Que no se rompa la noche…

Escrito por el 13-10-2011 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida


6.NATALIA

Nos acomodamos dentro del coche y nos dirigimos a casa de Natalia. Es verdad que ninguno teníamos claro cómo íbamos a vivir las horas siguientes. Mónica lo tenía claro, al menos esa era la impresión que quería trasmitirnos. Pero, ¿era lo que se imaginaba o era lo que deseaba?

Lógicamente, Natalia tenía que significarse, pero no se atrevía. O ¿esperaba que yo ofreciera una alternativa?

La cena había trascurrido con todo el cariño y toda la ilusión del mundo. La continuación de ese estado de ánimo hacía presagiar una velada plena de felicidad. Los tres queríamos que todo fuera inolvidable y estábamos dispuestos a conseguirlo. No nos decíamos nada, pero la mirada que nos dedicábamos nos daba seguridad y rebosaba complicidad.

Llegamos por fin a nuestro destino y aparqué al lado de la entrada a la casa. Sin intercambiar palabras, salimos del coche y  Natalia se acercó a la puerta para abrir. Mónica se puso detrás de mí y con un leve empujoncito me ayudó a entrar en la casa. Sin oponer ninguna resistencia al gesto de Mónica, entramos los dos.. Y fue Mónica la que rompió el silencio para alivio mío.

– Os quiero dar las gracias por la cena de esta noche. ¡Qué contenta estooooyyyyyy!  Os voy a

servir una copa para brindar por estar juntos aquí, en casa. Veréis como os va a gustar. Vais

a flipar. En un momento os la preparo. Podéis aprovechar para achucharos un poco, jopé, que

sois unos “cortaos”.¡Venga ya, mamá! Si lo  estáis deseando. Enseguida vengo.

– Gracias, Mónica. Tienes razón. Yo me encargo de animar a tu madre.

Natalia y Carlos tenían un tema pendiente pero ninguno se atrevía a empezar. Carlos prefería quedarse, pero siempre que  Natalia estuviera de acuerdo. Comprendía que el hecho de pasar

la noche en casa de Natalia suponía saltarse varios escalones de una vez. Por eso se quedaría  contento  compartiendo unos  momentos de intimidad en  compañía de Mónica. Pero Carlos necesitaba saber los deseos de Natalia y esperaba el desarrollo de acontecimientos.

Se acercó a Natalia, retiró un mechón de su melena y acarició su cara, al mismo tiempo que le daba un beso de amor con la ternura y timidez de un quinceañero enamorado. Tomándole las

manos y mirándola de frente, le dijo:

– Natalia, ¿te parece bien que me quede?

– Carlos, a mí me gustaría que te quedaras, pero… tú, ¿qué quieres hacer? Dime…

En ese momento aparece Mónica  llevando un carrito-camarera con las copas prometidas. Ella , a su vez se había puesto un  tocado, a modo de cofia y una servilleta en el antebrazo. Junto a su modo de andar, airoso, daba la imagen de una auténtica camarera y ¡ojo!, no exenta de gracia.

– ¿Qué os pasa?  Estáis muy serios, ¿no? Vamos, mamá, toma esta copa. Carlos, ten la tuya.

Por cierto, mamá, ¿se queda Carlos con nosotros?

– Hija, pregúntaselo a él. Yo creo que no debe quedarse pero no tengo fuerzas ni argumentos

para decirle que se vaya. Díselo tú y que decida él, ¿no?

– Pues ya lo has oído, Carlos. Mamá quiere que te quedes y yo también. Ahora, ¿qué dices tú?

– Pues yo lo que quiero es ….“que no se rompa la noche…..”

– ¡Bieeeeennn! ¿Has oído, mamá? Ha dicho que sí.

–  No, Mónica. No ha dicho que sí. Ha querido decir que disfrutemos de la noche juntos, que la

noche es larga, que conversemos para conocernos mejor…

– Ah, ¿sí?  Por cierto, Carlos. ¿cómo se llaman tus hijos y….. a qué se dedican?

– Se llaman Alfredo y Javier, ingeniero de caminos y empresariales. Y por suerte, trabajando.

– Eso ¿lo sabías tú, mamá?

– Pues claro. Pero, si sigues así, con tantas preguntas, dentro de poco sabrás tanto como yo

– Y ¿vives solo?…, o sea, vives en una casa…libre, independiente…

– Pero…,hija, por favor…¿estás haciendo prácticas como reportera?

– Pues no había caído, mira. Pero, ahora que lo dices… A lo mejor es…la vocación, sí, claro.

– Pues, sí, vivo solo, independiente. Recibo visitas de mis hijos, aunque menos de las que me

gustaría. Alguna vez me visita algún hermano. Pero, la verdad, casi siempre estoy solo.

– Y ¿qué tal te apañas?. Quiero decir, las labores de la casa…, las compras,…no sé…

– Pero, hija…¿Cómo te atreves…

– Déjala… Natalia. Deja que pregunte. No te preocupes. Tenemos que asumir que tiene la edad

que tiene. Y además está haciendo prácticas…no lo olvides.

– Mamá, estamos solos, en confianza. Quiero conoceros más. A saber cuándo vamos a tener

más adelante momentos como este para disfrutar viéndonos y hablándonos…

– Un momento, un momento. Hija, ¿no nos hemos pasado noches casi sin dormir hablando y

hablando tú y yo?

– Claro que sí, mamá, claro que sí. Pero olvidas un pequeño detalle. No estaba Carlos.

– Tienes razón, hija. Estábamos solas, muy solas. Acércate, anda. Si Carlos no tiene ningún

inconveniente, por mi parte, puedes seguir. A mí también me interesa todo lo que diga.

– Así me gusta, mamá. Además yo creo que a Carlos no le aburrimos.

– Eso es cierto. Podéis tener otras características, pero de aburridas, nada de nada.

En cuanto a tus preguntas, te diré que las “faenas” domésticas no me asustan. Me he quedado

muchas veces sin asistenta y siempre me ha gustado tener la casa limpia y cómoda para poder

leer y escribir. Y lo he conseguido. Sólo tengo dos obsesiones, el orden y las plantas.

– Y ¿te puedo preguntar  el porqué de esas obsesiones?. Con el permiso de mamá, claro.

– No te preocupes, esas preguntas no son impertinentes. A tu madre no la molestan.

– Pues mira, la manía del orden nació en mí desde mis años de estudio. Casi siempre estuve en

colegios internos y la disciplina imperante  obligaba a ser ordenado o te quedabas sin recreo.

El orden es imprescindible para realizar cualquier actividad. Soy muy  amante del bricolage

y ese tipo de trabajos te obliga a ser ordenado para ahorrar tiempo, esfuerzo y dinero.

– Y lo de las plantas… Mamá, ¿tú te imaginas a Carlos regando las plantas?

– Pues claro que sí, Mónica. Regando y podando y haciendo trasplantes…

– ¿Siempre has tenido plantas?. Fíjate, mamá, me cuesta trabajo creerle.

– Bueno, lo de las plantas es más reciente. Apareció una mujer en mi vida que me enseñó a

quererlas y a cuidarlas. Llevan conmigo una década. Y las cuido y ….las quiero.

–  ¿Tienes plantas en tu casa?

– Sí, claro. Tengo muchas plantas. Cuando queráis venir a casa, las veréis. Estáis invitadas.

– Se me ocurren muchísimas preguntas pero me gustaría irme a dormir con la certeza de que

Carlos se quedará esta noche, mamá. Ahora os dejo. Es vuestro tiempo, ¿de acuerdo?

Gracias por estar aquí. Y …¡ buenas noches!

Mónica se acercó a su madre y la abrazó al mismo tiempo que le daba un sonoro beso en la mejilla. Después dio un abrazo a Carlos dándole las  gracias al oído. Se marcha a su habitación

y quedan solos Natalia y Carlos. Combaten el nerviosismo con la copa en la mano y tardan un tiempo en romper el silencio. Por fin, se cogen de la mano, se miran a los ojos y …

– Carlos, ¿no crees que debes marcharte?. A mí me da mucha rabia pero tú, tu…¿qué quieres?

– Yo te quiero, Natalia, pero no violentaré nunca tu voluntad ni tus deseos. Estoy loco por besar

tus labios, acariciar tu piel y amarte toda la noche…

– Pssss…calla. Vamos, ven conmigo…

Natalia tomó de la mano a Carlos y siguieron conversando cogidos de la mano y sentados en la cama de su habitación. Y les dieron las dieron las diez y las once, las doce y la una y las dos

y las tres…..

Carlos V.                                                          22-09-11

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