Gente Encantadora

Escrito por el 28-6-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

YO CANTO A LA VIDA

Me acabo de poner ropa deportiva cómoda para hacer algo de ejercicio en el parque de enfrente.

Abundan en el Junio madrileño los días luminosos, de agradable temperatura y sonidos que salen de los árboles repletos de pajarillos que nos recuerdan la alegría de verano que llega.

Las hojas de verdes diferentes y de riquísimos colores, mostraban la fuerza y exuberancia de su eclosión, al mismo tiempo que sus olores tan frescos parecían sabores naturales.

Normalmente combino paseos, carrera continua y trabajos aeróbicos, por supuesto, con algunos momentos de descanso, sentado en algún banco del parque, leyendo y oyendo la radio.

Llevo haciéndolo varios años y me resulta gratificante. En más de una ocasión me he quedado con las ganas de intercambiar palabras con alguno de los que se sientan a leer periódicos, revistas o libros. Me gusta mucho observar a la gente. Me gustaría saber de ellos. Estoy seguro de que todos tienen algo interesante que contar y seguro que se sentirían mejor contándolo.

La variedad de personas que se encuentra uno en el tiempo de permanencia en el parque, haría las delicias de cualquier gabinete de sociología.

Me llamaba poderosamente la atención un señor mayor sentado siempre en el mismo banco y con un pequeño libro entre las manos, un librito de bolsillo. Vestía pantalón corto, camisa desabrochada, zapatillas de lona y una gorra muy usada al lado, seguramente para ponérsela en casos extremos.

Su exagerada delgadez le permitía tener cruzadas las piernas, a la altura de las rodillas una encima de la otra y apoyando el codo de la mano que sostenía el libro en la rodilla de arriba. Entre los dedos de la mano izquierda sostenía un cigarrillo que, de vez en cuando se acercaba a la boca para dar una calada. Con la mano derecha y con los dedos libres de la mano izquierda sujetaba el libro que resultó ser una novela del “Oeste”. Nada menos que de Marcial Lafuente Estefanía.

Me senté a su lado con el propósito, oculto pero firme, de conversar con él. Tanto interés tenía yo en preguntarle sobre las peripecias de su vida, que me costaba un gran esfuerzo disimularlo.

Una vez sentado a su lado, me impresionó mucho su piel, completamente tostada por el sol y también, los pronunciados surcos en su rostro que le daban una imagen de persona curtida en mil batallas, todas ellas al aire libre, claro.

Después de los cordiales saludos de rigor, le confesé la sorpresa tan agradable que me causaba ver una novela de M.L. Estefanía en manos de un lector en el parque. Era una imagen que me contagiaba  ternura, candor y nostalgia. Me vinieron a la memoria tiempos pasados y así se lo hice ver. Tiempos en los que, junto a Corín Tellado eran los autores más leídos. El opinaba así:

-Ya sé que a los que leíamos estas novelas nos tenían por analfabetos o casi, casi. Lo sé. Pero a mí…

– Un momento, un momento. Perdone que le interrumpa…Su nombre?

– Pepín, me llamo Pepín. Y si me tutea, pues hasta me sentiré mejor, ¿no le parece?

– Sí, sí, por supuesto. Pues eso, Pepín, que, respecto a lo que dice de los lectores de estas publicaciones, no estará de acuerdo, ¿no?

– Otra vez me ha vuelto a tratar de usted. No importa, no se preocupe. Y respondiendo a su pregunta, ¿Cómo voy a estar de acuerdo? Además, yo no me meto con nadie, me gusta leer, lo paso muy bien.

– No se tiene que acusar de nada, por favor. Leer es uno de los placeres que sólo pueden disfrutar los que tienen imaginación y sensibilidad. Lea y disfrute leyendo y  lo que digan los demás, allá ellos.

– Yo le confieso, Pepín, que fui un lector empedernido de las novelas de Estefanía y Corín Tellado y conservo en casa alguna de sus novelas. Siempre que hago traslados o limpieza en casa vuelvo a verlas, las cojo un momento, las paso hojas, las acaricio y vuelvo a dejarlas donde estaban.

–          Yo también tengo alguna en casa, pero, por mucha limpieza que haga o por muy pequeña que sea mi casa, jamás se me ocurrirá tirarlas. Eso sí que no.

–          Me alegro mucho que piense así.¿se acuerda de esos kioscos de madera, de un poco más de un metro cuadrado de superficie, donde cambiábamos las novelas por cinco pesetas?

–          Claro que me acuerdo. Tenían una puerta trasera por donde entraba el dueño y una ventanilla que, al abatirse, servía de mostrador. Por dentro, numerosas baldas donde se colocaban las novelas y las revistas. En el centro, una bombilla colgada de su cable se encargaba de dar la luz suficiente en las tardes de invierno.

–          Es verdad. El kiosco que yo frecuentaba estaba pintado de verde botella. Los días de frío, el dueño, Billy, lucía unos guantes de lana, con la punta de los dedos al aire y una bufanda que le daba varias vueltas al cuello. Un brasero de picón o eléctrico ayudaba a combatir el frío y el cigarrillo siempre en la boca mantenía el ambiente cargado de un humo espeso que no tenía más salida que el ventanuco.

–          Bueno, algunas veces abría la puerta de atrás para la ventilación, es cierto. Oiga, usted…

–          Carlos, me llamo Carlos.

–          Oiga, Carlos, y el dueño de su kiosco, ¿se llamaba Billy?

–          La pregunta del millón. A mi me contaron que una vez se lo preguntó un cliente y no se sabe la razón por la que dejó de ser cliente. Con esta leyenda, nadie ha vuelto a preguntárselo. Yo también tengo curiosidad, sobre todo porque tengo dudas sobre el Billy que eligió; si Billy el niño, o Billy Wilder. Pero, bueno, ya da igual, ¿no?

–          Y ¿era Billy un tío enterado?

–          Créame, Pepín, nadie le ha puesto a prueba. Yo sí puedo decirle que, cuando sale del kiosco por las tardes para cerrar, no me explico cómo cabe dentro. Y por otro lado, los dedos que  salen de los guantes de lana, causan respeto. Claro que, lo mismo es de pasar hojas…

–          El señor del  kiosco que yo frecuentaba, presumía de conocer infinidad de títulos de novelas y de haberlas leído. A veces, los clientes le pedían consejo. Como había leído todas…

–          Y ¿era verdad?

–          Cierto, cierto. Se daba mucha importancia. Le gustaba mucho presumir. Se enrollaba mucho con las mujeres que cambiaban las novelas de Corín Tellado. El hacía de …¿Cómo se…

–          Asesor …

–          Eso, él hacía de asesor, de consejero. Eso le gustaba…

–          Y usted ¿cree que las había leído todas?

–          Pues, ¿sabe qué le digo? Que era capaz de hacerlo solo para conversar con ellas. Si, sí

En ese  momento se acerca un poco más a mí, como para comunicarme un secreto. Se tapa la boca con la mano y me susurra al oído:

–          Las mujeres que cambiaban novelas eran muy guapas y…¿cómo….

–          Románticas …

–          Eso, románticas. Vestían muy bien y tenían muy buena pinta, ¿sabe? Créame, algunas parecían artistas. Y siempre como recién salidas de la peluquería. ¡cómo olían!

Pasaban los años y estos pequeños habitáculos iban desapareciendo. Las razones comerciales imponían sus criterios y todo se iba modernizando. Es ley de vida, hay que admitirlo. Nuestros hijos van buscando nuevos horizontes. Desaparecerán los cuentos de “El guerrero del antifaz”, “Roberto Alcázar y Pedrín”, “El hombre de piedra”, “Jabato”, “Sissi”….

¿Usted recuerda aquella época con cariño?

Claro que sí. Con mucho cariño.

Pues eso es fundamental. Cuando se tiene amor, cariño y respeto, se desprende amor, cariño y respeto. Nos vemos otro dia, ¿de acuerdo?

Al  regreso a casa, de un balcón abierto salen los compases de…¡como han pasado los años!

Carlos V.                                                                                                22-06-11

2 Comments

  1. Seguidor de Don Marcial Lafuente, ahí es nada ¡Qué entrañable! Parece que el tiempo hiciera una pausa para recordar “aquellas pequeñas cosas, que nos dejó un tiempo de rosas…”

  2. ME HA ENCANTADO A MI TAMBIEN ME GUSTA MUCHO CORIN TELLADO.
    ME ENCANTA COMO DESCRIBES CADA MOMENTO HACES SENTIR QUE UNO LO ESTA VIVIENDO FELICIDADES.

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