Sólo una Sonrisa

Escrito por el 28-7-2012 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

Gente Encantadora

Hacía mucho tiempo que no utilizaba el metro para desplazarme por Madrid. También tengo que admitir la curiosidad que me embargaba por conocer el actual estado de este medio de locomoción que fue el que más utilicé en la época estudiantil.

Me habían hablado muy bien de las obras que se habían realizado durante bastantes años, de la hipotética vanguardia que se nos otorgaba dentro del “ranking” mundial del transporte y de la admiración que había despertado en muchos países.

Reconozco a toda prisa que, nada más bajar las primeras escaleras de acceso, me quedé gratamente impresionado. Eché en falta una compañía a quien poder comunicar de alguna manera la gran satisfacción que me despertaba esta mejora indiscutible.

Como no tenía a nadie al lado, me guardé los gestos de euforia para…, otra ocasión. Yo tenía que acudir con hora a una Notaría. Me venía bien trasladarme en metro y me sobraba tiempo para ver rincones de la ciudad que, aunque pasaba con alguna frecuencia por allí en coche, no tenía tiempo de fijarme en detalles. Ni tampoco en las personas.

Pues ahora es el momento, me dije, mientras miraba a los viajeros que entraban y salían que se sentaban y se levantaban, que leían, que usaban el móvil, la calculadora, entraban en Internet….¡Dios mío! ¡Cuanta oferta de personas, situaciones y proyectos! Y todos me parecían interesantes. Pensé para mis adentros… “no me da tiempo a fijarme en todo…” No sabía a quién dedicar más tiempo. La misma sensación que tienes cuando, para aparcar en un lugar, puedes elegir entre “sientos y sientos” de sitios.

Me rescató de esa situación una señorita a la que solo podía ver la espalda porque es la única parte que no le importaba enseñar a los que ocupábamos su mismo vagón. Tenía la cara pegada al cristal de la puerta. Al llegar a una estación importante, el abandono del vagón por parte de muchos viajeros nos dejó como en familia. La señorita seguía mirando al exterior. O mejor dicho, seguía dándonos la espalda. Cuando empezaba a perder la esperanza de verle la cara, la señorita comenzó a moverse hacia su derecha. Parecía un gesto estudiado. Muy lentamente siguió hasta quedar frente a todos. Parecía no mirar a nadie. Llevaba un vestido gris, austero, corto, por encima de las rodillas, como de estar en casa, la manga corta y el rostro triste, cansado. Como ella miraba mucho al suelo, yo podía observarla bien. Llevaba en la mano derecha un pequeño bolso. Daba la impresión de haber salido de casa para alguna urgencia y no importaba para nada el aspecto que ofrecía. Cogió un bolso, echó dentro unas monedas y unas llaves y se encaminó hacia algún sitio que solo requería urgencia. Eso es lo que parecía.
Me dio tiempo para fijarme en ella. Tendría cuarenta y…algo de años, no sé, pero su tristeza y su desaliño no podían ocultar una belleza y un rostro muy sugerentes.
Estaba tan atento a sus gestos y a su expresividad que, de golpe, me encontré con su mirada. La verdad es que estuve torpe de reflejos. Sentí esa “pillada”, pero no lo pude evitar. Inmediatamente la miré con respeto y como implorando perdón. Me devolvió la mirada con cierta ternura y con toda naturalidad. Sus ojos lo decían todo.

Al llegar la próxima estación, entraron muchas personas que casi taparon los espacios libres. En uno de esos movimientos, a un señor mayor se le cayó el periódico que llevaba entre el costado y el brazo. Rápidamente la señorita “triste” se agachó, lo recogió y se lo dio a su dueño con una sonrisa que iluminó todo el vagón. En un segundo, su semblante triste y apagado se convirtió en un rostro alegre y luminoso. Me quedé pasmado, ¡qué cara más bonita! ¡qué expresión más agradable! Ahora si que da el perfil de la persona que yo estaba convencido que era. Había bastado una sonrisa.
Las incipientes arrugas de su cara dibujaban una belleza no clásica, no al uso, no a la moda, pero trasmitía un interés y una personalidad arrolladora. Su sonrisa ofrecida al señor mayor, además de devolverle el periódico, multiplican la guapeza del gesto. El vestido ahora parecía de diseño, de lujo y la cabeza estaba cubierta por una abundante cabellera negro azabache.

Lo peor es que me pareció que se iba a bajar en la próxima estación y yo tenía que decirle algo. Yo quería a toda costa que supiera que hay personas que aprecian esos gestos y valoran el bien que hacen.

Hice todo lo posible por estar cerca de ella antes que nos abandonara en la próxima estación. Me armé de valor y con toda amabilidad y respeto, le dije muy despacio y muy bajito: ¡qué detalle más bonito el que ha tenido con el señor mayor! Me ha gustado.

-Bah, no tiene importancia. Lo hubiera hecho cualquiera.

-Es posible que le hubiera recogido el periódico cualquiera. Es cierto, pero la sonrisa que le ha regalado ha sido algo maravilloso. Ha iluminado el vagón.

-Bueno, gracias, pero no es para tanto.

-Se baja en la próxima, ¿verdad?

-Sí, sí me bajo aquí mismo. Adiós, adiós…

-Adiós señorita, adiós

Salió del vagón y yo la seguí observando. Antes de desaparecer del andén, miró a la puerta y nos encontramos con la mirada. Levanté la mano y moví levemente los dedos en señal de despedida. Ella elevó su mano y me devolvió un tímido saludo.

Me sorprendió positivamente ese mínimo detalle. Solo era eso, un mínimo detalle, pero a mí se me antojó que resumía un poco el cambio de su estado de ánimo. No creía yo ser merecedor ni siquiera de un pequeño gesto de despedida, pero la verdad es que me vino muy bien, me sentí correspondido.

Yo continué viaje hasta mi estación de destino y observando a las distintas personas que entraban y salían. Pero no dejaba de pensar en la señorita triste.

No podía ni quería olvidarla. Sobre todo, me quedé con la importancia que tiene el estado de ánimo para uno mismo y para quienes le rodean. Y a veces todos podemos mejorar simplemente con SÓLO UNA SONRISA.

Carlos Velasco 26-7-12

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