Las Hojas Muertas

Escrito por el 29-12-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

6- GENTE ENCANTADORA

Ha amanecido en este otoño madrileño un nuevo día que promete ser maravilloso. Uno de esos luminosos días que tanto le gustaban al gran tenor Julián Gayarre y que tanto disfrutaba cuando se encontraba en Madrid. Cuentan algunos historiadores y cronistas municipales que sus tertulias  en las terrazas de las proximidades del Teatro Real eran muy habituales. Se sentía muy cómodo charlando con sus compañeros del teatro y con sus amigos madrileños. Esas tardes ideales del otoño madrileño que han quedado reflejadas en la obra de numerosos poetas, pintores y músicos  de finales del diecinueve. Madrid adoraba a Julián Gayarre.

Cada estación tiene sus colores, sus olores, sus sonidos, es cierto, pero el otoño madrileño ha tenido siempre un encanto especial. Y lo sigue teniendo.

Con estos pensamientos dando vueltas por mi mente, me preparo en casa para bajar al parque, hacer un poco de ejercicio, caminar entre los árboles y volver a ver a algunas  caras conocidas aunque no sea necesario  saludarnos siempre. Todos sabemos, cuando nos encontramos, que somos compañeros de parque y eso es suficiente.

Inicio el circuito por la ruta habitual  hasta aproximarme a los bancos en que suelo sentarme para dar un repaso al periódico. Hago un recorrido  visual panorámico por los lugares más cercanos y no veo nada especial. Poca gente, eso sí. Puede ser que la crisis económica o sus efectos también causen daños colaterales imprevisibles. No lo sé.

Me coloco los auriculares para oír a Carlos Herrera mientras comienzo mi sesión de carrera continua. A veces observo que otras personas están escuchando el mismo programa que yo, por los gestos que componen.

Después de unos minutos, regreso a mi banco de siempre para leer el periódico. Lo hago caminando bajo los árboles y pisando las hojas que llenan el suelo como una moqueta improvisada. Parecen hojas muertas. No sé si se cansaron de estar en el árbol, siempre  en tensión, siempre al aire, y prefirieron dejarse caer al suelo para buscar el descanso merecido. Tampoco están tristes, yo creo que juegan en el suelo entre ellas para evitar ser pisadas por un cualquiera. Me da la impresión que también las hojas prefieren estar en los lugares más atractivos, de mejores vistas y menos peligro. No quieren estar pegadas al tronco de los árboles por el peligro que tienen los perritos que se acercan sin contemplaciones. Tampoco quieren que las trasladen de forma tan desairada y violenta como lo hacen  en la actualidad  los modernos artilugios soplones tan horribles y ruidosos. No hay derecho. Con lo lírico que resultaba el carrillo de ruedas, el escobón, el cogedor y el barrendero municipal con su gorra. O ¿No era una estampa preciosa la del barrendero municipal?  No hacía ruido, no molestaba a nadie, los pájaros le consideraban de la casa y las hojas recibían un trato delicado. Cierto que estas hojas hacían todo lo posible por librarse  del escobón del municipal. Pero eso es natural, las hojas prefieren morir en el parque, en su parque, en el entorno que conocen, que les resulta familiar. Que las trasladen a otro lugar, para quemarlas, envueltas en un humo negro y maloliente, tenemos que reconocer que es una faena, no se lo merecen.

El silencio del parque se quebrantaba muy pocas veces. Solo la cantidad de gorriones, que se consideraban titulares del lugar, podían romper ese silencio, con sus trinos y saltitos juguetones.¡Faltaría más!.Constituían la banda sonora del documental.

Después de hacer estas reflexiones, me pongo a leer los artículos de opinión del periódico no sin antes echar un vistazo a mis alrededores. Me doy cuenta de que faltan muchos de los más asiduos. Veo algún que otro perrito pero ninguno es el de Yulia. A unos cincuenta metros, cuatro jóvenes acomodados en uno de los bancos, parece que están componiendo una canción de corte flamenco. Despiertan mi curiosidad y me fijo en  su modo de relacionarse y  de cantar, su desparpajo, su afán por encontrar las notas que consigan la obra de arte… No sé, pero me gustó mucho ver su interés y su ilusión. Al ver este cuadro, esta instantánea, unos chicos haciendo música sobre el suelo lleno de hojas caídas, me acuerdo de canciones como “Las hojas muertas”, “Hojas secas”…

Mientras me entretengo observando a los chicos que tocan sus guitarras y se mueven cantando y bailando con la gracia de los elegidos, va entrando gente en el parque. Al acercarse las horas del mediodía, la temperatura se va haciendo más agradable y por eso van ocupando los bancos personas más bien mayores.

Unos momentos después, veo a lo lejos a Pepín. ¿Os acordáis? Pepín es el señor que conocí hace unos meses en el parque leyendo las novelas de M.L. Estefanía. Pues bien, hace mucho que no sabía de él y estaba empezando a preocuparme. Por eso me ha dado tanta alegría verlo. Desde principios del verano no nos habíamos visto.

– Bienvenido, Pepín. Me alegra mucho verlo. Y además… con su novela en las manos.

-¡Hola!…, perdón, es que no me acuerdo…

– Carlos, me llamo Carlos. No se preocupe. Y ¿qué tal le ha ido? Cuanto tiempo. ¿no?

– Sí, ha pasado un tiempo, es verdad. Pero ya estamos acabando el otoño y el año. ¡Ah!
Y una convocatoria electoral. Es cierto. Yo he estado de hospitales con mi mujer. Por
problemas de corazón, ya sabe. Al final, todo ha ido bien y está muy recuperada. Pero usted tiene muy buen aspecto…

– No crea. Tengo problemas de dentadura y me pongo malo solo con pensar que tengo
que ir al dentista.

– Pues no tenga ningún miedo, Pepín. Ir al dentista, en la actualidad, no es un drama, de
verdad. Y al lado de su casa hay una clínica dental muy seria, muy competente y que
tratan muy bien a los pacientes. Por cierto, todas las dentistas son señoritas.

– Sí, si ya me lo han dicho. Pero sería mejor no tener que ir, ¿a que sí?

– Eso, por supuesto. Pero si quiere curarse, no hay más remedio. Así que…¡ánimo!  Y
¿sigue con las novelas de Estefanía?

– Desde luego. Para mí es como ese rezo que hacían antes los curas, no recuerdo como
se llamaba. Sí, hombre, eso de rezar leyendo un libro y paseando. ¿Se acuerda?

– Claro que me acuerdo. Creo que antes era obligatorio. Se llamaba el Breviario.

– Eso, eso. No me acordaba. Pues era bonito, mire usted. Por varias razones, porque es
bueno pasear, es bueno rezar y sobre todo, llevar un libro en las manos, ¿de acuerdo?

– Claro que estoy de acuerdo. Y me encanta que piense así
Bueno, Pepín, me he alegrado mucho. Espero que nos veamos antes de Navidad, pero, si no es así, le deseo que lo pase muy bien con la familia, contentos y sin dolores de muelas, ¿no le parece? Le dejo con su novela. Adiós y Feliz Navidad.

Me despedí de Pepín, enrollé el periódico y enfilé el camino de salida del parque.

No tenía más remedio que pisar las hojas del camino. Pero nunca pensaba que fueran hojas muertas. Si acaso cansadas, pero vivas, muy vivas.

Carlos V.
10-12-2011

One Comment

  1. La belleza de lo sencillo hace poesía. Y la banda sonora va implícita. Me ha gustado la descripción, vamos, como si hubiera estado allí. Gracias Carlos V.

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