Que tengo que amarte mucho…

Escrito por el 21-10-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

Natalia

Fue una noche para enmarcar. Yo me sentía lleno de amor, de paz interior, de alegría y ganas de agradar. Conversamos muy despacio, muy suave, muy al fondo del alma, es la verdad. Pero también era verdad la atracción física, el deseo de acercarnos y besarnos…

También éramos conscientes del lugar que estábamos habitando. Era “su” habitación, “su” cama, “su” cama de siempre…,sí, la de matrimonio. No sé por qué extraña razón, de repente me sentí incómodo, como un personaje que no tenía guión y además, no era el sitio, no tenía que estar allí. Por lo menos, no en esa habitación. Y además…, ¿no le estaría pasando lo mismo a ella?

Con el pretexto de buscar más hielo para la bebida, hice unos ademanes que Natalia percibió enseguida…

– Sí, vamos un momento a la cocina. Mónica habrá dejado allí las botellas y el hielo.

Por un momento me dio la impresión de que Natalia estaba pasando algún apuro por no tener todo previsto y resultar un poco forzada mi permanencia en su casa más horas.

No sé, el cuarto de baño, la cocina…. Seguramente no estaba la casa como a ella le hubiera gustado…. Todos tenemos manías, pequeños secretos, intimidades  y detalles que queremos que estén preparados para recibir una visita. Yo  empezaba ya a estar convencido de que la noche había sido maravillosa y merecía un final romántico.

Se estaba haciendo demasiado tarde, quedaban pocas horas para empezar un nuevo día y necesitaba ir a casa para ponerme en condiciones de comenzar la jornada laboral.

Estábamos en la cocina sirviéndonos un poco de hielo. De pronto se abre la puerta y aparece Mónica en pijama y con cara de sueño interrumpido.

– ¿Qué hacéis, no os habéis dormido? Mamá, dame un poquito de tu vaso. Tengo sed.

– Claro, de la cena. ¿no te habías dormido aún?

– Sí, sí. Lo que pasa es que me he despertado y tenía sed. Bueno y también quería saber

qué habíais decidido vosotros.

Entonces me adelanté a Natalia y queriendo interpretar también sus deseos, contesté a Mónica para terminar con broche de oro nuestra noche.

– Quiero aprovechar este momento aquí, en la cocina, a estas horas de la noche, para

deciros que he sido muy feliz esta noche a vuestro lado. Me he sentido querido y eso

ha convertido esta noche en “nuestra noche mágica”.

Yo ahora quiero despedirme hasta mañana. Creo que es lo mejor. Mañana espera una

nueva jornada. Anda, Mónica, danos un beso y vete a la cama. Yo me despido de tu

madre y me marcho a mi casa. Mañana hablaremos, ¿de acuerdo?

Mónica nos dio un beso somnoliento, cansado y con gesto de placidez, se fue a la cama.

Yo abracé a Natalia  con mucha ternura, la besé y nos acercamos hasta la puerta con mis manos rodeando sus hombros y nuestros rostros siempre cercanos, casi pegados…

Nos besamos por última vez como final de una “noche mágica”. Al mismo tiempo que,

cambiando el tono de la voz y marcando un talante desenfadado y festivo, me atreví a cantarle al oído, como un susurro, los compases de una de nuestras canciones favoritas.

-…que tengo que amarte mucho, que tengo que amarte tanto, que si la noche no acaba…

Cuando abrí la puerta para salir, lo hice con mucho cuidado para no hacer ruido, con  unos  gestos exagerados y sobreactuados, con la intención de provocar una sonrisa de despedida. Así sucedió y tomando las manos de Natalia las besé. Le dí las gracias por última vez y me fui hasta la puerta de entrada a la parcela simulando la actuación de un

ladrón que no quiere ser ni oído ni visto. Antes de cerrar la puerta de la parcela, miré hacia la entrada de la vivienda por si acaso. Y allí estaba Natalia esperando algún gesto de despedida. También quería agradecer mi buen humor y demostrarme de algún modo su aprobación y complicidad. Los dos nos despedimos con el clásico movimiento de manos y el rostro rebosando felicidad.

Ya en el coche, reconozco que me encontraba un poco aturdido. Habían sido unas horas de mucha intensidad y con el corazón a tope, sin respiro. Todos los momentos vividos rebosaban amor, cariño, ternura y pasión, pero parecía que necesitaba colocarlos en la estantería adecuada. Si no, podía hacerme un lío, podía desteñirse alguna prenda…, no sé. Me veía como el entrenador que pide tiempo porque el equipo no tiene orden, hay un poco de anarquía…

Estaba claro que lo que más me apetecía era llegar a casa, pegarme una ducha y meterme en la cama para repasar las horas recientes con calma. Quería analizar todo lo ocurrido y ordenar mis ideas. Si durante ese tiempo me quedo dormido, pues…¡ qué le vamos a hacer! Lo haré otro día.

Y la verdad es que me quedé dormido muy pronto. Solo me dio tiempo a programar el despertador porque estaba seguro que lo iba a necesitar para levantarme.

El día siguiente fue un día precioso. El clásico día casi otoñal de Madrid, calor en las horas centrales del día y fresquito cuando se retira el sol.

La mañana fue una jornada sin nada importante que reseñar. Cuando se acercaba la hora de la comida, algunos compañeros insinuaron ir a comer a un restaurante cercano que acababan de inaugurar. No me pareció mala idea, pero lo veríamos más tarde, a su hora. Minutos después, cuando me disponía a abandonar el despacho, suena mi teléfono de mesa. Lo cojo y me llevo una sorpresa.

– ¿Sí?

– ¿Don Carlos Velázquez?  ¿Se puede poner al teléfono?

– Sí, sí, soy yo. ¿De parte de quién?

– Soy Mónica, Mónica. ¿Es que ya no te acuerdas? Mónica  Alva…

– Sí, sí…, Mónica. Ya sé, ya sé. Perdona, pero es que no podía sospechar recibir aquí

una llamada tuya. Perdona, mujer. Y ¿Cómo tienes tú este número?

– Pues, ya ves. Mamá no me ha querido dar tu número de móvil sin tu permiso y me las

he arreglado para conseguir el teléfono de dirección del Palacio de Deportes. Quería

hablar contigo sobre la posibilidad de que un grupo de alumnos de la Facultad pueda

asistir a las clases que se imparten en alguna de las dependencias del pabellón.

– Y ¿Por qué no me lo dijiste ayer?

– Bueno, es muy largo para contarlo por teléfono. Tampoco corre tanta prisa. Pero me

gustaría hablarlo contigo, ¿vale? Se lo diré a mamá, ¿te parece?  Por cierto, ¿qué tal

lo pasaste ayer? Mamá es un encanto, ¿verdad?

– Claro que es un encanto. ¿Qué voy a decirte yo, si estoy enamorado de ella? Mira, la

cena fue magnífica y vuestra compañía, una delicia. Solo tengo un reparo. Estoy

seguro que, después de comer me va a ser muy difícil combatir el sueño.

– Mamá también decía esta mañana que estaba dormida…

– Es natural. Me parece que nada más acabar el trabajo nos vamos a marchar cada uno a

su casa para recuperar horas de sueño.

– Pero eso que dices de que cada uno a su casa…da un poco pena. Bueno, allá vosotros.

Yo, lo único que os prometo es no hacer ruido cuando entre en casa. ¿De acuerdo?

– ¡ Qué detalle! Muchas gracias. Pienso llamar a tu madre y dentro de la cama, darnos

las buenas noches. Tu, como no has visto las películas de Rock Hudson y Dorys Day

ni Cary Grant y Autrey Herbunr…Hasta mañana, Mónica.

Carlos V.                                                                         9-10-11

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