MILLÁN- ASTRAY

Escrito por el 22-7-2011 en Referentes Olvidados

JOSÉ MILLÁN- ASTRAY TERREROS

La Coruña,  1879 – Madrid, 1954

No quiero morir pero no me importa lo más mínimo estar muerto.

(Epicarmo)

Si de algo es nutrida la Historia de España es de personajes hiperbólicos. Para bien o para mal, los españoles han dado al mundo seres cuyo comportamiento está más cerca del mito griego que de la realidad. Encarnan las cualidades más altas mientras adolecen de defectos capitales. Serían el personaje perfecto de cualquier novela: una personalidad bien delimitada, de rasgos definidos, pero con un lado oscuro que le da volumen y lo aleja del folletín ramplón. Seres antitéticos que se embarcaban en empresas que hoy en día nos parecen inasumibles.

Uno de esos personajes exagerados fue, sin duda, el coronel José Millán-Astray. Tan egocéntrico como audaz, tan teatrero como eficaz visionario. Capaz de diseñar y organizar una de las mejores unidades de combate de todo el mundo y de vivir de sus charlas radiofónicas por América. El odio que despertaba (y despierta) sólo era comparable a la idolatría que profesaban sus seguidores acérrimos. Un hombre de su época, nunca hay que olvidarlo, que era capaz de elaborar ordenanzas de cómo hay que comportarse en público durante las comidas y, acto seguido, gritarle a sus reclutas que su único destino era la muerte.

Todo ello, unido a una figura esculpida por el valor mediante desgarrones en su carne, lo convierten en un ser mítico.

El futuro fundador de La Legión nació el cinco de enero de 1879 en La Coruña pero fue bautizado como José Millán Terreros, como cualquier otro español: con los apellidos de su padre y de su madre. Así se mantendrían hasta bien entrado en la edad adulta, cuando en un homenaje a su padre, funcionario del Estado y de gran influencia para él, adoptó los dos apellidos paternos fusionándolos, pasándose a llamar José Millán-Astray Terreros.

Pasó su niñez en diversos puntos de España, ya que su padre fue nombrado director de diversas prisiones. Creció entre hampones, pequeños delincuentes y otras gentes de mal vivir, lo que le marcó de por vida, sobre todo durante la Guerra del Rif, a la hora de fundar el Tercio de Extranjeros.

Aunque su padre prefería que estudiase y fuese a la universidad, Millán-Astray ingresó en 1894, con catorce años, en la Academia de Infantería de Toledo. Allí se formó durante dos años y poco después consiguió entrar en la Escuela Superior de Guerra. Nada más iniciarse sus nuevos estudios, estalló la Guerra de Filipinas, donde el joven alférez recibió su bautismo de fuego.

GUERRA DE FILIPINAS (1896-1898)

Tras la oleada de independencias del las primeras décadas del siglo XIX, los únicos territorios que conservaba España eran Cuba, Puerto Rico, Filipinas y las islas Carolinas.

En el archipiélago filipino los movimientos independentistas comenzaron a ganar entidad a partir de la década de los noventa, alentados por la burguesía y los intelectuales de la colonia. En 1892, se fundó la principal organización independentista, la Venerable Sociedad Suprema de los Hijos del Pueblo (en tagalo[1] moderno Kagalanggalang Katipunan ng mga Anak ng Bagan), más conocida simplemente como Katipunan.

Dicha sociedad secreta tenía preparada una gran sublevación para septiembre de 1896, pero un mes antes es descubierta por los españoles. El capitán general de Filipinas, Ramón Blanco, declara el estado de guerra y solicita refuerzos a la metrópoli, ante la deserción de las tropas tagalas. Como la mayor parte de los efectivos militares se encontraban luchando en Cuba, el Gobierno decidió crear batallones nuevos de paisanos al mando de oficiales profesionales.

El alférez Millán-Astray no lo dudó y solicitó ir destinado a la colonia asiática, consiguiendo que lo encuadraran en un batallón de cazadores[2] que zarpó de Barcelona en octubre de 1896.

Con los refuerzos recién llegados, el general Blanco decidió pasar a la ofensiva. Así, a finales de  año, el joven oficial es destinado al pueblo de San Rafael para sustituir a la guarnición que había sido aniquilada anteriormente por el enemigo. Bajo su mando iban poco más de veinte militares.

Como era de prever, pocos días después las fuerzas del Katipunan se dispusieron a retomar el poblado. En un principio parecía sencillo; los filipinos eran más de mil, mientras que la guarnición española era exigua y al frente estaba un oficial novato de diecisiete años. Al inicio del ataque, Millán-Astray ordenó el repliegue hacia el convento, el edificio de mayor consistencia. La unidad se encontraba aislada, asediada en un edificio que estaba ardiendo en parte y su única salvación era  la llegada de refuerzos.

Pero Millán-Astray, a pesar de su juventud, hizo gala de su dureza y valentía. Escribió un mensaje que, tras cruzar las líneas enemigas, hizo llegar a través de un filipino pro-español a su superior jerárquico, el comandante Rafael Sarthou. Mas, para sorpresa de todos, el alférez no pedía socorro. En la nota se dedicaba a indicar que se encontraban asediados por el enemigo y terminaba diciendo: “No necesito auxilio ninguno y me encuentro contento de tener ocasión de demostrar el valor de nuestros cazadores[3]. El comandante, que creía perdida la posición, mandó una columna hacia el lugar y levantó el asedio.

Casi sin que le hubiera salido bigote, Millán-Astray recibió su primera condecoración. Poco más que siendo un crío, resistió durante más de cinco horas el asedio de un enemigo que era docenas de veces superior en número. Demostró ser un hombre con temple, duro y seguro de sí mismo que no se arrugaba ante situaciones críticas sino que, al contrario, se enaltecía y alardeaba de valentía.

Aún permaneció medio año más en las Filipinas, participando en diversas escaramuzas y asaltos, obteniendo varias condecoraciones.

En el verano de 1897 se le ordenó volver a la Península, lo cual aprovechó para retomar sus estudios en la Escuela Superior de Guerra, donde permaneció dos años hasta que debido a desavenencias con el profesorado, tuvo que abandonarla. A pesar de ello, en los informes que elaboraban los profesores de la Escuela se valoraron positivamente sus aptitudes, indicando que era “inteligente, con criterio propio, es conferenciante brillante, si bien le suele perjudicar el abuso de la nota cómica”; o como señalaba su profesor de Servicio de Estado Mayor: “inteligente y de gran imaginación y actividad, brillará con más años[4]

Durante los años posteriores, Millán-Astray pasó por diversos puestos en unidades de provincias y en la Academia de Infantería, donde impartió clases de Geografía o Historia, entre otras. Su carrera sufría las consecuencias de la pérdida de las últimas colonias; con la repatriación de las tropas de ultramar, el número de oficiales se multiplicó, ralentizando los ascensos e imposibilitando el mando de unidades. Los puestos existentes eran meramente burocráticos en el mejor de los casos, y a menudo, casi simbólicos pues no tenían cometido concreto.

Pero el sino de José Millán-Astray cambió a partir de 1911, cuando estalló la Guerra del Rif. En Marruecos sería donde la leyenda del coronel se forjaría y su tierra vería nacer y desarrollarse a su hijo más arrogante y valeroso: el Tercio de Extranjeros, La Legión española.

GUERRA DEL RIF (1911-1927)

Aunque España, desde casi tiempo inmemorial, consideraba la otra orilla del estrecho de Gibraltar casi como parte integrante de su territorio[5], no fue hasta principios del siglo XX cuando se decidió intervenir plenamente en el sultanato marroquí. Sin territorios ultramarinos en pleno auge del colonialismo, España quería hacerse un hueco entre las potencias del momento embarcándose en la construcción de un imperio de bolsillo.

Mediante un acuerdo con Francia en 1904, se declaró que la parte norte de Marruecos era zona de influencia española, llevando los galos la batuta en el resto del territorio. A partir de ahí, se intentó la ocupación efectiva del territorio, pero pronto surgieron disturbios alentados por el sultán de Marruecos. El Gobierno español mandó refuerzos, movilizando a los reservistas, que en su gran mayoría eran hombres casados y con hijos. El 25 de julio de 1909 se produjo la primera de las grandes masacres en el Protectorado dentro de la denominada Guerra de Melilla; en el barranco del Lobo más de mil soldados españoles fueron asesinados. Desde ese momento la situación se estanca, con escaramuzas y situación de intranquilidad, sin que el Protectorado se pudiera asentar.

En 1912 se firmó el tratado definitivo entre Marruecos, España y Francia que fijaba definitivamente el reconocimiento del sultán a los protectorados europeos en su territorio. La parte española estaría en gestionada por un representante del Gobierno, el Alto Comisario, que se encargaría de nombrar al representante del sultán, el cual dispondría de unos poderes muy limitados. Justamente a este cargo aspiraba un líder local, Abdallah al Raisuli, más conocido como El Raisuni, que en cuanto fue descartado por el Alto Comisario se encargó de lanzar una guerra santa contra los españoles. Empezaba una de las guerras más sangrientas y descarnadas de la Historia de España.

El enérgico oficial vio en la nueva guerra una oportunidad para volver a entrar en acción y dejar los puestos huecos que desempeñaba en la Península. En 1912 consiguió que lo trasladaran al protectorado, primero en puestos burocráticos que le permiten ir conociendo la idiosincrasia de la zona, para posteriormente ir destinado a unidades de la Policía Indígena y de las Fuerzas Regulares Indígenas. En ellas realizó sus primeras misiones de combate y se dio cuenta de las peculiaridades de aquella guerra.

En efecto, la guerra en las colonias (no solo en las españolas, sino en la cualquier otra potencia de la época) era despiadada. En el caso de Marruecos, el terreno era agreste y muy montañoso, lo cual propiciaba que los marroquíes utilizaran guerrillas (harkas), lo cual imposibilitaba la confrontación en combates tradicionales, obligando a los mandos militares a idear tácticas nuevas. Los rifeños aparecían como por ensalmo, atacaban y desparecían, amparados por ciertas tribus especialmente hostiles a los españoles, unos europeos invasores e infieles. Por otra parte, ambos contendientes miraban con absoluto desprecio al adversario; color de piel, religión, idioma… nada hacía ver al enemigo como un igual, lo que se veía reforzado con la idea predominante en Europa de la inferioridad del pueblo colonizado (cualquiera que fuese). Todo ello derivó en una guerra sin cuartel, sin compasión alguna, donde no se hacían prisioneros y donde ser civil te deparaba una muerte tan cruel como la de un combatiente.

A ese infierno iban soldados de reemplazo, civiles sin más preparación especial que la instrucción de orden cerrado y las escasas prácticas de tiro. Así, eran normales las protestas sociales, que tuvieron su punto álgido en la convocatoria de huelga revolucionaria de 1917.

Millán-Astray, ascendido a comandante, era consciente de esta situación que no se podía alargar más en el tiempo. La escasa calidad de las tropas y su baja moral eran un lastre para las operaciones y sólo se lograba aumentar el número de bajas y, por tanto, la indignación en la Península. Así pues, según su criterio, lo ideal sería disponer de tropas profesionales, voluntarias, bien entrenadas y equipadas, que liberaran a las tropas de reemplazo de las misiones más arriesgadas sin necesidad de recurrir en exclusiva a las Fuerzas Regulares Indígenas, de cuya lealtad los mandos nunca estaban seguros. No eran raras las deserciones de estas tropas, que se pasaban al enemigo con todo el armamento y material que podían acarrear, en algunos casos, después de haber asesinado a sus mandos.

Así pues, ideó una unidad de combate profesional inspirada en la Legión Extranjera francesa, creada en el primer tercio del siglo XIX. Para conocer mejor la idiosincrasia de los legionarios galos fue autorizado a visitar Argelia, donde se encontraba su cuartel general y fue testigo del día a día de las tropas coloniales francesas: el entrenamiento, la disciplina, el espíritu de cuerpo…

Pero su propuesta de crear una unidad similar en España fue rechazada en un principio. Buena parte de los generales no veían con buenos ojos que fueran a la guerra soldados profesionales, o mercenarios como los llamaban algunos. A pesar de la negativa inicial, él estaba convencido de los beneficios de la nueva unidad y no cejó en su empeñó. Se entrevistó con el comandante general de Ceuta, con el ministro de la Guerra, dio conferencias en Madrid para explicar su plan…  No paró en ningún momento hasta que en 1920, ya como teniente coronel, fue autorizado por el Ministerio de la Guerra para que su proyecto dejara de ocupar espacio en el mundo de las ideas y se plasmara en la realidad. El cuatro de septiembre de ese año se creaba La Legión, con el nombre de Tercio de Extranjeros; el veinte de septiembre se alistó el primer soldado, un ceutí, al que siguieron varios centenares de catalanes.

El teniente coronel puso todo su empeño en la tarea encomendada. Las misiones que deberían llevar a cabo los legionarios serían las más duras y arriesgadas, con un gran número de bajas. Además, había que tener en cuenta el origen de los voluntarios, que en un principio, iban a acudir de diferentes países y de cuya moralidad, buen comportamiento o antecedentes penales ni se iba a preguntar.

Por todo ello se encargó de idear lo que tradicionalmente se ha llamado la mística legionaria, un conjunto de ritos e ideales que deberían ser interiorizados por los legionarios y que los distinguiesen de cualquier otra unidad, española o extranjera, y que hoy en día aún perdura. Así, Millán-Astray hizo una amalgama compuesta de lo aprendido de la Legión Extranjera francesa, los antiguos Tercios de Infantería española de los siglos XVI y XVII y el código moral de los samuráis japoneses.

Dentro de las principales características de la mística legionaria estaba la omnipresencia de la muerte. Como más adelante se verá, la crueldad de la Guerra de Marruecos era máxima. Los combates se desarrollaban sin la conciencia de capturar prisioneros, a pesar de que las órdenes eran las contrarias. Por ninguna de las partes existía compasión por el enemigo. Morir no era una opción, sino un a mera incidencia. Así pues, como soldado de choque, el legionario debía asumir que las probabilidades de fallecimiento eran muy altas y que a su alrededor las bajas serían numerosas. En definitiva, debía acostumbrarse a la muerte y no temerla, lo que no significa desearla, por supuesto. Se exaltó el perecimiento en combate como la máxima virtud, a la par que se minoraba el lado tétrico de la muerte.

No existía aspecto de la vida legionaria en el que Millán-Astray no hubiera incluido algún tipo de mención a la muerte. El Credo Legionario[6] está tupido de referencias al oficio de Caronte, desde el Espíritu de Compañerismo (“Con el sagrado juramento de no abandonar jamás a un hombre en el campo hasta perecer todos”) hasta el propio Espíritu de la Muerte (“El morir en combate es el mayor honor. No se muere más que una vez. La muerte llega sin dolor y el morir no es tan horrible como parece. Lo más horrible es vivir siendo un cobarde”.) Lo mismo ocurre con el lema legionario, que dejaba claro cuál era la misión y destino del combatiente: “¡Legionarios, a luchar! ¡Legionarios, a morir!”. Pero la sublimación se producía en los himnos. Tanto el oficial (La canción del legionario) como el oficioso (El novio de la muerte, un cuplé cantado por Mercedes Fernández González, de nombre artístico Lola Montes, que encantó al fundador y lo incorporó rápidamente al acervo legionario) son  elegías de carácter inverso, es decir, no hay lamentos por el fallecimiento del soldado sino una exaltación de la muerte. Hasta tal punto fue eficaz dicha interiorización, que a los legionarios se les puso como nombre apelativo Los novios de la muerte.

En segundo lugar, el teniente coronel Millán-Astray quiso imbuir a sus soldados de espíritu aristocrático. Los consideraba los mejores del Ejército Español y, por tanto, como tales debían ser tratados y como tales se debían comportar. Cada voluntario que se alistaba pasaba a denominarse caballero legionario, con independencia de su origen. Al mismo tiempo, debían hacer gala de buenas costumbres, pues la fiereza y valentía en combate no estaba reñida con el trato cortés y educado, aunque esto último era más difícil de conseguir.

Por último, el tercer gran pilar en el que se asentó el espíritu de La Legión fue la disciplina de hierro. Como se ha dicho reiteradamente, la Guerra del Rif representaba penalidades sin fin y pocas  recompensas. Si además añadimos que se preveía el alistamiento masivo de extranjeros con pasado oscuro, el temor a las deserciones y a las insubordinaciones era importante. Para evitar tales circunstancias, el fundador estableció un régimen disciplinario férreo, similar al que contempló en Argelia, que excedía del rigor empleado en el resto de unidades militares españolas. Aislamiento en celdas individuales, reducción a la mitad del rancho, trabajos forzados en batallones disciplinarios que ocupaban siempre las primeras líneas a la hora del combate, castigos físicos e, incluso, aunque de manera excepcional, la aplicación por vía sumaria de la pena capital[7].

Los objetivos que buscaba Millán-Astray con la creación de la leyenda legionaria estaban claros. En primer lugar, quería crear un espíritu de cuerpo que aglutinara a todos los legionarios con independencia del origen. Para que funcionaran en combate, debían tener una motivación mayor que la paga y la comida, y para ello, debían sentir que La Legión era su nueva familia. Con la mística, se creaba el espíritu de cuerpo, el elemento irracional necesario para convertir una masa heterogénea e inestable en una máquina capaz de alcanzar objetivos comunes.

Por otra parte, las peculiaridades de La Legión actuaban como publicidad. Millán-Astray sabía que el exotismo de los valores legionarios actuarían como reclamo para futuros voluntarios, pues la prensa no tardó en publicar artículos y entrevistas referidos a los exóticos y románticos soldados que veneraban a la muerte. Por añadidura, se conseguía subir la moral de la sociedad civil, pues ya no se mostraba la imagen de reclutas bisoños arrancados de sus apacibles hogares que eran mandados al matadero, sino la de valientes soldados profesionales que no temían morir en combate.

Mientras La Legión daba sus primeros pasos, se produjo uno de los episodios más terribles que ha sufrido el Ejército Español en combate, cuyas consecuencias llevarían a la entrada en acción de la recién nacida: el desastre de Annual.

Aunque según los tratados el Rif era territorio español desde 1912, nunca se había ocupado de manera efectiva. Las tribus campaban a sus anchas impidiendo las comunicaciones por tierra entre Ceuta y Melilla.

A principios de 1921 se decidió poner fin a esa situación y se planeó un avance en pinza desde ambas ciudades para asegurar el terreno, haciendo efectiva la ocupación española del Rif. La columna oeste estaba al mando del Alto Comisario de Marruecos, el general Dámaso Berenguer. A sus órdenes se encontraba La Legión, pero como se dudaba de su efectividad en combate, le son encomendados trabajos de retaguardia pese a las protestas de su fundador. Este avance se realiza con prudencia y se ocupa la ciudad de Xauén.

Por el lado este, la columna estaba dirigida por el comandante general de Melilla, Manuel Fernández Silvestre. Avanzó con rapidez a través del avispero rifeño, penetrando con presteza en el territorio. Alargó mucho las líneas de suministro y aunque dejó puestos fortificados en retaguardia, no estaban ni lo suficientemente próximos unos de otros ni en los mejores lugares para hacer frente a los posibles ataques enemigos. Aún así, el general Silvestre mantuvo su avance hacia el oeste, hacia Alhucemas.

El primero de junio, en el intento de tomar la posición de Abarrán, las tropas españolas fueron derrotadas por las huestes de Abd-el-Krim, el caudillo que había declarado la independencia de la zona bajo el nombre de República del Rif. La retirada de los soldados españoles vio acompañada de una ofensiva de los marroquíes, convirtiendo el repliegue en una desbandada. Las harkas arrasan las posiciones españolas, que caen una tras otra sin remedio.

En Annual, la principal fortificación, se apiñaban alrededor de las 5000 personas, entre militares y civiles. El 22 de julio, un varios miles de rifeños asedian el lugar y, ante la escasez de víveres, se decidió la evacuación. Los convoyes fueron hostigados a su salida, lo que provocó el pánico. Y de ahí, al desastre.

La fortaleza se convirtió en un caos. Todo el mundo intentaba huir sin orden ni concierto. Nadie se preocupaba de cubrir la retirada (salvo el Regimiento de Caballería Alcántara, que perdió en la labor a casi todos sus efectivos). Se abandonó material, munición y vituallas. Fue una presa fácil para los hombres de Abd-el-Krim. El asalto fue una carnicería. Murieron, aproximadamente, unos 4000 españoles y varios centenares fueron hechos prisioneros. Muchos de los capturados fueron degollados, quizá los que tuvieron más suerte, pues otros fueron quemados vivos o se les abrió el vientre. Los cuerpos inertes de los soldados fueron castrados, mutilados y desvalijados. Del general Silvestre no se encontró ni rastro. Para algunos, se suicidó de un tiro en la cabeza; según otros, fue capturado por los marroquíes. Con independencia de lo que realmente le ocurriera, jamás se volvió a saber de él o de su cadáver.

Todas las plazas fuertes cayeron: Igueriben, Annual, Monte Arruit, Nador… Una marea de destrucción se adueñaba de los montes rifeños como si de una maldición bíblica se tratara. No existía resistencia. La desbandada era generalizada en la que fue, hasta hace no mucho, triunfante columna del general Fernández Silvestre.

En Melilla cundió el pánico. Los pocos supervivientes que llegaban relataban sus penalidades aterradoras. No existía guarnición suficiente para mantener una resistencia seria ante un enemigo apocalíptico. Lo único que se interponía entre los moros y Melilla era el terreno y la indecisión de las harkas, cegadas en el saqueo. Nada más.

A Xauén, en el lado opuesto del avance, llegaron el propio día 22 de julio noticias alarmantes, aunque no eran concretas. En plena noche, Millán-Astray se reunió con su segundo, el comandante Francisco Franco, y le expuso la situación: las tropas de Silvestre habían sido masacradas y Melilla se encontraba cercada, sus órdenes eran partir lo antes posible a Ceuta para, desde allí, embarcar rumbo a la zona este del protectorado. Los legionarios partieron a marchas forzadas. Se hicieron tramos de varias decenas de kilómetros sin descanso, bajo el sol achicharrante.  Durante la noche, cuando se ordenó acampar, no se desplegaron las tiendas y casi nadie recogió el rancho del cansancio que padecían. Después de día y medio de marcha, llegaron a Tetuán y subieron en un tren que les llevó a Ceuta, donde les aguardaba un buque de transporte.

El 24 de julio atracaba en Melilla un buque en el que iban el general José Sanjurjo, José Millán-Astray y cerca de novecientos legionarios. Ante la muchedumbre desanimada que se agolpaba en el muelle, el teniente coronel hizo gala de su carisma lanzando una arenga que acababa así: “¡Melillenses! Los legionarios, y todos, venimos dispuestos a morir por vosotros. Ya no hay peligro. ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva Melilla![8]. Como colofón y para acabar de levantar la moral, La Legión desfiló por las calles con su banda de guerra.

Durante los primeros días, se consolidaron las defensas de la ciudad. A finales de agosto se comenzó el avance hacia el sur con destino Nador y Zeluán. En la vanguardia siempre marchaban los legionarios, al frente de los cuales iba su fundador. Esto ocurría siempre, en marcha o en combate. Los recelos iniciales sobre la nueva unidad habían desaparecido y ahora desempeñaban el papel de fuerza de choque, con gran efectividad. En las escaramuzas que estallaban los primeros en atacar eran los legionarios y regulares, tal y como ocurrió, por ejemplo, en el combate de Casabona. Ésta era una posición recién tomada que dependía de los convoyes de suministros. Para asegurar su llegada, se construyó un blocao de apoyo a medio camino de la ruta. Como el lugar elegido estaba ocupado por los rifeños, los legionarios asaltaron la posición a bayoneta calada, con el teniente coronel al frente. Buena parte de los soldados que tomaron parte de la escaramuza fueron muertos o heridos, pero se consiguió desalojar a los marroquíes.

A mediados del mes siguiente se ordenó la ofensiva total. El primer objetivo era la toma de Nador. En la vanguardia del asalto iban a estar los legionarios. Cuando José Millán-Astray daba las últimas órdenes a sus hombres, una vez iniciadas las hostilidades, recibió un balazo en el pecho. Esta vez tuvo suerte y su salud sólo tardó en recuperarse dos meses. En el futuro, las heridas serían más crueles con su cuerpo y lo dejarían marcado de por vida.

Su vuelta al servicio activo coincidió prácticamente en el tiempo con una ofensiva rifeña en la zona de Tetuán. En enero de 1922 participó en el combate de Draf el Aref, donde las tropas españolas vencieron al enemigo tras una dura carga a bayoneta calada. Durante la lucha, el teniente coronel volvió a ser herido, esta vez en una pierna. Aún así, permaneció en el frente hasta que se hubo tomado la posición. Cuando los sanitarios acudieron a reconocer su estado, se dieron cuenta de que la vida del oficial estaba en peligro: ha participado en combate con el antiguo balazo en el pecho infectado. Aunque quería seguir en el frente, le obligaron a reposar hasta que todas sus heridas sanasen correctamente.

Su espíritu era incansable; su cuerpo echaba de menos el combate. Para el otoño del mismo año regresó al frente como si no le hubiera ocurrido nada. Pero pocos meses después, la política se cruzó en su camino.

En noviembre le destituyen como jefe de La Legión. Las Juntas de Defensa Nacional, comités de militares peninsulares disconformes con los ascensos, condecoraciones y corruptelas de algunos de sus compañeros destinados en África, habían presionado al Gobierno para lograr su cabeza. Millán-Astray era famoso, se manejaba con facilidad con la prensa nacional y extranjera y su nombre iba ligado en la imagen popular a valentía, virilidad y a arengas rimbombantes. En definitiva, era un icono de la guerra colonial. Pero tal imagen le granjeaba tantos admiradores fieles como irritados detractores. En un acto en Sevilla, el rey Alfonso XIII fue agraviado por varios miembros de las Juntas. Millán-Astray, fiel a su estilo contundente, dimitió del mando legionario como protesta al desaire los junteros.

Como no estaba dispuesto a ocupar cargos burocráticos en la península, solicitó ir a Francia en comisión para perfeccionar el idioma. Allí pasó un año agregado en varias academias militares. Posteriormente, volvió a Marruecos, pero no al Protectorado Español, sino dentro del Estado Mayor  del residente francés, el general Lyautey.

Acabada la comisión en Francia, y con un cambio político radical en España tras el pronunciamiento del general Miguel Primo de Rivera, regresó al Marruecos Español. Lo destinaron al Estado Mayor, donde llevará a cabo labores de enlace con la prensa, una actividad en la que había demostrado gran habilidad durante los primeros pasos de La Legión.

Pronto es ascendido a coronel y, tras la muerte en combate de su sucesor al frente de La Legión, el teniente coronel Rafael Valenzuela, le ofrecieron de nuevo el mando. Como hombre de acción, no lo dudó ni un instante. Partió desde Tetuán hacia el frente, pero a medio camino se encontró con una unidad de infantería española que batallaba contra una harka. Bajó de su vehículo y se acercó hasta la vanguardia para arengar a los soldados. En ese momento, un bala enemiga le impactó en el brazo izquierdo. Esta vez no iba a tener tanta suerte como en las anteriores ocasiones. Su desprecio hacia el fuego enemigo, su deber como oficial, se llevaba por delante su extremidad. La gangrena obligó a la amputación del miembro por encima del codo. Por esta circunstancia, la República Francesa le condecoró con la Legión de Honor.

A partir de ese momento, un temor se instala en su corazón. Desde joven había dedicado su vida al Ejército. Sus mejores años los había dedicado a combatir en cuanto surgía la oportunidad. Ahora temía que su carrera militar se acabara, que no le dejaran mandar tropas en campaña. Enterado de que se iba a realizar un gran desembarco combinado hispano-francés en Alhucemas para septiembre de 1925, con el objetivo de acabar con Abd-el-Krim y los suyos, solicitó su participación activa, pero le fue denegada.

Varios de sus compañeros y hasta el propio rey intervinieron para devolver al coronel al servicio activo. Tras muchas presiones, lo logró e, ineludiblemente, regresó a su puesto natural, a la jefatura legionaria. A pesar de su mutilación y del resto de heridas que marcaban su cuerpo, acudía al frente como anteriormente. No concebía que su puesto fuera la retaguardia o cualquier otro sitio alejado de  los combates, por muy coronel que fuera.

Este afán le volvería a pasar factura. Como si de una maldición le acompañara cada vez que vuelve a su querida unidad, un disparo se llevó por delante otra parte de su cuerpo. Esta vez fue en la acción de Loma Redonda. Supervisaba las labores de fortificación y atrincheramiento del frente cuando una bala le atravesó la cara de mejilla a mejilla. Si la anterior vez perdió un brazo, ahora las secuelas no iban a ser menores: quedó tuerto, buena parte de sus dientes fueron arrancados y su oído interno quedó dañado, provocándole intensos vértigos. Tuerto, manco, mellado, con un desgarrón en su mejilla. Parecía que el destino quisiera adecuar la imagen de Millán-Astray a la propia Legión. Para una unidad peculiar, un fundador peculiar. Un oficial que no podía ocultar las penalidades de la guerra, pues en su cuerpo había causado estragos. Sus amputaciones y extirpaciones eran un epítome de lo que se esperaba de la vida legionaria: acción, sufrimiento, peligro, valentía, muerte, orgullo… Lejos de acomplejarse, Millán-Astray hizo gala de su merma, como no podía ser menos en una personalidad tan fuerte y altiva.

Tras varios meses de convalecencia volvió a las operaciones de combate, pero a la Guerra de África, aunque pareciera mentira, le quedaba poco tiempo. La poca resistencia enemiga va siendo eliminada en pequeñas escaramuzas. En 1927, Millán-Astray es ascendido a general de brigada. Esta vez no quedaba más remedio que abandonar su querida Legión para siempre. Fue nombrado coronel honorario del Tercio y pasó al Cuerpo de Mutilados por la Patria.

Durante esta época se dedicó al viajar. Su nombre había alcanzado fama mundial. La Legión y Millán-Astray habían aparecido en múltiples artículos de prensa, donde se glosaba el heroísmo de sus soldados en una guerra que para algunos lectores extranjeros era una compendio de aventuras dignas de los mejores poetas clásicos.

Como si de una estrella del cine se tratara, viajó por América con asiduidad. Allí daba conferencias en academias militares (como las de Chile, Méjico o Estados Unidos), era recibido en audiencia por presidentes y gobernantes y, aprovechando su facilidad para la oratoria, relataba en la radios sus vivencias tanto bélicas como de otros aspectos de su vida.

GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

A parte de su fama y sus ganas de protagonismo, sus periplos americanos se vieron favorecidos por la política iniciada por el gobierno de la República proclamada el 14 de abril de 1931.

El ministro de la Guerra, el abogado y escritor Manuel Azaña, tenía claro que debía reformar el Ejército Español. En efecto, la milicia adolecía de importantes gravámenes, como el exceso de oficiales, la falta de material moderno o el excesivo protagonismo de los mandos en la vida política. Además, las autoridades republicanas buscaban organizar a la institución para hacerla fiel al nuevo orden.

Buena parte de los generales que habían conseguido ascensos en África vieron cómo sus expedientes se revisaban y varios fueron, o bien cambiados de de destinos, o bien pasados a la reserva, que es lo que le ocurrió al mutilado militar.

El golpe de Estado de julio de 1936 le sorprendió en Argentina. Sin dudarlo, regresó en agosto a España para unirse a los sublevados. Durante la contienda protagonizó uno de los incidentes más famosos y más confusos de la Guerra Civil.

El general se había integrado inmediatamente en el entorno de su amigo personal y antiguo subordinado en La Legión, Francisco Franco. Éste, conocedor de sus habilidades, le encomendó las labores de propaganda, desde las que Millán-Astray hizo todo lo posible para ensalzar a Franco como líder indiscutible de los sublevados.

La capital de los golpistas se estableció en Salamanca. De la prestigiosa universidad de esta ciudad había sido nombrado rector perpetuo por la República el filósofo y escritor Miguel de Unamuno. A pesar de que antiguamente se había declarado republicano y había sido muy crítico con  el gobierno del general Primo de Rivera, simpatizó con entusiasmo con los golpistas, quienes le mantuvieron en el cargo.

El 12 de octubre de 1936 se celebró un festejo de conmemoración de la fiesta nacional de España. A él estaban invitados, entre otros, los dos protagonistas: Unamuno y Millán-Astray.

Uno de los participantes[9], un catedrático, pronunció un discurso en la que identificaba a la anti-España con Cataluña y Vascongadas, lo cual sulfuró al rector.

Pidió la palabra y replicó que aquello era “una guerra incivil”, que “vencer no es convencer” y que el odio no era capaz de convencer a nadie. En el revuelo que se formó, alguien gritó ¡Viva la muerte! Inmediatamente, Millán-Astray, a voz en grito, peroró en contra de todo lo imaginable: comunistas, socialistas, separatistas…

Lejos de amilanarse, el viejo escritor continuó con su discurso, ahora con referencias directas al mutilado general, al que llamó “símbolo de la muerte”, un inválido que carecía de grandeza de espíritu y que deseaba ver a España mutilada, además de considerar “necrófilo e insensato” el grito de ¡Viva la muerte!

José Millán-Astray respondió con un potente “¡Muera la inteligencia!”. El revuelo aumentó y Unamuno debió ser protegido para poder salir del lugar sin daño.

De estos sucesos hay tantas versiones como narradores; el algunas, el grito del general se transforma en ¡Muera la intelectualidad traidora![10] y en otras, ¡Mueran los intelectuales![11]. Para algunos el grito previo de acerca de la muerte se profirió; otros, en cambio, no lo mencionan. El discurso de Unamuno varía, aunque los pasajes más famosos coinciden…

Lo que que sí está claro, es que Millán-Astray dio rienda suelta a su faceta más teatral e hiperbólica, quizá en el momento menos adecuado.

A pesar de todo, continuó en la Oficina de Prensa y Propaganda, donde se encargó de organizar Radio Nacional de España y desde la cual despachaba discursos laudatorios hacia Franco y los sublevados.

En 1938 se creó, a su instancia, el Cuerpo de Mutilados por la Patria, que se encargaría de encuadrar a los militares que hubieran tenido la mala suerte de perder algún miembro u órgano en combate, considerándolos en servicio activo y con todos los derechos y obligaciones derivados de dicha situación.

Como director general del Cuerpo de Mutilados le llegó la muerte el día de Año Nuevo de 1954. Desde hacía varios meses, una dolencia cardíaca le obligaba a no salir de casa. En los últimos años, su figura había pasado a un segundo plano. Casi había sido olvidado. Su forma de ser no cuadraba con el nuevo rumbo del régimen del general Franco. La Guerra de África era algo remoto y sus mutilaciones ya no eran símbolo de valentía sino el recuerdo antiestético de unos combates que no convenía rememorar.

Grandilocuente, exagerado, barroco, excéntrico. Pero sobre todo, legionario. Así quiso que le recordaran; así ordenó que figurara lacónicamente en su lápida: Millán Astray. Legionario.

CONCLUSIÓN

Con toda seguridad, en la Historia de España se pueden encontrar hombres de armas más importantes que José Millán-Astray. No fue ningún Juan de Austria, ni un Pizarro, ni un Álvaro de Bazán o un Prim. Tuvo bajo su mando a tropas, pero en una guerra hosca donde se vencía al enemigo en emboscadas y asaltos y no en las grandes batallas que permiten grabar en mármol el nombre del vencedor. Se batió en una guerra terrible, odiada por todos; donde la inhumanidad era tan ordinaria que el mayor acto de compasión y fraternidad era dispararle al compañero herido para que no cayera vivo en manos del enemigo.

Además, no tuvo a la Fortuna de su lado durante la Guerra de Marruecos. En cuatro años recibe cuatro heridas en combate, dos de las cuales le mutilan y desfiguran terriblemente.

A pesar de todo ello, la figura de Millán-Astray fue tan polémica y odiada en su tiempo como olvidada hoy en día. Su peculiar personalidad, compuesta a partes iguales de manías, exageraciones y convicciones profundas, lo convierten en un personaje que puede ser enterrado bajo la losa titánica de la desmemoria, pero nunca arrinconado por la indiferencia.

Pocos son los que se acercan a averiguar sobre el fundador de La Legión. No son buenos momentos para los personajes románticos. Porque eso era José Millán-Astray: un romántico, un personaje decimonónico, quizá el último de tal estirpe. Un hombre inteligente, con valor y espíritu de aventura, que veía a la muerte como el elemento necesario de la vida. Un soldado con una personalidad tallada a golpes de bayoneta y que encandilaba a las masas con su oratoria y la teatralidad de sus gestos. Una persona compleja y contradictoria, que buscaba caballeros entre el légamo; que mostraba una vitalidad arrolladora pero que hizo de la exaltación de la muerte el santo y seña de su vida. En definitiva, un personaje que cuadra más en una novela de Emilio Salgari que en la España de Alfonso XIII.

Si nos fijamos un momento, pronto nos daremos cuenta de que no tenía ninguna virtud que hoy en día sea digna de interés. Cuando era teniente coronel luchó para que aceptaran su propuesta de creación de La Legión; movió Roma con Santiago hasta vencer las reticencias de los generales.    Cuando las balas enemigas convirtieron su cuerpo en un conjunto de cicatrices y lo dejaron tullido, en vez de solicitar el retiro o un destino más seguro pidió encarecidamente regresar al frente, aunque las penalidades se multiplicaran por sus limitaciones o, incluso, su vida corriera peligro. ¿Acaso la perseverancia es algo digno de atención? ¿El esfuerzo es algo a tener en cuenta? ¿Quién estima la tenacidad? Rapidez y comodidad son los lemas de hoy. Todo lo que no se ajusta a tales principios es automáticamente desechado.

Ni siquiera se puede decir que lo que predomine es el hedonismo. En absoluto. Si se buscara el placer personal huyendo de los sufrimientos no habría problema. Se podría estar de acuerdo con ellos o no, pero al menos existirían valores. En realidad lo que hoy domina es el hedonismo de seta, pasivo. Se busca el placer sólo si es fácil de conseguir. Tanto los grandes objetivos de la vida como los pequeños detalles están supeditados a la comodidad y sencillez. Si se exige esfuerzo para alcanzarlos, son desechados por inalcanzables o, mejor aún, por ser una pérdida de tiempo. Es más sencillo cambiar los valores y objetivos por otros más fáciles de conseguir.

El espíritu romántico, está claro, no está de moda. Millán-Astray no puede estar de moda, salvo para vituperarle. Alguien que gritaba una antítesis tan descomunal como “¡Viva la muerte!” no puede ser alguien recordado (no digamos ya admirado). El exceso de protección moral y sentimental en el que vivimos instalados nos hace creer que habitamos una perpetua comedia romántica. Hoy en día nadie muere, de la misma manera que nadie es feo. Por suerte, actualmente somos inmortales… hasta que nos morimos. Hemos desterrado la muerte de nuestras vidas y la hemos convertido en un elemento virtual. La gente se va al otro mundo en los videojuegos, las películas y alguna novela. En la vida real, la muerte es un ente que se soluciona en un hospital, asépticamente, lejos de casa y que acaba en un crematorio, para que no tengamos que perder el tiempo en visitar los despojos del finado y, por tanto, recordar que la perpetua adolescencia en la que vivimos no es más que una vana ilusión. No es que debamos vivir con el peso de la muerte a cada instante, ni se debe perder vitalidad. Millán-Astray era bastante más vital que muchos de los que hoy en día se denominan así. Viajó, vivió aventuras, conoció a gobernantes y vagabundos, tuvo una hija con más de sesenta años… Ahora ser vital es pensar que la vida dura mil años y hacer pilates.

Ni qué decir tiene que el fundador de La Legión no tiene a su favor que, una vez en la reserva, se uniera a los golpistas durante la Guerra Civil. Dentro de la simpleza mental predominante, en historiografía predominan los absolutos morales. Dicho con otras palabras, los personajes de la Historia o son buenos, o son malos; punto. Por ejemplo, Edison inventó la bombilla, por tanto es bueno. Millán-Astray se incorporó a los sublevados en 1936, por tanto es malo. Así funcionan los historiadores hoy en día. Y si el personaje participó en la Guerra Civil Española, entonces la simplificación se junta con la ideología más ramplona y furibunda que existe. Por consiguiente, el mutilado legionario lo consideramos golpista desde antes de nacer, rancio, zoquete, carca y troglodita, incapaz de haber logrado nada reseñable ni elogioso en su vida. ¿Cómo se va recordar a semejante persona? Con la misma pasión que los inquisidores perseguían herejes, los historiadores relegan al desván de lo impuro a personajes que adolecen del pecado de la incorrección (política, principalmente, aunque la incorrección moral tampoco es mejor recibida), a la par que sacan brillo a las hagiografías de su santoral laico y moralmente impoluto.

En definitiva, José Millán-Astray no fue un militar que destacó por sus acciones de combate, sino por ser un adelantado a su tiempo en la España de Alfonso XIII y por crear una de las unidades de combate más peculiares y con más prestigio del Mundo. A pesar de ello, su personalidad peculiar lo han convertido en un personaje más que en una persona, convirtiéndole en objeto de odios y envidias durante toda su vida y el olvido y la animadversión después de su muerte.

BIBLIOGRAFÍA

BATISTA GONZÁLEZ, Juan: España estratégica. Guerra y diplomacia en la Historia de                      España; Sílex, 2007.

MARTÍNEZ CANALES, Francisco: La Legión 1921. La reconquista tras el desastre de                         Annual;  Almena, 2010.

MADARIAGA, María Rosa de: En el Barranco del Lobo; Alianza Editorial, 2005.

RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, José Luis: ¡A mí La Legión!; Planeta, 2005.

TOGORES, Luis E.: Millán Astray. Legionario; La Esfera de los Libros, 2003.

PRESTON, Paul: Franco, «Caudillo de España»; DeBolsillo, 2004.


[1] Los tagalos son el pueblo nativo de la isla de Luzón, la mayor de Filipinas. Tagalo también es el nombre de la lengua que hablan. El actual idioma oficial (junto al inglés), el filipino, está basado principalmente en el tagalo.

[2] En el Ejército español se entiende por cazador a un soldado de infantería ligera.

[3] Togores, Luis E.: Millán Astray. Legionario; p. 65.

[4] Para ambas citas: Rodríguez Jiménez, José Luis: ¡A mí La Legión!; p. 121.

[5] En el testamento de Isabel la Católica se encarecía continuar con la Reconquista al otro lado del estrecho, ya que en la época romana esa zona, denominada Mauritania Tingitana, había dependido administrativamente de Hispania.

[6] El Credo Legionario es un conjunto de doce lemas, llamados espíritus, ideados por el propio José Millán-Astray. Los legionarios, tantos los de antaño como los actuales, deben memorizarlos y se recitan colectivamente en determinadas circunstancias y eventos.

[7] El propio teniente coronel Millán-Astray tuvo que hacer frente a insubordinaciones, como por ejemplo la vez que un legionario sudamericano de aspecto fiero le faltó al respeto. El fundador, amablemente pero con rigor, le indicó que con los superiores debía mantener las formas que marcaba el reglamento, lo cual fue respondido por una afrenta aún mayor del legionario. Sin dudarlo, Millán-Astray se abalanzó sobre él y se enzarzaron en una pelea. Al final, el teniente coronel venció al díscolo soldado, que no volvió a indisciplinarse.

[8] Togores, Luis E.: Millán-Astray. Legionario, p. 206;  La Esfera de los Libros, 2003.

[9] En el resumen de los hechos seguimos la narración realizada por José Luis Rodríguez Jiménez en su libro ¡A mí La Legión!, pp. 395-397.

[10] Togores, Luis E.: op.cit.; pp.331-332.

[11] Preston, Paul: Franco, «Caudillo de España», p. 223; DeBolsillo, 2004.

2 Comments

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