En el Arroyo

Escrito por el 02-3-2014 en Yo Canto a la Vida

“Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda.
El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso,
después se apartaron hasta los límites del espacio.
Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida,
quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.”
Samuel Beckett

 

 

He aquí mi confesión…

Durante unos meses dolorosamente cercanos y aún vívidos en el tiempo, estuve en la miseria.

No importa cuanto esfuerzo dediques a una causa, cuanto alma te dejes en el trayecto ni cuanto sacrifiques. Hay momentos en la vida en los que las cosas sencillamente no salen.

Yo estuve ahí.

Pasé por un período de total descarnada restricción en los que me vi sumido en un limbo social. Apartado de su diario devenir y sin poder siquiera alcanzarlo. Lo veía a través de un cristal de una pecera cómo cualquiera puede observar un mundo totalmente ajeno a sí mismo. Como si estuviera pintado en un cuadro que observas desde la distancia. Lo experimentas pero no formas parte de él.

Durante demasiados meses, por impedimentos de índole monetaria, condicionados de manera externa, me vi apartado de todo lo que había estimado como vital y necesario para formular un conato de vida. Lo mínimamente necesario para formar parte de esta sociedad y sentirte parte de ella es, y aunque me pesara en aquellos momentos, salir.

Salir a la calle. Salir a oír, hablar, entender y hacer.

Pero como es posible hacer ésto, cuando ni siquiera tienes lo suficiente como para pagarte una cena ? Y mucho menos el trayecto hasta donde sea que hayas quedado. ¿De qué manera es posible formar parte de la sociedad, cuando dado nuestro sistema capitalista y monetario, tan profundamente arraigado que ni nos hemos dado cuenta de en qué momento se volvió vital, para interaccionar con cualquiera tienes que convertirte en un consumidor?

 

 

Es una reflexión que jamás pensé que me haría a mí mismo pues, suerte he tenido, he tenido cubiertas las necesidades básicas durante toda mi vida.

Por esto, aquella experiencia, se convirtió en una prueba más de las que la vida insiste en poner en tu camino, aún cuando no lo quieras. Aún cuando luches desesperadamente por evitarla.

Ella tiene sus planes y hay que aceptarlo. Te pueden no gustar, pero a veces hay que padecerlos.

Es lacerantemente vejatorio el verse extraído de tu entorno social. El saberse que no puedes formar parte de él, y te tienes que limitar a verlo pasar. A verlo evolucionar en el tiempo, mientras te encuentras en una zona aislada e intermedia donde ni tus gritos de socorro parecen oírse. Donde por más que golpees el cristal que de repente os separa, nada parece moverse, ni que vaya a hacerlo.

Durante meses, estuve golpeando ese cristal, con toda la fuerza que pude reunir. Golpeando la habitación donde me hallaba encerrado, gritando silenciosamente. En un estupor e incomprensión totales. Y a cada día que pasaba y mi silencio se hacía más ensordecedor, verme enteramente sobrepasado.

 

 

Verme desesperadamente azorado. Sin entender, al echar la vista atrás y recabar algo de lógica que explicara mi acontecer, cómo es posible que hubiera acabado así.

¿Cómo es posible que durante más tiempo del que me gustaría realmente reconocer no pude gozar en mi hogar de los elementos más básicos y que todos damos por sentado?

No hallo expresión alguna que pueda describir la sensación de volver del trabajo tras 16 horas dedicadas en cuerpo y alma a revertir esta sensación, que el encontrarse en una casa solitaria, sin agua caliente, ni comida en la despensa, ni dinero para comprarla…

¿Cómo es posible sobrellevar el saberse que estás dando el 1000% de ti mismo y aún así no eres capaz de hacer nada al respecto?

No es posible.

Así de sencillo.

No es posible sobrellevarlo porque lo único que te queda por hacer en esos momentos es sobrevivirlo. Seguir apostando por el optimismo, condición humana que más valoro, y guardar ese mínimo y escurridizo rallo de esperanza que aunque esquivo y absorbido por la oscuridad que te rodea, sigue estando ahí.

Puede que no puedas verlo, pero nunca se ha ido.

Aún cuando el espacio entre la espada y la pared sea exiguo, hay. Con eso basta. A veces incluso con mucho menos. Sin saber por cuanto tiempo puedes aguantar. Evitar el muro o evitar la espada. Tus fuerzas se agotan y no sabes si morirás aplastado o desangrado. Sin saber como salir de esa coyuntura engañosamente irreal pero innegable. Un momento en el que ya no sirve lo aprendido. Una situación para la que no estás ni medianamente preparado.

¿Y con qué contar en esos momentos de incertidumbre y vacío?

No encontraba ningún dictamen porque durante semanas enteras dudé de todo. Intentando salvaguardar ese último centímetro de confianza en uno mismo. Sin encontrar con qué contar ni hallando respuesta alguna. Perdido en una habitación cerrada.

No lo supe hasta más tarde pero la repuesta siempre estuvo ahí. Tamaño desmesurado episodio me había hecho dudar de ella pero supe que tenía que volver atrás y renunciar a lo que me estaba convirtiendo. A lo que me veía abocado.

Negarlo y renunciar a todo ello. Volver atrás. Volver a donde todo empezó. Volver.

Y entonces, la respuesta surgió limpia y transparente. Casi como un rayo tenue de luz en un día oscuro donde puedes tocarlo, sentir su peso. Incluso sujetarlo con la mano mientras jugueteas con él.

 

 

Recuperar ese atisbo de fe de saberse en el camino correcto. De discernir que has salido de la inmensa y absorbente oscuridad de la habitación y que pese a las adversidades, nunca llegaste a cerrar ninguna puerta. Contar con todas tus limitaciones y volver a recuperar tu propia credibilidad. Decirte a ti mismo y en voz en alto que ya basta. Ya basta de sumirte en la desconfianza y la inseguridad.

Ya basta.

Dijo un sabio que no se trata de golpear fuerte, sino de poder seguir siendo golpeado mientras sigues avanzando. Así es como se hace una victoria.

El tiempo que duró esa lóbrega oscuridad jamás perdí totalmente la esperanza. Aún cuando me hiciera dudar incluso de mí entereza, de mí valía como individuo, de mi carácter e incluso de mi persona.

Y así lo conseguí.

Seguir luchando. Aferrarse a las pequeñas cosas y desear que amaine la tormenta.

Aunque haya veces que debido a la fuerza insondable y lacerante de esa tormenta no queden más redaños que salir a la intemperie sin contar con mas armas con que defenderte que esa ilusoria confianza en uno mismo. Engañándote a ti mismo pensando que no te mojarás. Aún cuando estés calado hasta el alma y ya todo falle.

Y aquí es donde mi diatriba conduce.

Puesto que no habría podido conseguirlo y seguro estoy de que seguiría perdido entre la espesura de esa estancia enmarañada, calado, golpeando cristales como única vía de escape sin haber contando con dos sencillas cosas.

La creencia de que iba por la vereda adecuada y mi lucha y esfuerzo seguían una senda difícil y pedregosa, pero en la buena dirección.

Y por supuesto, la ayuda. La ayuda externa de aquellos que abandonaron su acontecer diario y se fijaron en ese infeliz que golpeaba desesperadamente y entre sollozos el cristal que los separaba.

Esa ayuda que tuvo la valentía, que yo no tuve en esos momentos o que había perdido por el camino, de enseñarme la puerta de salida de esa estancia. De sostenerme en mis momentos de flaqueza y hacerme ver que el cristal lo había puesto yo ahí.

Que era yo el que lo sostenía mientras con la otra mano lo golpeaba.

Que no importaba mi condición.

Fue tan sencillo, que en un segundo la espada cayó y la pared se derrumbó.

Volví.

 

 

No es nada asequible o accesible hacer ver a la gente lo despectivo de tamaña posición por la que yo pasé. Sé que fui yo el que la escondió o intentó maquillar su realidad. Asustado de mí mismo. Y temeroso de lo que pudieran pensar. Pero una cosa saqué en claro y es que a veces somos nosotros mismos los que fomentamos dicha situación.

Pues, sí es cierto que no es amable, pero son nuestros propios miedos los que la engrandecen. Nuestras propias inseguridades generan una realidad propia y a veces nos sumimos en ella sin entender que estamos todos juntos en ésto. Que si yo pongo un cristal entremedias, ellos también se verán obligados a golpearlo.

Que aún sabiendo cruel y violenta mi situación no iban a dudar ni por un segundo, en meterse en la habitación conmigo para ayudarme a destruirla.

Que los avatares que la vida interpela en tu camino son pasajeros. Pero hay ciertos pilares con los que siempre se puede contar. Citando a un grande, las guerras vienen y van pero nuestros soldados son eternos.

¿Y cómo explicarles mi gratitud por ello?

No puedo.

Exhausto tras la extenuante y prolongada batalla, no me quedan fuerzas más que para seguir caminando. Ahora ya sin cristal. Sin espada ni pared.

Todo gracias a esa ayuda.

Quizás no entiendan mi retorno parcial y que ande todavía en la misma dinámica que cuando en una atisbo de lucidez coadyuvada encontré esa puerta de salida. Pero sólo puedo pedirles un poco más de paciencia de la que ya tuvieron y hacerles saber que por más borroso que parezca el camino, lo estoy andando.

Aunque aun siga viendo de reojo la espada que antaño me atenazaba y haya entrado en una vía vital que poco o nada me deja disfrutar de mí mismo.

Sólo puedo decirles que con el tiempo volveré.

Ahora ya sé a donde ir. Y no hay cristal ni pared que me pare.

 

 

“En medio de la noche que me cubre,
Negra como el abismo de polo a polo,
Agradezco a cualquier dios que pudiera existir
Por mi alma inconquistable.
En las feroces garras de las circunstancias
No me he lamentado ni he llorado.
Bajo los golpes del azar
Mi cabeza sangra, pero no se doblega.
Más allá de este lugar de ira y lágrimas
Se acerca inminente el Horror de la sombra,
Y aun así la amenaza de los años
Me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
Cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
Soy el capitán de mi alma.”
William Ernest Henley

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