Tía Ramona

Escrito por el 24-8-2012 en Periodismo de Provocación, Yo Canto a la Vida

Gente Encantadora

Estaba yo pasando unos días en mi pueblo natal. Tengo que reconocer que no es la mejor etapa del año para pasar unos días de descanso, es cierto, pero también es verdad que el calendario laboral permite coincidir en el pueblo a muchos de los nativos que acabaron marchando a la gran ciudad para labrarse un porvenir. Por esta razón, los días de Navidad y las vacaciones de verano son el punto de encuentro para todos aquellos que fuimos juntos a la escuela y pasamos unidos los primeros años de nuestras vidas.

Yo llevaba unos días en el pueblo descansando, recordando con algunos compañeros las peripecias de nuestra época escolar, jugando alguna partida, paseando y charlando.

Mi pueblo tiene algunos edificios y monumentos de un gran valor artístico y social. Pegado a la Iglesia y comunicado por un pasadizo hay un Hospital o Convento que alberga a las personas mayores, desasistidos y enfermos. No aparecerán nunca en televisión, no tendrán nunca una relevancia, no serán nunca motivo de alabanza ni agradecimiento, pero el pueblo sabe que las monjas de la Caridad que regentan y viven en él son lo mejor del pueblo. Todos hemos pasado por sus escuelas de párvulos.

Pues bien, en ese hospital llevaba años internada una señora viuda, encantadora, una auténtica mujer de bien y además, tía de muchos de mis compañeros de pupitre, de escuela y de travesuras infantiles. Hace unos días falleció. En realidad, llevaba varios años que no conocía, que no entendía, que no vivía. Así de cruel es esa agonía.

En los pueblos, esas personas son institucionales. Todo el pueblo se siente vinculado.
Yo reconozco que pensaba ir a la Misa y al entierro con toda seguridad, pero también sabía que quería estar junto a sus sobrinos, los que vivían en el pueblo y los que tenían que venir de fuera. Y efectivamente, los de fuera vinieron a los actos fúnebres.

Saludé a todos y no me separé de mi amigo Juancho en todo el tiempo. Juancho fue el compañero de pupitre ideal, para estudiar y para jugar. Luego él se marchó a la capital, se casó y perdimos un poco el contacto. Pero siempre supe de él por sus primos y otros familiares y amigos. Nos alegramos mucho de volver a vernos aunque fuera por este motivo luctuoso. Recordé a mi amigo Juancho lo que él valoraba a su tía Ramona.

-La queríais mucho todos, ¿verdad? Como ella no tenía hijos…

-La queríamos mucho todos. Y por muchas razones. Su casa siempre estaba abierta para sus sobrinos y para los que venían con ellos. Todos entrábamos en su casa como “nuestra” casa Y si tocaba comer algo, pues a comer. ¡Faltaría más! Y pienso que, si ella hubiera tenido hijos…, pues igual. No me la imagino enfadada ni molesta por tener que preparar una comida o una merienda de más. Y siempre con el semblante dispuesto para reírnos por algo.

-Pero era un poco beata, ¿no?

-Bueno, eso es lo que siempre pensé yo, ¿sabes? Pero, ojalá que las beatas fueran así. Lo que ocurrió es que se dieron unas circunstancias en esa época que hicieron posible la formación de esa opinión generalizada. Nosotros entonces éramos monaguillos, ¿te acuerdas? Y nos enterábamos, a nuestra manera, de los problemas de la parroquia. No había dinero para nada y había que suplirlo con una dedicación asombrosa. Ella fue una de las que más colaboró a la buena marcha de la parroquia. Junto a muchas otras que se ofrecían voluntarias, señoras y señoritas. Y en primer lugar, las monjas. Por supuesto.

-Pero bueno, ¿qué es lo que tenían que hacer? ¿Tanto había que trabajar?

-Pues, claro. ¿Es que no recuerdas cómo estaba de limpio todo?

-Ah, eso sí. Es verdad. Toda la Iglesia, la sacristía, los confesionarios, las ropas de oficiar del sacerdote, del altar, de los oficios litúrgicos. ¿Te acuerdas qué bien olía y qué planchaditas estaban las ropas de los cajones y de los armarios de la sacristía?

-Es cierto. Y qué respeto imponía todo, ¿verdad?

Lo que quiero decirte es que tía Ramona estaba muy vinculada a esas personas que se ofrecían a los demás de maneras muy diversas. Las monjas y la parroquia se encargaban de ordenar todo el voluntariado que abarcaba desde servicios de limpieza y lavandería hasta el coro y la catequesis. Y toda esa labor que durante años desempeñaron muchas mujeres en todo el territorio español nunca ha sido reconocida, más bien ha sido objeto de críticas, burlas y desprecios. Tía Ramona cantaba en el coro y era también amiga de las monjas. El riesgo de esos comportamientos es que te calificaran como “beata”. Pero a mi tía eso ni le preocupaba. Tenía muy claras las fronteras del bien y de mal.

Te voy a contar un episodio anecdótico que definió el talante y claridad de ideas de tía Ramona. Habían pasado muchos años y había enviudado. Los sobrinos nos habíamos casado y teníamos descendencia. Los que vivíamos fuera hacíamos alguna visita para no perder el contacto con el pueblo y con tía Ramona que era la última representante de la familia. Yo me había separado, estuve un tiempo sin ir por el pueblo porque consideré que mi tía no iba a encajar ese contratiempo. Sin embargo, un día se me ocurrió ir al pueblo acompañado de una chica. Yo tenía la intención de enseñarle mi pueblo y pasar un día agradable. Así lo hicimos hasta que llegó la hora del regreso. Me pareció muy mal volver sin decir adiós a mi tía Ramona. Entonces dije a Cecilia, mi acompañante, que se quedara un momento en el coche porque me iba a despedir de mi tía. Noté un interrogante en sus ojos, pero le dije que serían cinco minutos, nada más.

Dejé el coche a cien metros de su casa y nada más entrar en el vestíbulo, nos abrazamos con mucha alegría y sorpresa por su parte. Me parece que advirtió mi nerviosismo muy pronto y se acercó a la puerta. Enseguida me preguntó donde había dejado el coche.

-Allí, a la derecha. (no queriendo especificar, por si acaso). El negro aquel….

-Pero si hay alguien dentro, ¿no?

-Bueno, sí. Me acompaña Cecilia. Hemos venido para que conociera mi pueblo y antes de regresar a Madrid quería verte un momento. No me atrevía…

-En mi casa siempre habéis entrado vosotros y vuestros acompañantes. Nadie se ha quedado fuera. Y si viene tu ex mujer siempre tendrá la puerta abierta. Yo no soy quien para quitar de en medio a nadie. Anda, acércate y dile que venga, por favor, hijo….

Me dirigí al coche con el convencimiento de que había recibido una lección magistral de una persona buena y con criterio. Pero quería dejar las reflexiones para otro momento y ahora la prioridad era el “cuerpo a cuerpo” entre los tres.

-Cecilia, que dice mi tía que vengas, por favor.

Como queriendo sofocar algún otro sentimiento, se incorporó, tomó un bolso y nos dirigimos a la casa, con nervios, pero presintiendo buenas sintonías. Efectivamente, la presentación formal fue lo único aburrido. Lo siguiente fue una conversación amena, que yo nunca hubiera sido capaz de imaginar. Y el viaje de regreso, encantados.

-¿Te da eso idea de quién era tía Ramona?

-No te molestes, Juancho. Yo eso ya lo sabía. Me lo contaste un día cuando ya diagnosticaron su enfermedad. Me lo has contado con la misma pasión que aquél día.

No he querido interrumpirte porque has sido feliz contándolo otra vez. Y hoy es un día indicado para estos recuerdos, ¿no te parece?. Vamos con los otros primos.

Nos juntamos otra vez todos los asistentes al entierro y de forma discreta y cordial nos fuimos despidiendo unos y otros. Los primos quedaron en reunirse días después para las diligencias administrativas y protocolarias. Yo me despedí de ellos hasta entonces y al verlos juntos a todos, me pareció que estaban susurrando la letra de la canción… “algo se nos fue contigo, tía”…

Carlos Velasco

One Comment

  1. Recuerdo de una vida sencilla, y melancolía por el tiempo pasado cerca de ella. Un parchecito más en el corazón.

Submit a Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *