Escritura y Poder

Escrito por el 04-1-2013 en Literatura de Combate

 

Historia de la Escritura 9.

 

PONTÍFICES JUDIÓS.                    No escribas: “El Rey de los judíos”, sino: “Éste dijo: “Soy el Rey de los judíos””

PILATO.                                Lo que he escrito, escrito está.

Juan 19,21

 

 

Uno de los binomios más desconcertantes en la historia de la escritura es probablemente el de ésta con la política. Algo hay en el poder que tiende a demandar escritores. Debe estar relacionado con lo que conocemos en cuanto a la transmisión de la sabiduría, (scientia est potentia) o quizá con aquello de que la escritura moldea el carácter (no olvidemos el ansia tan en boga desde la guerra fría por ejercer un control individual a través de la injerencia psicológica). Desde luego podemos afirmar que en términos históricos, el poder, o más bien, sus aledaños han estado nutridamente poblados de escribanos, burócratas y jurisconsultos.

 

El escribano, escritor o periodista, tan proverbialmente enemigo de Cristo, resulta ineludible de la regeneración del statu quo de cara al mantenimiento de un contexto de referentes sociales de poder, que normalicen, y sugieran la perpetuidad, o, cuando menos, extensión a futuro del orden vigente. El potentado necesita letras, necesita biógrafos, noticieros, prensa escrita, trovadores, elegías, historiadores, y pizarras pobladas de aforismos.

 

El burócrata constituye la figura típicamente letrada que ejerce el gobierno del “papeleo”; despacha expedientes; libra despachos; y expide libranzas. Al derecho y a la inversa su dominio es la escritura. El poder lo necesita para instaurar la mecánica y la expectativa de las resoluciones; el poder más compulsivo se articula en documentación, se inquiere y se transmite en el tenor literal de sus preceptos.

 

Por último, el jurisconsulto, quizá el más escritural de los subordinados del poder, es el histórico “fariseo”. Su dictamen está en la ley, y la ley son palabras.

*”Y no sé si tú, o si sólo unos pocos, o fui yo sólo quien con ánimo dicotómico trazó un surco en la arena para delimitar los contornos de la cultura, para distinguir el perfil de la escritura del dibujo del poder, a la intelectualidad de la propaganda, y al pro del conocimiento de la fuerza bruta, para separar en vano el pensamiento de la política. Pero la escritura es un instrumento subordinado a un principio catártico, el hablar por hablar consignado; es un acto material impositivo, un hecho unilateral autoritario que sentencia en letras lo que quiera que, trasnochadamente o no, atraviese por azar el pensamiento. La escritura es política y un instrumento de combate, una herramienta de sugestión con vocación de perdurar, y una práctica suasoria muy intrusiva de la sensibilidad, porque te obliga a irradiarte de la perfección de sus formas para prestarla atención; a prestarla atención para entenderla; a entenderla para profesarla; a profesarla para hostigarla; y a hostigarla para resolver, al cabo de tantos y tantos grafismos en vano, jurar el signo de la palabra, y el camino de los enunciado”s.

 *Extraído del “Concepto de progresión potencial inversa”

El niño burbuja

 

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