Justificar la Autonomía

Escrito por el 28-6-2011 en Literatura de Combate

A propósito del supuesto vencimiento normativo de la racionalidad política hobbesiana, y crítica  al concepto de autonomía en su argumentación justificadora liberal.

No quería probar que convenía matar a César,

sino matar a César para probar

que había sido conveniente matarle

Bruto

En el liberalismo teórico, sedicente modesto, concurre el nada insignificante objetivo de dar cuenta -en el sentido de destruir-  del sustrato teórico hobbesiano a la concepción realista de las relaciones internacionales; en una nueva hermenéutica de la justicia, tira a derribar los apoyos normativos del escepticismo teórico de la metáfora del estado de naturaleza. Encuentra una inconsistencia en el corolario dogmático pretendido de esta metáfora, que designa inevitables implicaciones contingentes –por ejemplo: La asumida cualidad de actores únicos de los estados-; así como dice naturales realidades discutibles: A saber, la eterna suspicacia e inexequibilidad de la cooperación en relaciones internacionales.

Recupera un debate formulado en términos de justicia; sin embargo, al enfrentar la fundamentación en clave ética suele aparecer premioso y con ansia de sustraerse a este esfuerzo, delegando la autoridad en la objetividad del método: Cual constitucionalistas del estado de derecho calma la necesidad de dilucidar lo que sea justicia, con el diseño de un proceso de garantías con base en la razón y la sana crítica (con omisión de hacer foro de ella).

La paradoja de hablar de justicia evitando hacerlo es el rasgo distintivo del naturalismo racionalista del que pocos no participamos; inspiremos  una nueva estética de la obligación moral, y argumentemos en un movimiento de péndulo entre la vocación de racionalidad objetiva, y la potenciación de la subjetividad del individuo en su autonomía.

Toda vez que la experiencia continuada de la práctica parece imprimir realismo a las perspectivas sociales, es en el campo deontológico, en el terreno de la justificación, de la ética, donde podemos plantar crítica. A este fin, y en la advertencia de que el lenguaje normativo no es uno, sino vario, se suele exigir nada menos que una convergencia en lo ético; para reabrir el foro de la justicia. Esto es, por una extraña maniobra de ingenio, diciendo querer  foro en materia de moralidad, se exige, –para eximirse del ejercicio- a priori, una convergencia en lenguaje normativo; y yo digo: Convergencia a fin de que lo ético se diluya en cálculo; para disolver en administración de pareceres, la tarea de enfrentar la dilemática de los criterios de justicia dispares. Porque la divergencia en lenguaje normativo es el mismo conflicto ético; porque, ¿qué es la discrepancia en moral, y hasta en política, sino diferencias en el lenguaje con que articulamos nuestro sentimiento de justicia; distancia entre racionalizaciones disímiles de imperativos afectivos? El consuelo racionalista es falaz porque resta crédito de relevancia a la “mera” cuestión de lenguaje, en ignorancia de la epistemología y enorme trasfondo ideacional de los lenguajes; es engañoso y superfluo de la filosofía porque se limita a decorar los problemas con eufemismos, fiando poder cerrar la herida maquiaveliana con artificios de lógica y espectáculos racionales. Creo con esto evocar a mi estimado profesor del Águila, en su Senda del Mal, cuando nos apercibe de la tenacidad del pensamiento impecable en su pretensión de disolver moral en cálculo para trasponer, en vano, la impronta de Maquiavelo en la teoría política.

El camino del realismo al debate de justicia demanda un testimonio de tránsito en varios planos, sin embargo, el liberalismo los encara demasiado inacabadamente: En el ideológico, es el pasaje del conservadurismo escéptico, al idealismo risueño; en el metodológico, del cálculo de absolutos del príncipe, al lenguaje de los juegos de estrategia y la búsqueda de equilibrios; en el epistemológico (no siendo mas racionalista el uno que el otro), del empirismo positivista suspicaz, al iusnaturalismo racionalista. El liberalismo dirige a estos fines su crítica a las asunciones del realismo paradigmático, no solo aduciendo que la metáfora es insolvente de capacidad comprensiva de la realidad internacional en su complejidad, sino que destacando que la violencia que piensan inevitable es contraproducente. Como en otras ocasiones, el racionalismo de su entendimiento porfía por la sustitución del juicio estratégico por el de la proporcionalidad; así, sus mencionados Locke y Pufendorf en cuanto expresiones de liberalismo iusnaturalista, rescatan los elementos de la ponderación, el equilibrio y el carácter inteligible a la razón de la ley natural frente a sus correlativos escepticismos predecesores. Es enormemente interesante esta noción de ajuste a la ley como forma de justicia – tan típica del estado de derecho y las garantías del proceso penal- en oposición al cálculo de intereses atañidos; por cuanto en sus implicaciones políticas, aquella representación de justicia propicia la concepción del mundo internacional en cuanto sociedad. Pudiera considerarse el proverbial intento de superación del atomismo realista. En sus consecuencias para la soberanía, este racionalismo metodológico demanda intervenciones cuando ello implique realización de justicia. Es de recordar la forma como la evitación del cálculo, por vía del debate sobre justicia, es el modo que se da de poder reducir justicia a cálculo; esto es, de poder entrar al cálculo, o más bien, a la economía de la Justicia Mundial.

De ahí la perseverancia en desviar la autoridad moral de los estados hacia la ley, en cuanto vehículo de justicia; con el añadido de que ahora pretende validarse del sello de rigor de las ciencias formales. Esta conclusión no es por nada gratuita; la sostengo en que no existe intención ninguna de abrir el debate, desde el liberalismo, en realidad, a la justicia, ni aquello que sea lo mejor para el hombre: Tal tarea la hace descansar en el método de racionalidad garantista, esto es, en la sana razón de un proceso que tinte de justicia nuestras actuaciones. De ahí la común aquiescencia a la exportación sin tregua de democracia y producción capitalistas, como fórmulas de realización de justicia.

Del mismo modo como el humanismo decadente hoy hace depositarios de su realización a tecnócratas y gentes que apetecen esquivar dilemas de justicia, asidos a artificios de la lógica; así, aquellos que se piensan depositarios de la causa de la justicia en el ámbito internacional son, a mi juicio, los menos voluntariosos, los menos prontos a realizarla. No creo deba diluirse justicia en recta razón y descreeré  de la bondad pretendida de la redistribución internacional en tanto no se enfrente la dilemática epistemológica y se eluda el foro.

Quisiera concluir que la enseñanza del realismo no debiera desear eliminarse en sus fundamentos, cuya vulnerabilidad nos recuerda la fuerza disolvente y mordaz del racionalismo, incluso para sí. La obra de Hobbes no debe refutarse con severidad de falsación científica; contiene un trasfondo de sabiduría política antigua, que llama a un conservadurismo del saber y a no defenestrar claves de antropología en el ensueño y tentación de una razón con delirios de omnipotencia.

Niño Burbuja

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