cuidarse mucho de pisar las flores, y de aplastar bajo sus pies los pobres animalitos, diminutos para él hasta entonces, invisibles. Sintió a la noche cubrirle de una radiación lunar protectora, sosegada, compasiva; sus ojos despertaron a la misericordia de la flora de su rededor, y en su interior, experimento ser el bosque, si bien oscuro, bueno. Quizá por ésta, su receptividad mejorada, sin darse cuenta, el caballero atrajo para sí una figura apabullante, delicada y rutilante. Su mirada, atenta, describió un matiz de complicidad al tiempo que su mano movía tras de las orejas su melena amarilla:

-“Soy la princesa Gallina; sabía que vendrías.”

-“Señora luminosa, al oírte evoca mi corazón la seguridad que cuando niño sentía mi propia casa; pero dime, ¿qué virtud tienes?”

-“Mi fuerza son las letras, la fuerza de su contenido infinito, y su enorme arquitectura de grafismo y simbolismo.”

 

Al oír esto, el silencio salió de muy dentro del caballero, como poseído de una atracción irresistible:

-“Hazme un hueco a tu lado, porque tengo sabido que no hay mejores aliados para el arte de la escritura que mi hermana soledad y yo mismo; y que el arte de las letras, como el arte de la palabra hablada, es el arte del silencio.”

 

Aceptando a su aliado, la desde entonces silente figura, empezó, complacida, a alejarse a un nuevo rumbo…

-“¡Espera, señora mía! Un gran sabio me advirtió que tu gusto me guiaría; ¿qué es lo que anhela tu corazón?”

 

Guardando silencio, y queriendo significar que su deseo era el arte de la música, la princesa se difuminó entre suaves tarareos… El caballero siguió adelante pero algo había cambiado; había música entre las hojas y el viento; el aleteo de las aves nocturnas, de los insectos, y el murmullo de los riachuelos al compás constante de los pasos en su ritmo, se concertaban ahora en perfecta armonía.

 

Así, tímidamente embestida por una sabiduría musical que ni ella misma sabía, a pasos cortos, unas piernas seductoras traían lentamente una figura de una hermosura narcótica natural, y sus ojos miraban suplicantes bajo un revoltoso flequillo.

-“Hola, andante caballero, no sé muy bien quién soy, pero los que más me quieren me llaman la princesa Gata”

-“Delicada señora, tu sola presencia reconforta mi corazón; no sé quién eres pero de no haberte conocido mis sueños habrían terminado por inventarte. ¿Serías tan amable de decirme tu virtud?

-“Interesante galán, hasta hace bien poco no creía ostentar ni un solo atributo que fuera valuable, pero de un tiempo a esta parte sé que aquella impresión obedecía a que mis muchísimos talentos abrumaban incluso a que yo pudiera percibirlos. Mi virtud es el amor, la pasión, el cariño, la ternura, y a través de él, para poder celebrarlo, la música; también, para poder cantarlo, mi virtud es el lenguaje, la expresión, y el don de traducir los idiomas que amo”

 

A la vista de tal cúmulo de atributos, sofocado, el apremio emergió del caballero…

-“Tantos talentos, tantas tareas, tantas funciones, tantas posibilidades e indecisiones, son para mí un hogar predilecto; hazme un lugar entre ellos”

Apresuradamente ahora, la princesa comenzó a desvanecerse…

-“¡Espérame señora, no te vayas! ¡Hay tantas cosas que quisiera aprender de ti…! Dime al menos, te lo ruego, qué deseas.”

-“A veces pienso que demasiadas cosas, pero como tengo algo de reciente apremio, te diré que una entre tantas es el baile del claqué…”

-“¡¡¿¿Claqué??!! ¡Haré tu deseo mío, señora; así aunque te me alejes, algo de ti quedará conmigo!

 

Así reanudó la marcha, y en un giro sorpresivo no podéis imaginar qué pasó; donde hasta entonces sólo sonaba “plom plom plom plom”, un paso tras de otro, ahora, por magia:

-“clac quiticlac quiticlac clac tap tap tap tip clac”

 

Caminar dejó de ser algo vulgar y por sí mismo cambio en algo maravilloso. La historia cobra ahora un rumbo incierto después de la última visita, se sentía triste, sólo le quedaba eso. Derrotado, lívido, sin saber qué hacer, quizá como último consuelo, dejó que el camino lo hicieran sus pies…

-“clac clac claquiticlaquiticlaquiticlac tia tap clic”

 

Así, por casualidad quizá, quizá por esa trayectoria óptima que los enamorados saben llamar destino, apareció una misteriosa silueta; sus movimientos cautelosos encubrían un magnetismo eléctrico, tenía un algo antiguo, de otro tiempo, clásico, casi helénico…

-“Hola, raro caballero, soy la princesa Topo, pero no te ilusiones; por más qué lo hagas tú y yo nunca tendremos nada…”

-“Señora esquiva, atractivo enigma, ¿por qué me declinas sin siquiera conocerme?, ¿es tu virtud la clarividencia?”

-“Te equivocas caballero, porque yo no sé, quiero, ni tengo nada”

-“No te castigues así, bella princesa, percibo en ti elegancia, gracia, movimiento, y también, si bien contundente, y salvo porque no es justa contigo, la completa honestidad; además hay mucha gracias en tu modo de pensar, y brillo, y fuerza y ritmo en tu lindo discurrir”

-“Te equivocas, nada bien discurro, y las letras que tu admiras, casi todas las confundo.”

 

Al sonido de estas cosas, como un huracán invocado, salió por fin de dentro la gris y tenaz tristeza.

-“Es algo que aprendí de la poesía, que la nada en su enorme vacío es abrigo predilecto de mi hermana la Nostalgia, la amante caprichosa de mi padre el Dolor, y la cruz de mi madre, la soberana Apatía. ¿Queda hueco en tu interior para mí? De buena gana tendré tu nada.

 

Salió del caballero su última compañera, cuando de pronto sucedió algo que muchos no logran aún explicarse. Tan pronto como la tristeza toco la nada, se esfumó en su vacío abismo, y en el momento justo que la nada abrigo la tristeza, comenzó a evaporarse, a desaparecer, porque es algo sabido y que debes aprender, que algo y nada juntos nunca podrán ser. La princesa quedó vacía, desnuda de la nada misma, y juntos, vacíos los dos salvo el uno del otro, volvieron de la mano al hogar del caballero. Allí, tras muchas aventuras, descubrieron para su sorpresa que el palacio era ahora exactamente el doble de ancho, porque…

 

…el mundo no es más ni menos ancho que lo son nuestros ojos al querer conmensurarlo…  

 

Y su historia duró ayer, ahora, y siempre…

 

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