Intentando enamorarte…

Escrito por el 22-8-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

4. Natalia

Nos quedó muy buen sabor la noche del domingo. Dormí plácidamente o eso me pareció a mí. Sin embargo,  cuando sonó el despertador noté que había dormido poco tiempo. Y además, era lunes. No parecía un buen presagio. Enseguida me acordé de Natalia.

Me levanté de la cama con mucho sueño, es cierto, pero eufórico. Pensar que en otra casa, en otro lugar, podía haber una persona que se estuviera enamorando de mí como yo de ella, era una sensación tan ilusionante que me afeité y me metí en la ducha canturreando como hacía muchos años no me pasaba.

Tenía que estar en el despacho del pabellón a las nueve de la mañana porque tenía citados a los responsables de colegios, clubes deportivos y otras agrupaciones de la zona. Como mi cometido era la programación de actividades dentro del pabellón deportivo, con alguna frecuencia  teníamos  que convocar este tipo de reuniones. El próximo curso o la próxima temporada íbamos a introducir unas mejoras que necesitaban los acuerdos previos.

Cuando acabó la reunión a mediodía, me dieron ganas de llamar a Natalia por si había una posibilidad de comer juntos. Lo pensé mucho, pero al final me pareció más prudente esperar al final de la jornada. Yo creo que no había que atosigar ni empujar al tiempo. Todo tiene su ritmo, su cadencia, por lo menos eso es lo que a mí me parece. Mi amigo Luis siempre decía que las aguas estancadas no le decían nada y las aguas bravas le producían angustia, estrés.

Sin embargo, el discurrir de un arroyo, de un riachuelo, a su aire, con su cadencia y su leve sonido, te dan  sensación de paz y tranquilidad.

Terminada la actividad laboral diaria me puse a programar las horas que me quedaban hasta meterme en la cama. Entro en la  cafetería para tomar una caña mientras decido qué hacer en las horas siguientes. En ese justo momento  recibo una llamada en el móvil. Me pongo muy nervioso porque pienso que puede ser Natalia y …es Natalia. Me aproximo a la barra de la cafetería y me siento en el taburete, mientras con un gesto que hago al camarero, basta para que me sirva una caña.

Aprovecho que el camarero se aleja un momento para contestar a Natalia.

– Sííí… ¡hola Natalia! No esperaba tu llamada, pero me alegro. Dime…

– ¡Hola Carlos!  ¿Cómo te ha ido el día?

– Bien, sin ninguna novedad especial. Bueno, si, una novedad muy reseñable. Me he acordado

mucho de ti

– ¡Qué exagerado eres! No sé si creerte. Pero oye, me gusta que me digas esas cosas.

– Es que además es verdad. Y no creo que te cueste mucho trabajo creerme…¿te apuestas una

cena en un restaurante que sirven…

– Para, para, por favor. ¿Sabes que todavía no me has preguntado la razón de mi llamada?

– Ahora eres tú la exagerada, cariño. Claro que no te he preguntado el motivo de tu llamada, es

verdad. ¿Pero es que necesitas una razón  para llamarme?.¡Qué barbaridad, qué importante

me siento! Yo quiero que me llames siempre, aunque sea para darme la hora.

– Ya estamos con la guasa, ¿verdad?. Bueno, ¿quieres saber por qué te llamo?

– Vale, ya me pongo serio, pero sabes que…”nunca más de cinco minutos sin reír”

– Ya, ya sé lo de los cinco minutos. Pues la razón de mi llamada es que estoy con mi hija en

una cafetería a la salida del trabajo y me ha dicho que te llame por si quieres venir con

nosotras a cenar. Y me ha dejado de una pieza. Me ha descolocado.

– Pero ¿por qué te ha descolocado?

– Porque yo tenía pensado marcharnos a casa las dos y charlar de nuestras cosas. Después ya                             .  veríamos qué se nos ocurría.

– Bien. Y ¿no ha sido así?

– ¡Qué va! Hemos hablado de nosotros sólo un poquito. Que salimos anoche y lo pasamos muy

bien. Nada más. Pero… me da la impresión que ella ha imaginado….

– ¿Qué puede haber imaginado? ¿Qué nos gusta estar juntos? Que…

– Sí, sí. Eso, por supuesto. Pero es que sin esperar ninguna información ni opinión mía, sin

ningún comentario que pudiera aclararle algo, de pronto me dice que a ella le apetecería

que fuéramos a cenar los tres a algún sitio “guay”.

– Pues…, normal. La curiosidad, los deseos de conocerme…Pssch, cualquier cosa.

–  Pero fíjate que cuando yo le he dicho que me parecía un poco precipitado…, ¿sabes qué

me ha contestado?

–  Ni idea, chica, pero seguro que yo voy a estar de acuerdo.

–  ¡Ah!, ¿sí? Lo que faltaba. Me ha dicho que tenga en cuenta que ella me conoció antes.

Que fue ella quien te presentó a mí. ¡Anda con la guasa de la niña!

–  Mira, pues es casi verdad y además, una contestación muy ingeniosa y divertida.

–  Bueno, pues por eso te estoy llamando. Qué te parece que debo hacer o qué debemos hacer.

– ¿Dónde estáis ahora?

– Enfrente del trabajo, en la cafetería “Select”

– Pues espérame. En unos minutos estoy con vosotras.

Tardo diez minutos en llegar y mientras, en el coche, me he ido imaginando el carácter y el temperamento de la niña. Pienso que será de las “modelnas”, sin padre y además, hija única

Efectivamente la ví antes que a su madre, sí, sí, es verdad, pero… ¡jó con la niña!

Reconozco que su madre me ha hablado de ella, pero solo recuerdo que estudia ciencias de la información. Con ella en la reunión no tengo ni idea de lo que pueda pasar, a donde iremos a cenar, si cenaremos y qué sorpresas nos deparará la noche. Cuando estoy llegando, veo un coche que sale de un sitio ideal para aparcar. Ocupo rápido su lugar y después me miro en el espejo retrovisor…, sí, sí, me miro en el espejo retrovisor antes de salir del coche. Me veo obligado a hacerme una pregunta…, ¿por qué me miro al espejo y me atuso con unos cuantos toques en la cara y en el pelo?. Pienso un momento y llego a la conclusión de que no es por Natalia, sino por su hija. Sí, quizá lo que me han contado de ella me hace imaginar alguna impertinencia o imprudencia del tipo…,”no me gusta como llevas el pelo”, o “esa camisa no

pega con el pantalón”…, no sé, o …”el otro día me pareciste más joven”… En fín, dejo estas

reflexiones aparcadas en el coche y entro en la cafetería preparado para todo.

Hago un barrido visual por la barra y no están. Busco entonces entre las mesas y las veo a las dos, madre e hija, con el brazo levantado indicándome su sitio. Me dirijo a su mesa tocando los hombros de Natalia para impedir que se levantara de su asiento al mismo tiempo que le doy un respetuoso beso en la mejilla. Todo ello con la suficiente lentitud para dejar claro quién era la persona que merecía más atención. Después, manteniendo la misma posición, con las caras muy juntas, dirijo la mirada a la señorita y mirando a Natalia, le digo: y esa preciosidad de criatura, ¿es tu hija?

– Pues claro que soy su hija. Si conoces a mi madre, es porque te la presenté yo, ¿a que sí, mamá? Y si quieres que me presente yo misma, pues…

– No, hija, si te presento yo, con mucho gusto, claro que sí. Mira, Carlos, es mi hija Mónica.

Tiene veitiún años, estudia en la Facultad de Ciencias de la Información y cuando quiere ser

estudiosa, es una hija adorable y cuando no… también es una hija adorable.

– Mamááá, ¿hubieras dicho lo mismo si hubiéramos estado solas?

Se anticipa Carlos para hacer el quite a Natalia…

– Quizá no hubiera dicho lo mismo, pero sí hubiera sentido lo mismo, Mónica. ¿Acaso tienes

dudas de lo que supones para tu madre?. ¿Tienes dudas del lugar que ocupas en  su lista de

prioridades?

Se miraron las dos con una expresión que pasó de la duda a la absoluta confianza. Y yo noto de pronto cómo Natalia pone su mano sobre la mía y poco después  lo hace también Mónica, aunque ésta, de manera más jovial, en vez de acariciar, con golpecitos en el dorso de mi mano.

El momento para mí estaba tocando techo. Creo que los tres estábamos conectados y a gusto.

Y yo, fiel a “nunca más de cinco minutos sin sonrisa”, quise dar un giro a la charla.

– O sea, Mónica, que quieres ser periodista, tienes veintiún años, eres muy guapa y…te gustaría que fuéramos a cenar a algún restaurante  guay. Me parece muy bien, pero ¿qué es para ti un restaurante guay? ¿un restaurante para jóvenes?, ¿comida rápida?, ¿comida on line?

– Pues ya hablaremos más despacio, pero lo que quiero es pasar  una velada inolvidable cenando con vosotros. Sobre todo, porque hace muchos años que no veía a mi madre con los ojos tan brillantes. Perdona, mamá, pero no te imaginas la alegría que me da verte acompañada por una persona que sabe valorarte y te ha devuelto la ilusión.

Quiero decirte, Carlos, que mamá es formidable. Y no tenía pensado decirlo por ahora. Pero como me caéis bien, os lo voy a decir. ¿Recuerdas Carlos cuando entraste en la tienda de arte?

¿Recuerdas que rápidamente llamé a mi madre?

Yo te vi entrar después de haber observado el escaparate y después de explicarme lo que deseabas me pareciste una persona que se merecía ser atendida por mi madre. No te puedo decir, Carlos, que sabía que podíamos cenar juntos un día como hoy. No, pero sí estaba segura que mi madre estaría contenta atendiendo a este cliente. Cuando tú, mamá, hablabas y gesticulabas con él, yo me estaba fijando en todos los detalles. Y también observaba todos tus gestos. Estabas contenta y a gusto. Yo fingía indiferencia, aunque, si haces un esfuerzo, mamá, recordarás que en varias ocasiones te pregunté si sabías algo de él. Yo te notaba, te leía los movimientos, conversaciones y tus sentimientos. Yo también mantenía contactos con Aurora, la encargada de la limpieza. Todo funcionaba menos tú, Carlos. En tres meses no diste señales de vida y no nos habíamos quedado con tu teléfono. ¡Mecachis! Como diría Julio Iglesias…..

“faltaron los detalles más pequeños…”

Sin embargo, cuando volviste un día, Aurora y yo hicimos lo posible para que os pusiérais de acuerdo, si ese era vuestro deseo. Y, por mi parte, eso es todo lo que quería deciros.

Ahora comprenderéis mi interés por cenar juntos en un restaurante guay.

Natalia y yo quedamos anonadados, sorprendidos, no sabíamos cómo reaccionar. Su madre se levantó y se acercó a ella  para darle un abrazo. Yo me levanté y puse los brazos sobre sus espaldas. Instantes después nos sentamos mirándonos con mucho cariño y felicidad.

En este momento, como si fuera a comunicarles un secreto, juntamos las manos, inclinamos un poco nuestras cabezas sobre la mesa al mismo tiempo que les decía: Todo ha salido bien, porque, Mónica con sus estudios, Natalia con su nuevo trabajo y yo aquí, “…intentando enamorarte…

Mónica y Natalia, conozco un restaurante precioso, cerca de Guadalajara, donde preparan un besugo a la espalda que te mueres. ¡Pues vamos!

CarlosV.

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