El Mago de Dadit Nedi y La Mitad Invisible de…

Escrito por el 05-12-2013 en Literatura de Combate

Había una vez, hace tanto y tanto que no puedo recordarlo, en el Reino efímero de Dadit Nedi, tan lejano que los hechos son lo mismo que las metáforas, en el borde mismo de la verosimilitud, donde símbolos y actos, y hasta el bien y el mal, y el triunfo y el desastre se disuelven confundidos en la línea del tiempo, un trozo de arte en la forma caprichosa de un tímido muchacho que soñaba con ser bailarín; su nombre… ¡Antonino!

 

No es que bailar le gustara muchísimo, sin embargo tenía por seguro que en bailando las dudas sobre sí mismo parecían decaer en necesitar contestarse; había aprendido ser el baile un reflejo honesto del momento presente, un testigo del aquí y el ahora inmediatos, y de la sabiduría de estar allí exactamente en eso que estuvieras haciendo. No es que bailar le gustara mucho, pero Antonino no podía obviar que aquello que sabía ofrecer el baile era un tesoro inconmensurable, porque a veces, y digo a veces porque soy educado, a veces Antonino, sin lograr concentrarse ni encontrar el presente, dejaba su mente volar a su talante, con manga ancha a describir siluetas infladas hacia allí, por arriba, al espacio desmandado que la imaginación abriga.

 

No estoy diciendo que fuera un disperso, aunque lo fuera; quizá era llanamente demasiado educado, sí, eso es; alguien capaz de ocultarse a los demás en sí mismo, un estratega, apartadizo, con un mundo todo guardado para sí, garantizado, secreto, y quizá, hasta de sí mismo. Y lo que quiera estuviera escondiendo, eso que no quisiera o pudiera acostumbrar airear, quizá incluso para sí mismo, eso, lo intentaba arrancar al baile…

 

Muchos lo ignoran, pero si en una noche clara, sobre un alto o en un balcón, bailas un rato solo y pronuncias por tres veces “¡Dadit Nedi, Dadit Nedi, Dadit Nedi!, algunos aseguran el viento te devuelve a Antonino pensando en voz alta:

 

El baile es el arte de conocer las formas, el lugar donde convergen aspecto y contenido; debieras bailar porque aunque no sepas quien eres, la estela que dejes tras de ti te dirá lo que vayas deviniendo…”

 

¿Quería Antonino conocerse? Todos pensamos que sí, y por eso a veces le veían bailar solo el Rock & Roll, y sí, ahora que lo pienso, quizá por eso también aprendiera a dibujar. Pocos dominaban con tal maña el arte del dibujo, su técnica, arte, hedonismo, y disciplina, en la que muchos le titulaban profesor y maestro. El dibujo, pensaba a veces, es la estela de una forma en el espacio, el relato, la historia, el cuento de una vida gráfica, personal, única y expresiva de todo un policromático mundo multidimensional, contraído al camino de una sola línea, que como tú, como yo, se hace un hueco entre los demás para declarar: “¡Soy yo!, no lo he elegido pero ¡estoy aquí!, necesito mi espacio, permitid sea dado unirme al compás de vuestro movimiento”.

 

Probablemente Antonino no ignorara la verdad cinética del baile y el dibujo, y tal vez por eso no pudo trivializar, no pudo tratar como cualquier otra cosa algo nuevo que de pronto descubrió de sí. Tardó en darse cuenta pero al tiempo lució claramente a su vista: los pasos, los movimientos de baile hasta entonces tan asequibles, tan asideros, habían caído presa de un bloqueo por completo inexplicable… su cadera de la noche a la mañana quiso cambiar de forma, y se prolongaba hacia atrás con un ladeamiento elegante, eso no lo discutía, pero que dificultaba su baile; todos los pasos que hasta entonces dominaba fueron víctimas de esta tiranía de la postura, de esta opresión traviesa en el movimiento de su cadera.

 

Y tan claramente como nuestro galán sabía amar la justicia, sabía también que en ella poco hay distinto de enfrentar la tiranía, aunque fuera en los movimientos. Por eso fue que optó por algo arriesgado y temible, como acostumbran hacer quienes logran saciarse del beso de la victoria: enfrentar sus temores y asumir el valor de mejorar; ¡exacto!, Antonino sabía mejor que nadie que ese extraño enigma tiránico de su cadera no podía resolverlo otro que el gran Mago de Dadit Nedi; y tenía bien en cuenta que invocar su ayuda conllevaba un gran peligro, porque quienes visitaban al mago, conocido por su sabiduría de las formas y su significado, nunca volvían siendo quienes fueron; acudir al mago tenía la fuerza de un gran viaje, o el efecto de pedirle a la lámpara tres deseos, o el de consultar al Oráculo de Delfos; invocar su ayuda exigía al parecer primero un peligroso esfuerzo reflejo,  y es precisamente ese mirar dentro de sí, de prestar atención detenida a sí mismo, eso que tanto temía nuestro héroe y que al tiempo confería al sabio la fuente de su poder, aunque eso ya es otra historia…

 

Sin pensarlo mucho más, respiró profundo y caminó resuelto al encuentro del hechicero, preguntándose si los rumores sobre él serían ciertos. Era dicho de algunos que tenía un carácter misterioso y que su célebre propensión al análisis de las formas tenía razón de ser en su amor a bailar, que a su vez, se dice, traía de amar a una mujer que amó bailar primero. Se decía también que era un hombre destartalado, que debía su apariencia de desorden  a tratar en las personas  con ninguna otra cosa que el interior, esa región que es informe por estar compuesta de corrientes, de flujos, de torrentes y de mareas de sentimientos.

 

Como en tantas otras ocasiones, cuando atañe a una aventura, casi más que llegar al objetivo marcado importa el viaje en sí, la propia aventura; y que esto encierra algo de verdad, quizá lo pruebe que dirigiéndose a los confines de Dadit Nedi, donde se erigía la Torre que habitaba el mago, nuestro joven caballerete comenzó, acaso por primera vez, a prestar atención hacia sí; un sobresalto mitad ácido, mitad reconfortante recorrió su espalda al ver su imagen en perspectiva: recordó el momento  cuando más joven abandono su casa; miró con renovada compasión para consigo la gran superación personal de haber conquistado su propio espacio y hasta el amor de su vida de las manos de la soledad; pudo paladear incluso, al tiempo en nostalgia, satisfacción, fervor y desasosiego, la manera como en una ocasión, estando todo en calma, una preciada posesión le fue arrebatada de sí; evocó la aflicción de ser privado de algo tan íntimo y bien logrado, algo tan suyo por apego y derecho… pero recordó también el modo como, perdida toda esperanza, no pudo articular palabra ni movimiento equilibrado al descubrir para su infinita sorpresa su añorado tesoro; supo entonces, en ese momento, cómo aquella evocación simbolizaba su propia vida: su vida toda de pronto podía cifrarse en conquista y mérito matizados de un terror a perder abyecto y tan fervoroso que exigía ser oculto; ¿estaría dando de soslayo con alguna respuesta?

 

Sumido en estas cavilaciones, sin casi percibirlo, nuestro héroe vio erguida frente a sí la orgullosa torre, y ahí, un crujido repentino seguido de un sobresalto sonoro y de una vibración metálica sostenida que asemejaba a un sentido lamento, describían casi musicalmente la apertura de la gran puerta, detrás de la que, entre sombras, apareció el mago.

Hola, Antonino; sé lo que estás buscando, por respeto a la nobleza de tu objetivo, corresponderé tu determinación con un regalo especial

 

Antonino vibró en la emoción de atestiguar una presencia que con ser autoritaria, resplandecía en una embriagadora familiaridad…

Gran Señor, la fama de tu maestría sobre las formas me ha traído hasta aquí; yo mismo estoy marcado de una señal en mi forma, y necesito comprenderla, necesito comprenderme; reconozco tu autoridad, te conjuro por lo que más valga para ti, a que dictamines lo que verme te sugiera, aceptaré de buen grado lo que quiera me ofrezcas

 

El mago hizo un ligero ademán de complacencia…

Escúchame, debo advertirte esto: como todo bien que sea de atesorar, mi presente para ti exigirá el compromiso de tu voluntad, de tal manera que probando tu valía en el curso de tres solas pruebas, seas tú quien te des el presente a ti mismo; ha de ser de esta manera porque no tengo otra cosa para ti que tu mitad invisible

“¿Eso tienes para mí?; ¿hay algo de mí que debiera conocer?”

Sí, el ladeamiento de cadera que imprime tu baile de oblicuidad desvela tienes una dualidad oculta en su mitad; la inquietud de tus formas es la inquietud que te profesas a ti mismo, y tu baile, eso que gustas tan intrigado de sus misterios, me dice que así eres como te mueves; el modo como acaricias, o pellizcas, o presionas, o empujas o pinzas la línea del tiempo haciéndola oscilar, temblar, vibrar y estremecerse, y fluctuar en la frecuencia y en el timbre y en la fuerza que te son propios… eso, eres tú. Ésta será tu primera prueba: ¡Baila, baila para mí, Antonino, entrega tus pies a esto, aquí y ahora, muéstrate, libera tu mente!

 

 

Antonino se abalanzó a la primera prueba como urgido de una prisa imperativa, casi del modo como si en vida no hubiera hecho otra cosa que esperar la ocasión de demostrar quién era; su cuerpo obedecía al compás de un ritmo imaginario, de pronto era libre, por lo menos corporalmente, cosa que muchos sabemos equivaler a la libertad completa; nada se interponía a su delirante espontaneidad, sus manos describían vaivenes insólitos, la vergüenza  por primera vez dejó de inhibir su fulgurante fuerza motriz; algo, no me preguntes qué, transcurría ferozmente de su pelvis al infinito, libre por fin, desahogadamente. Se expresaba con contundencia, sabía y sentía que aquello decía más de sí que cualquier palabra, pero no era grosero, quizá más nudista que cualquier exhibición completa, pero tan cándido y sincero, que sólo podía llamarse un ejercicio de verdad, aunque fuera subjetiva.

 

De pronto, el mago interrumpió complacido…

 

Has desnudado tu cuerpo de movimientos embusteros, y es justo te proclames vencedor de la prueba primera, pero no te confíes, lo definitorio, lo original, lo perentorio, está por llegarte. Tu cuerpo liberado me ha hablado en un lenguaje diáfano, tus movimientos, más curvos que angulosos, me hablan de tu aflicción, de tu disciplina, de la fuerza que comprime tu energía vital y la convierte en un instrumento de las obligaciones. Hay majestad en tu expansión, la dignidad que demuestras es de un gracejo sureño, armónica pero de casta, sensible, orgullosa, te hace un blanco susceptible de la cruel provocación. Sin embargo he visto más allá, he vislumbrado los orígenes de tu inquietud en la experiencia del miedo, una tirana que te comprime en un fuero interno reservado, contenido, que te mueve a guardar para ti, con timidez, tus soberbios tesoros; tienes pánico a dejarte, necesitas control, quizá por eso tu movimiento necesita afirmarse en sí, gritar con autoridad quién es, ¡pero cuidado!, tu fuerza sirve al tiempo al mundo de las ideas y al reino de los desaforados instintos que la carne gobierna, tu imaginación desorbitada pudiera no llevarte sólo al ámbito de la justicia sino a sumirte en deseos de satisfacción oscura que tu mente reprueba. La fuerza de tu corazón, de tus sentimientos, la enseñas en la intimidad, nadie sospecha el natural impulsivo y majestuoso, rápido y seductor, combativo, tenaz, militante y mordaz de tus adentros; cuida de que tu gran poder no te lleve a querer cosas irreconciliables, ni que te brinde la frustración…

 

Antonino miro intrigado…

 

Poderoso señor, has puesto la mirada en el centro de mi alma, ¿puedes concluir cuál es mi aflicción?

Tu verdadero reto comienza ahora, tú eres el único mandante de tu destino, y la verdad que esperas serás tú quien la declare; abiertas frente a ti están la segunda y tercera prueba, ¿estás preparado? ¡Acompáñame!, ¿ves ese alto de ahí en frente?, es el salto de Dadit Nedi, una genuina prueba física de compromiso, de la que tendrás que lanzarte, al hacerlo, deberás verbalizar o hacer lo primero que a tu mente se asome… ¡Esa será la segunda prueba! Y después, el descenso concluirá en la charca de Oesed, un manantial legendario al que muchos atribuyen cualidades clarividentes: bañado de ella  habrás de salir, y tan pronto salgas deberás alzar la palma de la mano, ¡esa será tu tercera prueba! y, si eres justo acreedor de eso que tu corazón anhela, el poder de sus aguas te brindaran tu respuesta. Mi ayuda acaba aquí, a partir de ahora, lo que quiera encuentres te pertenece, y, más aún, lo traías contigo

 

Dicho esto, el sagaz hechicero se esfumo en una nube de estruendo, y en un negro vapor, que al difuminarse dejó entrever un delicado sobre que acariciaba el aire cayendo suavemente hasta parar en el suelo. Al acercarse a leerlo Antonino vio escrito: “Tu Mitad Invisible

 

Movido de curiosidad, espanto, enojo, furor, activismo, cariño, vergüenza y renovado optimismo, corrió a más no poder hacia el salto, y arrojándose de lo alto con la determinación de un deseo adolescente, sus labios arrancaron de su interior, casi sin controlarlo: “¡Jerónimooooooooooo!”

 

La caída, grande y clamorosa, removió con estrépito las aguas del manantial, enturbiando lo que en un principio sugirió claridad a su vista cansada. Tan pronto salió, desconcertado, sin saber muy bien por qué, para qué, ni cómo, la vibración de su interior condujo la palma de su mano a la horizontalidad, y allí en el silencio húmedo de la solitaria estupefacción, aguardo su prometida respuesta… Los minutos parecían concatenarse impunemente, un segundo seguía al siguiente y la respuesta permanecía vacante, no sucedía nada en absoluto y su palma estaba vacía. Pero, un instante justo antes de que hubiera desistido, de pronto, casi celestialmente, notó que la noche llegaba a su fin, y que el sol, al que nunca antes había prestado atención ninguna, anunciaba imponente el nacer de un día nuevo, de una nueva oportunidad, entonces, sólo entonces, algo se desprendió de la mañana casi imperceptiblemente: una delicada, una tímida gotita de rocío se posó en su mano sin pretensión ninguna, y ahí, en su desnuda belleza, prístina, pudo ver el reflejo de su yo renovado.

 

Algo era distinto, sabía que era el mismo, pero también que no se sentía así cuando llegó; algo era distinto, tan liviano que no constituía motivo de romper la calma, y tan calmado que conseguía intrigarle al punto de turbarle. Sintió terminado, para bien o para mal, el camino que hubiera emprendido, y sin otro obstáculo que lo impidiera abrió con cuidado el sobre. La carta de su interior decía así:

 

Tus pruebas han tocado a su fin. Yo no puedo decirte quién eres pero sí que el motivo de tu viaje, de tu inquietud, era encontrarte, y eso, lo que has encontrado, sí puedo decírtelo: eres lo que haces, y para verte sólo habrás de reparar en eso que tu labios conduzcan de tu interior cuando en la vida un salto te traslade de un momento al siguiente; pero sobretodo, y esto es lo más importante, lo que tú ya sabías y que te acompañará en adelante es que eres lo que encuentres, lo que la vida te dé, no obstante venga como caído del cielo

 

La verdad se traslució, emergiendo de un tono grisáceo hasta la nitidez más cristalina; vio frente a frente la naturaleza de su desviación de cadera, de su inquietud, de su modo de conducirse en el espacio, de la naturaleza de sus formas y del motivo de su viaje: “Soy una mujer, si bien un poco antonina, dibujante, profesora, viajera, valiente, delirante, racional, tímida, desaforada, contenida, bailarina, reservada, pasional, inhibida, orgullosa, seductora, expectante, mágica, digna, vertical, justa, impulsiva, delicada, y apabullante, pero sobretodo, y esto es lo más importante porque me amo, soy… Rocío Jerónimo

A & R

 

Fin

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *