A España

Escrito por el 02-3-2013 en Referentes Olvidados

 

Hubo una época en España en la que sus políticos gozaban de cierta talla intelectual. Eran, si no eruditos, al menos lo suficientemente cultos como para que su labor literaria fuera más allá de dictar a un negro unas ramplonas memorias. La figura de los que hoy son los padres de la patria palidece ante nombres como el duque de Rivas, el conde de Toreno, Diego Muñoz-Torrero o Agustín de Argüelles.

 

Uno de esos intelectuales fue Manuel José Quintana, hoy prácticamente olvidado. Nacido en el último tercio del siglo XVIII, vivió buena parte de los avatares políticos decimonónicos aunque tuvo mayor involucramiento en las Cortes gaditanas de 1812, el Trienio Liberal y la Década Ominosa. Falleció paupérrimo con más de ochenta años en 1857 aun habiendo sido nombrado senador vitalicio veinte años antes.

 

Su lírica, como el resto de su obra, está caracterizada por un carácter recargado y casi rimbombante en algún momento. Pero si merece su aparición en esta sección de Referentes Olvidados es debido a su temática. Patriótico y liberal hasta el tuétano, vierte en cada uno de sus versos el amor y el dolor que le produce España, a la par que añora las antiguas épocas de gloria nacional.

 

Una de esas poesías patrióticas es la aquí transcrita. Su título hace referencia al golpe de Estado cortesano de Aranjuez de marzo de 1808, que es visto por el autor como la oportunidad de que el pueblo español se alzara en armas contra las tropas napoleónicas ocupantes. Considera la guerra como el único camino para conseguir la libertad en semejante situación y la ensalza como la oportunidad de recuperar el prestigio y grandeza pretéritos.

 

Mírese la España de hoy en día y piénsese en una situación semejante. ¿Algún político adoptaría su punto de vista? Generalmente cualquier tiempo pasado no ha sido mejor; pero a veces lo parece.  

 

 

 

 

A ESPAÑA, DESPUÉS DE LA REVOLUCIÓN DE MARZO

 

  ¿Qué era, decidme, la nación que un día

reina del mundo proclamó el destino,

la que a todas las zonas extendía

su cetro de oro y su blasón divino?

Volábase a occidente

y el vasto mar Atlántico sembrado

se hallaba de su gloria y su fortuna.

Do quiera España, en el preciado seno

de América, en el Asia, en los confines

del África, allí España. El soberano

vuelo de la atrevida fantasía

para abarcarla se cansaba en vano;

la tierra sus mineros le rendía,

sus perlas y coral el Océano,

y donde quier que revolver sus olas

él intentase, a quebrantar su furia

siempre encontraba costas españolas.

 

  Ora en el cielo del oprobio hundida,

abandonada a la insolencia ajena,

como esclava en mercado, ya aguardaba

la ruda argolla y la servil cadena.

¡Qué plagas, oh Dios! Su aliento impuro,

la pestilente fiebre respirando,

infestó el aire, emponzoñó la vida;

la hambre enflaquecida

tendió sus brazos lívidos, ahogando

cuanto el contagio perdonó; tres veces

de Jano el templo abrimos,

y a la trompa de Marte aliento dimos;

tres veces ¡ay! Los dioses tutelares

su escudo nos negaron, y nos vimos

rotos en tierra y rotos en los mares.

¿Qué en tanto tiempo viste

por tus inmensos términos, oh Iberia?

¿Qué viste ya sino funesto luto,

honda tristeza, sin igual miseria,

de tu vil servidumbre acerbo fruto?

 

  Así, rota la vela, abierto el lado,

pobre bajel a naufragar camina,

de tormenta en tormenta despeñado,

por los yermos del mar, ya ni en su popa

las guirnaldas se ven que antes le ornaban,

ni en señal de esperanza y de contento

la flámula riendo al aire ondea.

Besó en su dulce canto el pasajero,

ahogó  su vocería

el ronco marinero,

terror de muerte en torno le rodea,

terror de muerte silencioso y frío;

y él va a estrellarse al áspero bajío.

 

  Llega el momento, en fin; tiende su mano

el tirano del mundo al occidente,

y fiero exclama: “El occidente es mío”.

Bárbaro gozo en su ceñuda frente

resplandeció, como en el seno oscuro

de nube tormentosa en el estío

relámpago fugaz brilla un momento

que añade horror con su fulgor sombrío.

Sus guerreros feroces

con gritos de soberbia el viento llenan;

gimen los yunques, los martillos suenan,

arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso

pensáis que espadas son para el combate

las que mueven sus manos codiciosas?

No en tanto os estiméis: grillos, esposas,

cadenas son que en vergonzosos lazos

por siempre amarren tan inertes brazos.

 

  Estremecióse España

del indigno rumor que cerca se oía,

y al grande impulso de su justa saña

rompió el volcán que en su interior hervía.

Sus déspotas antiguos

consternados y pálidos se esconden;

resuena el eco de venganza en torno,

y del Tajo las márgenes responden:

“¡Venganza!” ¿Dónde están, sagrado río,

los colosos de oprobio y de vergüenza

que nuestro bien en su insolencia ahogaban?

Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;

y tú, orgulloso y fiero,

viendo que aún hay Castilla y castellanos,

precipitas al mar tus rubias ondas,

diciendo: “Ya acabaron los tiranos”.

 

  ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!

¡Con que puede ya dar el labio mío

el nombre augusto de la patria al viento?

Yo le daré; mas no en el arpa de oro

que mi cantar sonoro

acompañó hasta aquí; no aprisionado

en estrecho recinto, en que se apoca

el numen en el pecho

y el aliento fatídico en la boca.

Desenterrad la lira de Tirteo,

y el aire abierto a la radiante lumbre

del sol, en la alta cumbre

del riscoso y pinífero Fuenfría,

allí volaré yo, y allí cantando

con voz que atruene en rededor la sierra,

lanzaré por los campos castellanos

los ecos de la gloria y de la guerra.

 

  ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,

único asilo y sacrosanto escudo

al ímpetu sañudo

del fiero Atila que a occidente oprime!

¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis

ved del Tercer Fernando alzarse airada

la augusta sombra; su divina frente

mostrar Gonzalo en la imperial Granada;

blandir el Cid su centellante espada,

y allá sobre los altos Pirineos,

del hijo de Jimena

animarse los miembros giganteos.

En torvo ceño y desdeñosa pena

ved cómo cruzan los aires vanos;

y el valor exhalado que se encierra

dentro del hueco de sus tumbas rías,

en fiera y ronca voz pronuncia: “¡Guerra!”

 

  ¡Pues qué! ¿Con faz serena

vierais los campos devastar opimos,

eterno objeto de ambición ajena,

herencia inmensa que afanando os dimos?

Despertad, raza de héroes: el momento

llegó ya de arrojarse a la victoria;

que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,

que vuestra gloria humille nuestra gloria.

No ha sido en el gran día

el altar de la patria alzado en vano por vuestra mano fuerte.

Juradlo, ella os lo manda: “¡Antes la muerte

que consentir jamás ningún tirano!”

 

  Sí, yo lo juro, venerables sombras;

yo lo juro también, y en este instante

ya me siento mayor. Dadme una lanza,

ceñidme el casco fiero y refulgente;

volemos al combate, a la venganza;

y el que niegue su pecho a la esperanza,

hunda en el polvo la cobarde frente.

Tal vez el gran torrente

de la devastación en su carrera

me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura

no se muere una vez? ¿No iré, espirando,

a encontrar nuestros ínclitos mayores?

“¡Salud, oh padres de la patria mía,

yo les diré, salud! La heroica España

de entre el estrago universal y horrores

levanta la cabeza ensangrentada,

y vencedora de su mal destino,

vuelve a dar a la tierra amedrentada

su cetro de oro y su blasón divino”.

 

 

(Abril de 1808)

 

Transcripción realizada del libro Obras completas del Excmo. Sr. D. Manuel José Quintana; Biblioteca de Autores Españoles, tomo XIX, 1852.

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