Me olvide de Vivir

Escrito por el 27-9-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida



5. NATALIA

Los tres consideramos un acierto celebrar nuestro encuentro cenando en un restaurante guay.

Subimos  los tres en mi coche y nos dirigimos al restaurante. Las reflexiones en voz alta que hizo Mónica en la cafetería nos aclararon  muchas dudas y propiciaban un clima de entendimiento y complicidad necesarios para una cena inolvidable. Por eso se nos notaba alegres y seguros de estar compartiendo un poco de felicidad que hacía tiempo deseábamos los tres.

Entramos en el restaurante con el ánimo dispuesto para ser felices y hacer felices a los demás.

Nos acomodamos en una mesa de la terraza al aire libre junto a la balaustrada, a dos metros sobre el nivel del suelo. La noche nos estaba regalando un ambiente “de película”. A cien metros se veía la carretera de Madrid a Barcelona y bastantes coches que parecían tener prisa, pero no llegaba ningún ruido hasta nosotros. El cielo estaba plagado de estrellas allá arriba y aquí abajo, a nuestro alrededor, en la terraza del restaurante, se iban ocupando poco a poco las mesas, convenientemente decoradas.

Una vez sentados a la mesa, nos miramos con unos ojos que respiraban… satisfacción por estar allí juntos y muy ilusionados por los momentos que íbamos a compartir.

Por supuesto, Mónica fue la primera en abrir fuego. Lo hizo primero con una reflexión y después con una pregunta…

– Oye, está muy bien este restaurante. A mí me gusta mucho. Carlos, tú ¿de qué lo conocías?

– Vine a cenar una noche y…me fue bien.

– Pero ¿quieres decir que cenaste bien o que…te fue bien la noche? Ya me entiendes, ¿no?

– Por favor, Mónica, ¿vas a someter a Carlos a un interrogatorio?

– ¡Jo, mamá! Si lo que quiero es…conocer más a Carlos y ….

– Perdón. Natalia. Es lógico que Mónica haga preguntas. Es muy joven y la curiosidad va ligada a la

juventud. Cuando se pierde la curiosidad, se van perdiendo las ganas de vivir.

En ese momento, Mónica se incorpora, levanta los brazos y me provoca para chocar las manos.

Después hace lo mismo con su madre. Yo creo que fue un aviso para que pensáramos que ella es muy joven y ese espíritu debía  presidir la cena. Por lo menos debíamos tenerlo en cuenta.

– ¡Toma! Muy bien, Carlos. ¿Ves, mamá?. Es lógico que quiera saber de él.

– Bueno pues…una cosa. Propongo que cada uno hable de sí mismo, por lo menos cinco minutos.

– Eso, eso. Uno después del primer plato, otro después del segundo y otro después del postre.

– Vale. El orden de intervención se sortea, ¿te parece, hija?

– Pues yo prefiero que empiece el de más edad. Bueno, no. A sorteo, vale. ¿de acuerdo?

Carlos, sumisamente, tomó tres palillos y los fue cortando y los presentó para que escogieran.

En ese momento apareció el jefe de sala para atendernos y tomar nota. Natalia y yo pedimos unos

entrantes de ibéricos y besugo a la espalda. Mónica quiso distinguirse con un gazpacho y una merluza en salsa con almejas. En cuanto se retiró el maitre, saqué los palillos. Madre e hija cogieron sus palillos y todos quedamos espectantes. Me adelanté en colocar mi palillo encima del mantel y que ellas pusieran los suyos al lado para saber el resultado. Enseguida vimos que yo sería el último en intervenir porque mi palillo estaba entero. Natalia sería la primera en hablar. Por si acaso Natalia prefería no ser la primera, le ofrecí cambiar conmigo el orden de intervención, pero rehusó. Todo estaba resultando la mar de entretenido y con ribetes juveniles. Tan es así que me vi obligado a explicarles, sotto voce, que las mesas cercanas se lo estaban pasando muy bien observándonos. Entonces Mónica, con un arranque propio de su edad, nos miró fijamente y nos propuso:

– Yo sí me he dado cuenta que la pareja de al lado se lo está pasando divinamente. Si siguen así,

os prometo conseguir que, al final, nos inviten a una copa. ¿qué os apostais? Me he fijado en ellos y

he notado su simpatía y que  les caemos bien.

Llega el carrito del servicio y nos sirve las bandejas de embutidos y quesos. Tienen tan buen aspecto que Mónica, con su gazpacho, nos avisa,

– ¿ Puedo yo probar algo de queso y de lomo y jamón y…?.

–  Claro, hija, toma lo que te apetezca.

– Mamá, te recuerdo que cuando acabemos este plato, te toca contarnos tus memorias

– Ya sé , hija, ya lo sé. Pero no voy a descubrirte nada nuevo

La ubicación del restaurante permitía observar la belleza de una noche de luna llena y sentir las caricias de una brisa que trasportaba frescura y olor a campo.

Cuando habíamos terminado con el primer plato, Mónica y yo teníamos grandes deseos de oír a Natalia. No esperábamos sorpresas, es posible, pero siempre suscita interés oír a una persona querida que se confiesa ante aquellos que más quiere. Claro que, eso es lo que yo quiero pensar.

– Bueno, quiero empezar diciendo que, en estos momentos, tengo la suerte de estar acompañada de las

personas que yo hubiera elegido. Estoy ilusionada por haber encontrado a una persona a la que

estoy empezando a querer y además estoy conociendo de verdad a mi hija en una faceta de tanta

importancia. Yo siempre he estado viviendo por y para ella. Es verdad. Entendía y entiendo que es

deber de  madre. Pero no me creía tan correspondida por ella. No pensaba que ella estaba pendiente

de mis sentimientos, mis afectos, mis carencias, mis limitaciones sociales. Cuando ella se quedó sin

padre y yo sin marido, siempre tuve claro cuál tenía que ser mi tarea, mi dedicación. Y lo hice con

todas mis fuerzas, pero yo, yo… me olvidé de vivir, es cierto. Cuando compruebo ahora que ella

seguía mi vida y se interesaba por mis estados de ánimo, me llena de alegría. Carlos, que ella haya

tenido algo que  ver en tu aparición  en mi vida, me da más confianza y seguridad. Me une más a los dos y por eso quiero daros las gracias.

– Carlos, ¿se lo cuento a los vecinos de mesa?

– No, Mónica, no. Ahora no. Deja a los vecinos…

– No te preocupes. Es broma. Lo que pasa es que, como para ti, nunca más de cinco minutos sin reir…

– Ya, vale, de acuerdo. Pero felicita a tu madre porque ha hablado con el alma.

Mónica se levantó de su silla y se acercó a su madre para hacerle unas carantoñas. Natalia y yo nos dimos un apretón con la mano más cercana y nos miramos a los ojos llenos de felicidad. Cuando nos

recuperamos del primer tercio, llegan los camareros para servirnos el besugo a la espalda y la merluza con almejas. Yo miraba a Mónica que se colocaba bien la fuente de la merluza, pero no la veía preocupada por lo que tenía que contarnos. En realidad, ya nos había explicado bastante en la cafetería. A ella, lo que de verdad le gustaba era preguntar y preguntar.

El  pescado estaba exquisito y el intercambio de plato de   unos y otros, para probar, era constante.

Apenas terminado el segundo plato, Mónica  debía tomar el uso de la palabra. Muy desenvuelta, nos miró a los dos, reclamando la atención.

– Yo ya os dije antes que, al quedarnos mamá y yo solas, nos unimos mucho porque no teníamos más

remedio. Además nos hacíamos compañía. Yo empecé a comprender a mamá cuando en el colegio

comencé a establecer comparaciones. Las compañeras del colegio nombraban mucho a su padre y

las madres de mis amigas hablaban mucho de sus maridos. Mi madre no tenía marido y yo no podía

presumir de padre. Mi madre encontró ayuda en la amistad de sus amigos de siempre y sigue con

esa amistad y ese cariño. Sin embargo, mi madre no vibraba, no se sentía amada. No tenía algo que

tenían las madres de mis amigas y eso yo lo percibía a mi manera. Al terminar la jornada laboral, la

invadía el aburrimiento. A la hora de acostarse, procuraba hablar conmigo todo lo posible con tal de

no meterse sola en su habitación.

Por eso ahora estoy contenta, porque veo a mi madre en condiciones de vivir. Ahora voy a estudiar

con más ganas porque lo más importante para mí está en vías de solución.

En cuanto a mi esfera personal, tengo un grupo de amigos de Facultad con los que lo pasamos muy

bien, pero no tengo novio ni mucho interés tampoco, si es eso lo que queréis saber. Pero ¡ojo!, a

partir de ahora me lo voy a plantear. No voy a estar saliendo a cenar con dos “carrozas” como los

que tengo a mi lado, que cenan en restaurantes como este, llevan en el coche música de Sinatra y

Julio Iglesias, Elvis Prestley, Los Panchos,…¡qué ruina! ¡a donde vamos a llegar!

– Pero hija,  ¿cómo puedes…?

– Mamáaaa, que es broma. Es por lo de los cinco minutos…

Se acerca el camarero para servirnos el postre de la casa. Algo muy especial que consumen casi todos los clientes del establecimiento. Se acerca también el jefe de sala para preguntarnos sobre  la calidad del menú y el trato del personal de servicio. Como le damos una calificación positiva, se aleja la mar de contento y nos invita a tomar una copa.

Estamos al final de la cena y  toca confesarme. Casi todo lo tengo hablado con Natalia, pero Mónica arde en deseos de enterarse de muchas cosas y de hacerme preguntas. Es una especie de examen que quiere hacerme y lo admito porque me va a permitir examinarla yo a ella.

– Para empezar, quiero deciros que es un placer estar aquí con vosotras. Y voy a comunicaros algo

que ya sabéis. Hace tres meses conocí a Natalia. Es verdad que, nada más verla, me encantó. Hice

todo lo posible para demostrarle mis deseos de estar a su lado. La llegada de un cliente terminó

con nuestra conversación. Sin embargo, al estar en un establecimiento, pensé que podría volver a

verla en cuanto me lo propusiera.

De vuelta a casa, cuando pensaba a solas en la posibilidad de visitar la tienda, no podía entender

que una mujer así, no estuviera viviendo en pareja. Es cierto que el primer día, cuando charlamos

en la tienda, me dijiste, Natalia, que hacía seis años que habías enviudado. Sin haberlo preguntado

yo antes, era como ofrecer alguna pista. Esas dudas son las que me nublaron la voluntad durante

tres meses. Lo demás ya lo sabéis…

– Sí, pero…¿cuántos años tienes?

– ¿En qué año nació tu madre, Monica?-

– En….millll noooveecieeetos cincuenta y yyy ocho.

– Bueno, pues  ese año hice yo la primera comunión

– O sea queeee tienes

– Mónica, por favor, no interrumpas. Y… nos tenemos que marchar

– Mamáaaa. Yo quiero saber si está casado, si tiene hijos…, ¿comprendes?

– Sí, Mónica. Me casé en el setenta y cinco y me divorcié en el noventa. Tengo dos hijos y vivo solo.

– No quiero que te enfades, Carlos. Solo quería saberlo.

– No te preocupes, Mónica. Yo creía que lo sabrías por tu madre.

– Pues no, no habíamos hablado de esto.

– Bueno, hija. Vámonos, que empezamos a estar cansados.

– Es tarde, es verdad. Gracias por esta felicidad que me habéis regalado esta noche.

– Pero…¿ es que Carlos se va, mamá?

– Supongo, no sé. Díselo a él.

– Bueno, primero entramos en el coche y hablamos, ¿vale?

– Quédate, porfa, quédate, mamáaa, díselo

Dentro del coche se decidirá.  Mientras, comienza a oírse dentro….esos amores, son las gotas

del  perfume de la vida…

Carlos V.                                                                   04-09-11

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *