La Señorita del Vestido Rojo

Escrito por el 21-10-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

Gente encantadora

Marina es una señorita que acude a la cafetería que yo frecuento hace unos años. Tiene la edad justa para ser descaradamente atractiva. Da la impresión de estar dentro de la horquilla de años en que los americanos colocan a la mujer “técnicamente perfecta”.

Siempre me he fijado en ella. La razón es muy simple. Sus medidas son francamente perfectas y cumplen con holgura las exigencias estéticas de los más quisquillosos.

Reconozco que me dí cuenta desde el primer día que la ví. Por supuesto, había que disimular los deseos de establecer contacto con ella. Pero, de la misma manera que me fijé en su físico privilegiado, también me dí cuenta de las pocas ganas de relacionarse con los demás. Esto era fácil advertirlo por  sus gestos, sus ademanes y algunas  pautas de comportamiento que imponían un respeto, una distancia.

Su sitio preferido o como lo llaman los sicólogos, su rincón de seguridad, era siempre el final de la barra, alejada del sitio que, por costumbre o querencia, era el más solicitado. Tampoco se ponía nunca al lado del gran ventanal que da la impresión de estar en la calle. El lugar de más luz, durante el día, claro.

Podía interpretarse que para ella no tenía interés nada de lo que nosotros debatiéramos.

Sin embargo, sí sostenía conversaciones con los propietarios del establecimiento. Sus despedidas y saludos reflejaban un cierto afecto y respeto. Bueno, ya es algo.

De cualquier forma, lo que sí era cierto es que no tenía ningún interés en hablar con los demás o era muy selectiva a la hora de elegir. Por supuesto, con todo su derecho.

Hace unos meses, sin embargo, me pareció ver un poco de luz en esa oscuridad social que parecía su propósito, su intención. Me acerqué un poco más a su taburete y gracias a la pregunta que hizo a la propietaria del local, Elena, pude entrar en la conversación.

Yo hacía como que leía el periódico mientras no perdía detalle. En un momento de su conversación, Marina le preguntó a Elena que si sabía la hora de transmisión del partido de baloncesto. Elena contestó que no lo sabía, pero tuvo la feliz idea de preguntármelo a mí. Entonces yo, todo servicial y atento, busqué en el periódico la página de programas de televisión, acerqué el taburete un poco más, aguanté los nervios, fingí indiferencia, disimulé lo que pude y le puse el periódico a la distancia conveniente para que ella lo leyera con facilidad. Pareció verlo enseguida y dijo:

– Sí, sí. Aquí está. Es a las ocho y media en la uno. Gracias. Muchas gracias.

– Gracias a usted, señorita. Yo nunca he tenido la suerte de hacer un favor a una señorita

como usted. Aunque sea un favor tan insignificante. ¡Ya me gustaría a mi…!

Se me quedó mirando a los ojos un tiempo sin decir nada. Yo aguanté su mirada con una cierta osadía. Tenía mis dudas sobre  si callaría o diría algo. Volvió su mirada otra vez al periódico y sin apartar la vista de él, me dijo:

– Se le notan a usted a legua dos características muy definidas.

– ¿Síí?  Y eso ¿es malo?

– No, no se trata de eso. Lo que quiero decir es que una característica me gusta y otra no.

– Pues…, borre la que no le gusta, en serio…

– No, verá. A mí me gusta que quiera usted conversar, relacionarse, comunicarse con los

demás,  pero… me repatea que me trate de usted.¿No le parece que si me trata de usted,

me obliga  a mí a hacer lo mismo?

– Ya, tiene usted….perdón, tienes razón, es cierto. Pero siempre será mejor que, ante la

duda, me digas lo que estoy oyendo ahora,  a que me hubieras tenido por un creído o un

prepotente  que  va de “guay” por la vida. Hubiera sido insoportable, ¿no crees?.

– Ah, claro. Pero en ese caso, no estaríamos hablando ahora, te lo aseguro.

– Bueno, pues ya que hemos hablado gracias a tus dudas sobre la hora del partido, yo creo

que deberíamos presentarnos. Me llamo Carlos y estoy aquí porque te he visto entrar.

Y de  paso, aprovecho para desayunar. Es una confesión sincera y gratuita, claro.

– Ah, ¿sí? Mi nombre es Marina. Vengo con frecuencia a desayunar porque, entre otras

cosas, Elena me trata muy bien. Desayuno muy a gusto. Y ahora, perdón, pero  tengo

que irme. Encantada de habernos conocido oficialmente Chao y…¡Adiós Elena!

Nada más marcharse Marina, Elena quiso decirme con la mirada que, gracias a ella, Marina y yo habíamos podido intercambiar unas palabras. Es cierto. Hizo de “liaison” y

con mucha naturalidad, como ensayado. Se lo reconocí y le di las gracias.

Yo conocía a Marina de vista, como ella a mí. No creo que ella tuviera ninguna intención de saber  de mí, por supuesto, pero yo sí de ella.

La he visto en muy diversos momentos, como interpretando diversos roles y siempre me ha llamado la atención. Su físico, siempre excelente, lo llevaba cubierto por vestidos de muy diferente estilo, aunque siempre predominando lo cómodo y lo deportivo. Era muy normal verla dentro de un chándal  y el pelo recogido con coleta a primeras horas de la mañana. Una imagen proclive a la horterada. Es igual. Ella estaba preciosa, daba gusto recrearse viéndola. Y hay que reconocer que cuando una mujer a esas horas de la mañana y con chándal, está guapa, es porque es muy guapa.

Otros días la he visto de fiesta, de largo, de media etiqueta, en vaqueros y deportivas, cómoda, desarreglada….Creo que es bastante camaleónica. Eso sí, quedando siempre muy claro que “la materia prima”, el certificado de origen, es de primera calidad.

Lo que sí puedo constatar es que, de un tiempo a esta parte, se ha operado en ella un cambio en su actitud. No llega a ser una transformación, no, pero puedo asegurar que poco a poco está enterneciendo su mirada y su semblante está reflejando una cordialidad que dulcifica sus relaciones. Hasta su carácter, a primera vista hostil, se ha ido tornando más agradable y dialogante.

Me queda, sin embargo, darme una respuesta que explique su enigmática expresión.

Sí, creo que tiene una cierta  tendencia  a estar a la defensiva, a ser desconfiada, no sé.

Vuelvo a insistir que he notado una mejora en su talante, más abierto, más confiado, quizá no con deseos de conversar y relacionarse pero sí menos distante, más cercano.     Hace unos días entré a tomar un café a media tarde. Al acercarme a la barra, me llamó la atención una señorita sentada en un taburete, de espaldas, con una gran melena rubia y leyendo un periódico mientras movía la cucharilla dentro de la taza. Llevaba un precioso vestido rojo pasión. Yo diría un rojo “valentino”, que despertaba pasión. Del taburete al suelo colgaban dos piernas perfectamente moldeadas y de un color de piel tan especial que ni se puede describir con palabras, ni con fotos, ni en pintura. Hay que verlas, mejor dicho, hay que contemplarlas. Su contraste con el rojo del vestido…, “delicatessem”.

Me situé al lado de Juan y lo primero que le dije es que si se había fijado en esa figura estética llena de glamour. Juan es una persona que inspira confianza. De esas personas que parece que conoces de toda la vida. Yo le menciono por su  nombre real, porque me he dado cuenta que todos los nombres que he probado, le quitaban categoría y clase.

– Pero ¿es que no sabes quién es? ¿quieres mis gafas?

– Hombre, cuando se quite las gafas que sujetan su flequillo y mire un poco para acá….

– Pero si es Marina. ¿Es que no te has dado cuenta?

– Gracias, Juan. Me voy a su lado. Perdona, pero es que tengo que decirle algo…

Rápidamente me puse a su lado. ¿Cómo no la he conocido? Yo mismo me respondo: porque nunca había visto antes sus piernas. Siempre con distintos tipos de pantalones, con vestidos o faldas largas…no sé, pero nunca había visto esas piernas. Lo siento.

Me acerqué a ella imitando el golpeo de una puerta con los nudillos de la mano…

– ¿Se puede?

– Hola, Carlos. Claro que se puede. Además, esta no es mi casa…

– Ya, esta no es tu casa, pero estas piernas son tuyas y vale la pena pedir permiso  para

verlas. ¿No te parece?

– No me digas que no has visto unas piernas…

– Pues no, nunca te había visto las piernas, siempre te he visto con pantalones o con

faldas hasta el suelo. Y tampoco con esos tacones tan…., ¡mamma mía!

– No seas exagerado. Con tacones me has visto muchas veces.

– Sí, pero la combinación de tacones y vestido corto no te la había visto nunca. ¡Si lo

sabré yo!. Te habría hecho una foto y te llevaría en el salvapantallas.

– Mira, te voy a hacer una pregunta que me hubiera gustado hacerte muchas veces cuando

te oía hablar con otras personas, no sé si amigos de siempre o compañeros de barra,

¿Tú siempre estás de broma? ¿Nunca hablas en serio?

– Me dijiste una pregunta y me has hecho dos. Mira, esas preguntas, como dicen nuestros

políticos, tienen mucho calado. Lo hablaremos otro día. Ahora solo quiero decirte lo

guapísima que estás y lo que me alegro estar en este momento a tu lado.

– Pero, si nunca has hablado conmigo. Y muchas veces, ni me contestabas cuando daba

los ¡buenos días!  al entrar o el ¡adiós! cuando me marchaba.

– Yo nunca pensé que me incluirías en tus saludos y despedidas. Más bien iban dirigidos

a Elena. Compréndelo, si hubiera percibido el mínimo detalle por tu parte, me hubiera

sentado a tu lado y hasta te habría movido el azúcar. ¡Qué más hubiera querido yo!

– Bueno, en serio, ¿por qué no contestabas a mis saludos?

– En serio, porque tu rostro expresaba rechazo. Pensábamos todos que te caíamos mal.

Muchas veces lo hemos hablado entre nosotros. Siempre hemos ensalzado tu belleza,

tus atributos, tus…, pero siempre pensamos que esa parcela la tenías cubierta de sobra

y que no te apetecía para nada perder el tiempo con nosotros.

– ¿De verdad? ¡Qué horror!

– Bueno, esas cosas pasan. Todos nos equivocamos. Pero rectificamos. No pasa nada.

¿Qué has pensado cuando te has visto en el espejo con el vestido puesto?

– Pues que me está muy bien

– Mujer, es que si a ti no te está bien un vestido, hay que meter en la cárcel al diseñador,

al modisto y a la tienda. Ten la seguridad que si un sastre o modista no acierta en la

confección de un vestido para ti, lo más decente que puede hacer es cambiar de oficio.

– ¿Te estás dando cuenta de que me estás echando un piropo?

– Pues, ahora que lo dices, es verdad. ¡Qué le vamos a hacer! Soy un antiguo, de acuerdo.

– Bueno, Carlos, me tengo que ir a un “mandado”, como dicen los mejicanos. Gracias por

tu compañía. Adiós, Elena, hasta luego.

– Por favor, déjame que te acompañe al coche. Así te veo caminar con el vestido y te digo

como te queda. Anda, déjame, ¿no te importa?

– ¿Cómo te voy a impedir que me acompañes al coche? Así me cruzas la calle, ¿no?

– Pues venga, vamos…

Los dos salimos del local despidiéndonos de Elena y demás compañeros y amigos.

Al  llegar al coche, nos cogimos las manos para despedirnos y le dije

– ¿Nos vemos mañana, Marina?

– No sé, Carlos. Los dos sabemos cómo encontrarnos. Adiós. que te vaya bonito.

Carlos V.                                                                            11-10-11

2 Comments

  1. QUE BIEN ESCRIBES TE FELICITO MUY BUENO MIRA HASTA ES AMIGA TUYA Y TODO ESO SI QUE ES PARA FELICITARTE

  2. Torero: enhorabuena !!!

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